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El Blog de Sergio del Molino

EL GABINETE SECRETO (1)

EL GABINETE SECRETO (1)

Si pudiera encontrar el cuerpo originario al que pertenece mi desgastada y escurridiza alma, me gustaría que ese armazón de sangre, músculos y huesos fuera la de un noble del Setecientos. El éter, esos 21 gramos de gas que dicen que pesa el alma, se escaparía por la tráquea abierta un segundo después de que la hoja de la guillotina separase la cabeza del cuerpo. Desde ese momento, mi espíritu sobrevolaría multitudes de descamisados que celebraban cómo mi sangre se escurría por los adoquines de París, y pasaría sonriente sobre revoluciones de barricadas, industriales pragmáticos, poetas victorianos acuchillados por el opio, jovencitas descocadas que ven su fox-trot interrumpido por las orugas de los tanques alemanes que cruzan las Árdenas, nazis que se revientan la cabeza en su última primavera berlinesa y, finalmente, jóvenes melenudos que descubren el LSD. Satisfecho tras contemplar la historia de Europa, el espíritu del viejo y libertino noble quizá eligió uno de los bebés que nacieron en Madrid a finales de los 70. Quizá me eligió a mí como soporte de su fantasmagórica presencia. Si existie eso de la reencarnación, yo elijo ser un cínico y cruel marqués que ama por igual sus hectáreas de viñedos y sus escondidas estancias del más sucio placer.

Sólo así habría podido tratar a Emma Hart-Hamilton, más conocida como Lady Hamilton, la picante y desinhibida alegría de todas las fiestas de la corte del rey de Nápoles, que no pestañeaba un segundo cuando cualquier pintor le pedía posar desnuda como una antigua diosa para él. Mientras Europa temblaba bajo las botas de Napoleón, el desproporcionado y borbónico palacio real napolitano disfrutaba de las elegantes y eruditas ocurrencias de la esposa del embajador inglés (Alexander Korda llevó su romance con el almirante Nelson al cine en 1941, en una pastelosa producción con Lawrence Olivier como el bravo militar y Vivien Leigh como Lady Hamilton. Desde entonces, ningún director ha vuelto a acercarse al mito, y el cine se merece que alguien cuente esta historia bien contada, sin cursilerías ni melodramas).

Lady Hamilton, de baja cuna, había medrado en la liberal y desquiciada Inglaterra de la época, capaz de dar hijos como Shelley y Lord Byron. Había conquistado muchos corazones, pero sólo uno la llevó al altar: el prestigioso físico y matemático dublinés William Hamilton, nombrado embajador del rey de Inglaterra en Nápoles. Con él se marchó a la entonces bulliciosa y cosmopolita capital del sur de Italia, antigua joya de los desaprensivos reyes aragoneses y erial tributario de los decadentes borbones que caían guillotinados en Francia entonces. Uno de esos borbones, el futuro Carlos III de España, ilustrado, inteligente y amante de paseos y paisajes, había mandado descubrir, al otro lado del Vesubio, las ruinas de la fantástica Pompeya. Cuando Lady Hamilton llegó a Nápoles, los sucesores del buen Carlos seguían la tarea iniciada, y llenaban las habitaciones de un palacio con los objetos maravillosos que se extraían por quintales de las ruinas. Ese palacio es hoy el Museo Arqueológico Nacional de Italia, y su visita bien merece un viaje por sí sola.

William Hamilton coleccionaba arte, y las ruinas de Pompeya y Herculano eran una mina. Bastaba agacharse y recoger lo que la vista ofrecía. En Nápoles logró reunir una gran colección de piezas romanas, y guardaba con especial cariño un grupo destinado al disfrute de sus más allegados. Príapos con descomunales penes, consoladores de mil formas, medallas con grabados sodomitas, ánforas decoradas con escenas de penetraciones, brutales sátiros forzando a ninfas... Una delicia erótica muy conocida entre los círculos nobles, desaprobada con exagerado escándalo por la Iglesia y discretamente ignorada por el rey, que no aprobaba las paganas diversiones de sus cortesanos, pero tampoco las censuraba.

Hamilton no era el primero que reunía piezas parecidas. La Iglesia sabía de su existencia desde el siglo XVI, y debido a ellas muchos pensaban que Pompeya sucumbió bajo la lava por un castigo divino, ya que era una ciudad tan depravada como Sodoma y Gomorra. En el XVI, el erudito francés Louis Chaduc tenía una colección de 180 piezas donde se representaban "todas las extravagancias amorosas de la Antigüedad griega y romana". El interés de los renacentistas por los romanos y sus costumbres eróticas llevó a Giulio Mancini, a instancias del papa Pío V, a establecer en 1619 unas normas de exposición de las obras antiguas con desnudos y escenas obscenas: no debían situarse en jardines ni en lugares visibles. El padre de familia debía habilitar una estancia privada para ellas y dejar entrar sólo a gente apropiada, y siempre bajo su tutela.

