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El Blog de Sergio del Molino

RAYAS Y RAYAS

RAYAS Y RAYAS

Una raya es una raya. Puede ser imaginaria, puede responder al metafísico concepto de una sucesión de puntos sobre unas coordenadas. Entonces se llama línea. Puede ser un trazo en un cuadro, puede tener textura, color, sombra. Puede estar sobre un papel, en el suelo, en una pared, en una bandeja. Marcando lo tuyo y lo mío. Dónde estás tú y dónde estoy yo. Puede estar hecha de polvo blanco y desaparecer de un sorbido nasal. Puede unir dos ciudades y puede separarlas. Pero lo que nunca puede ser es absurda. Porque el absurdo implica acción, y la raya se limita a estar ahí, como una energía, como una fuerza estática, como un polo magnético. Pero no puede ser ni absurda ni racional. Carece de atributos. Sólo es. Sólo está.

Sin embargo, cuando la raya está en un mapa y marca una frontera, las avanzadillas del tópico corren a ponerle delante el adjetivo "absurda". Absurdo puede ser el hecho de haberla puesto ahí, pero la raya está por encima de esas consideraciones. Bastante tiene con ser raya.

Fronteras. Me fascinan las fronteras. De todos los inventos humanos pocos han causado tanto dolor, pocos resultan tan inexplicables y pocos son capaces de convertir en monstruos a personas corrientes. La raya de la frontera tiene una fuerza sobrenatural, porque sirve a un propósito sobrenatural: dejar fuera del cosmos a quienes están al otro lado. Los bárbaros. A partir de aquí, monstruos, decian las viejas cartas de navegación antes de que Colón decidiera llevar su curiosidad hasta los márgenes del mapa. Fuera, el horror. Dentro, nosotros. La frontera.

Hay muchas clases de frontera. Incluso de no-fronteras con rayas trazadas en no-lugares. Terminales de aeropuerto, limbos de maletas. Un avión te deposita en el centro de un país lejano. Sales del aparato, pero, pese a que estás pisando el país, no estás en él. Hay pasillos construidos por albañiles del país, luces instaladas por electricistas del país, anuncios de productos que se venden en el país. Pero todavía no estás en el país. Hasta que un policía no te sella el pasaporte, estás vagando por un limbo con música de ascensor.

Hay fronteras que un día fueron fuertes. Fronteras que durante siglos fueron eficaces muros de contención, poderosos disgregadores. Hoy, sin embargo, nadie las toma en serio, pero guardan la fuerza de los tiempos pasados y siguen impactando la retina del que las quiere mirar con otros ojos que los del automovilista distraido. Los Pirineos. Todavía hoy, cruzarlos en una u otra dirección puede ser una experiencia. Son altos, pero permeables. Una frontera viva, latiente, con habitantes que, de Portbou a Hondarribia, hablan más de media docena de lenguas, la mayoría casi perdidas. Viejos montañeses. Hoscos y antiguos contrabandistas. Hubo un tiempo no muy lejano en el que mil historias llenaban sus valles. La raya marcaba la diferencia entre la barbarie y la civilización; entre la miseria y la riqueza; entre la guerra y la paz. Entre el color y el blanco y negro. Entre camas con perfumados y anhelantes coños y sacristías de nauseabundo hedor a rancio y paño áspero. Todo eso ya pasó. No hace mucho, pero pasó. Queda hoy la fascinación de cruzar la raya y, con un simple paso, entrar en un mundo distinto, con otras palabras y otra historia en sus espaldas. Queda también un irredentismo nostálgico. Lugares del otro lado que pertenecen a este. Pienso en Coilluire y en la tumba de Machado, frente a la que he estado dos veces. Pienso en algunas calles de Toulouse y en todos los comunistas españoles. Pienso en Pau y en los aragoneses que siempre han animado sus calles.

Europa ha convertido en ñoños espacios de nostalgia sus viejas fronteras, pero quedan muchas otras rayas reales. Rayas que se abren sólo por un lado y permanecen selladas por el otro. Melilla. Ceuta. La frontera sur. Nuestras ciudades Juárez. La verja de Melilla, con su alambre de espino, tranquiliza a muchos habitantes de la ciudad, que con su tarjeta de empadronamiento pueden pasar a Marruecos siempre que quieran sin sellar su pasaporte. Pueden ir los domingos a la medina de Nador a comprar baratijas y a tomar té con pastelitos moros. Una excursión que para los negros que vienen de más al sur es cuestión de vida o muerte. Literalmente. Una verja uniderccional. Un muro de contención. Una vieja muralla medieval en el siglo XXI.

En el monte del Gurugú conocimos a Marc. Venía de Mali y ni siquiera sabía que estaba a un paso de las puertas de Melilla. Le escondimos de las patrullas militares marroquíes que pasaban por la carretera y le indicamos una forma de bajar hasta los campamentos de Médicos sin Fronteras sin pasar por los caminos donde cualquiera podía denunciarle. Le hicimos unas fotos, contamos su historia en el periódico y esperamos que los de Médicos sin Fronteras le encontraran antes que los marroquíes. O que la Guardia Civil. Por la tarde, volvimos a Melilla y nadie nos preguntó nada al cruzar la raya. Éramos blancos y hablábamos español, y esas circunstancias despejan muchos caminos en el mundo. No sabemos qué ha sido de Marc ni si tuvo ocasión de gastar los dirhams que le dimos con alguno de los comerciantes que venden comida clandestinamente a los subsaharianos. Quedó del otro lado, sin que pudiéramos hacer nada.

Hay rayas simbólicas y rayas que siguen marcando la frontera entre el dolor y el placer.

Foto: el segundo volumen de la trilogia sobre el Pirineo aragonés que edita la editorial de Jaca Pirineum, donde se rescatan las historias que sucedieron cuando las montañas eran una frontera real.

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