Ni una sola de estas normas se seguía en el palacio de los Hamilton, donde cualquier visitante podía disfrutar, guiado por la sagaz y divertida mujer de la casa, de todo tipo de objetos eróticos. Ella misma estaba fascinada por las piezas, que le descubrieron una Roma sensual, hedonista, mundana, placentera y deliciosamente adicta al sexo. Mientras el Marqués de Sade escribía en Francia Justine, Lady Hamilton se convirtió en una de las primeras mujeres europeas que descubrió el gusto por el erotismo. Fue una gran pionera, una maestra de sutiles perversiones. Todos los aficionados a esa parcela del arte donde el sexo es un fin y no un medio le debemos estar agradecidos. Quizá fue su sensibilidad femenina o su azarosa vida o su inteligencia refinada, pero gentes como ella han hecho pervivir la mejor colección erótica del Occidente, que se guarda en Nápoles. Alexander Pope, por ejemplo, dijo que aquello no eran más que "dioses sucios", y Stendhal apuntó indignado en su cuaderno, tras visitar Pompeya y ver la inscripción que indicaba dónde estaba el lupanar: "¿Qué pensaría una mujer honesta que habitara en Pompeya y que se viera obligada a leer todos los días esta inscripción al pasar por esta calle?". Lady Hamilton, por fortuna, tenía otra mirada mucho menos cerril.

Hoy, estos objetos forman parte del Gabinete Secreto del Museo Arqueológico Nacional de Italia, antes llamado "gabinete de los objetos obscenos". He estado en varios museos eróticos y ninguno es comparable ni por asomo con las salas del Gabinete Secreto. Una maravilla. La historia de cómo han llegado estas obras hasta nosotros, pese al ansia destructora de curas, reyes y moralistas, es casi tan fascinante como la colección misma. Colgaré en el blog algunos objetos, como este estupendo relieve del lupanar de Pompeya, mientras os la cuento.

Continuará...

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7 comentarios

liliana carrasquero -

mira a napoles y despues mueres es cierte ya lo vistes todo

leo_91 -

sergio:

fuera!!!

Chelita -

Joder, cómo te lo estás pasando con tus viajecitos por el mundo. A los que las circunstancias económicas-temporales nos impiden ir más allá de Marruecos, nos alegra que otros vayan, vean... y comenten. Y por lo que veo, tu viaje por tierras italianas ha dado para mucho.

Visitando Volúbilis, una magnifica ciudad romana situada en Marruecos, uno de los guías que rondaban por allí llevó a mi padre hasta los restos de una domus con la advertencia “no se lo enseñe a las mujeres” (por mi madre y por mí). Evidentemente, mi progenitor, pasando de reparos morales islámicos, nos condujo hacia las ruinas de lo que había sido un lupanar que no estaba precisamente en las afueras de la urbe, sino en pleno foro, al ladito de la basílica y el arco del triunfo. Allí, donde estaría la sala en la que se recibiría a los clientes, había una pilar de piedra encima del cual había un falo tallado de dimensiones considerables. ¡Lástima que no se conservaran los muros, que prometían relieves y pinturas de lo más específicos!

Anakrix -

Chico, qué de matizoso estás. Pero vale, de acuerdo, digamos que Nápoles es un caos y que a mí me resulta agobiante. Eso sí... ¡¡qué pizzas!! ¡Mamma mía!!

Sergio del Molino -

Absolutamente antiafrodisíaca. Los dichosos coágulos de San Genaro bastan para fulminar la libido del más obseso, jajaja. De todas formas, que la colección del Gabinete Secreto haya sobrevivido a los curas, a Garibaldi, a la Camorra y a las hordas de vespas es increíble. Aunque fosilizado, es un poso afrodisíaco. Pero cuenta, cuenta. El público espera ansioso. (No sé si sabrás, Javivi, que cuando Pasolini hizo un documental titulado Enqueta d\'amore en los años 60, donde pretendía averiguar qué sabían los italianos de entonces sobre el sexo y cuáles eran sus costumbres amatorias, salió bastante escaldado de Nápoles, donde por poco le muelen a palos por preguntar cochinadas a las jovencitas).
Anakrix: ¿demasiado caos para tu gusto? ¿existe un umbral tolerable de caos? Cuando se desata, es imparable. No se puede medir.

Anakrix -

Cuenta, cuenta, Javivi! A mí, personalmente, Nápoles me dio una tremenda sensación de agobio. La suciedad en las calles, las preciosas casas descuidadas y llenas de desconchones, el tráfico infernal, las bocinas sonando constantemente... buf, demasiado caos para mi gusto

Javivi -

Ay! Nápoles... y sobre todo, Spaccanapoli... ¿Qué sería de Italia sin esas familas enteras montadas en motorino sin casco, que para sacar dinero del cajero automático ni apagan ni tan siquiera se bajan del biciclo, sino que lo suben a la acera? Sólo en Nápoles podía nacer el centro sociale más activo de Italia, la Oficina 99, y el grupo de música italiano actual más interesante, los 99 Posse.
Qué pena que todo ese erotismo pompeyano, herculano, amalfitano, no fuese conservado y mimado como un intangible bien colectivo. Nápoles es, hoy por hoy, una ciudad anafrodisíaca (al contrario que Palermo, Catania, Roma, o incluso Lecce, Bolonia, Turín o Florencia). Si queréis, otro día cuento por qué.
Benvenuto, caro Sergio.
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