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El Blog de Sergio del Molino

CALCULÍN, EL NUEVO MITO ERÓTICO

CALCULÍN, EL NUEVO MITO ERÓTICO

Ayer salimos del curro muuuuuuuy tarde y con mucha hambre, así que hicimos lo único sensato al llegar a casa: coger un plato de pisto sobrante de la comida y empapuzarnos del señor Punset y sus sabios invitados en Redes. Resultó que ayer tocaba hablar de cerebro, emociones y sentimientos, y se dijeron cosas interesantísimas a la par que inquietantes.

Recuerdo vagamente que, allá por el pleistoceno, me matriculé en un curso titulado "Arte y locura" en la facultad de Filosofía de la Complutense. Me apunté, como he hecho muchas otras veces, seducido por el simple enunciado, sin recabar más información. A veces, el contenido respondía a las expectativas, pero en la mayoría de las ocasiones sólo se trataba de un reclamo genial para un tostón de dudoso interés donde un ente feo y aburrido desgranaba los insulsos hallazgos de sus nada fascinantes investigaciones. En este caso, sin embargo, el asunto resultó ser una atractiva invitación a pensar sobre la relación entre los procesos de creación artística y los desórdenes y las enfermedades mentales. El asunto se abordaba desde las neurociencias y pude leer, como si de fotonovelas de Corín Tellado se tratase -esto es, con la misma pasión que una damisela asustadiza-, estudios sobre la afasia de Baudelaire o el caos neuronal de Van Gogh. Pero lo que más me gustó fue un artículo que estudiaba la influencia que la epilepsia que padecía Dostoievsky tuvo sobre sus últimas obras y sobre su concepción de la novela.

Me pareció fascinante todo aquello, pero no produndicé. Vago como soy, me quedé en la anécdota y pasé a otra cosa que captó mi desquiciada atención. Ayer, los chicos de Punset hablaron de las emociones y los sentimientos, de cómo se relacionan entre ellos, cómo se desarrollan y en qué parte del cerebro están. Dijeron que si sufriéramos una lesión grave en la parte prefrontal del cerebro, seríamos incapaces de sentir y nos convertiríamos en máquinas frías sin remordimientos, culpas o pasiones. Se habló de que las personas que tienen dañada esa parte por cualquier razón pueden ser capaces de las mayores crueldades sin despeinarse el flequillo. Se recordó un experimento que se hizo con enfermos de Parkinson donde, por casualidad, se descubrió que al estimular eléctricamente una parte concreta de la corteza cerebral, el paciente se sumía en una profunda tristeza, mientras que si se aplicaba la descarga en otra parte, se desencadenaba una descomunal euforia. Por tanto, se puede tratar la depresión actuando directamente sobre el cerebro físico. Se llegó a especular que, dado que los procesos mentales no son más que reacciones químicas, se podría llegar a actuar sobre las emociones con cirugía. Incluso se pueden crear robots con emociones y ya hay algún prototipo en Estados Unidos. Máquinas que, con todos los peros científicos del mundo, pueden estar tristes o contentas, que pueden sentirse frustradas si no logran un objetivo y que pueden expresar alegría si resuelven un problema. Aterrador, sin duda. Luego, unos señores universitarios nos tranquilizaron explicando que los sentimientos humanos son tan complejos, que es imposible crear modelos informáticos que puedan ni tan siquiera aproximarse a ellos y que, en realidad, los científicos apenas saben nada de las emociones y el cerebro, aunque parezca lo contrario.

Daba igual, ya estábamos fascinados. Llegó a decirse que inyectándonos una hormona podemos sentirnos enamorados y que con un electrodo bien puesto podemos alejar de nosotros la más negra de las depresiones. Tantos años buscando pócimas de amor y resulta que el secreto estaba en las hormonas. Todo es pura química, y nosotros aquí, jugando con palabras, metáforas y versos. Resulta que todos los poemas y las canciones del mundo cabrán algún día en una fórmula química. ¿Y la seducción? ¿Se reducirá a una sucesión de ecuaciones? En este caso, en el futuro, los únicos que ligarán serán los freaks con gaforrios y calculadora en el bolsillo. Los guaperas tienen los días contados, a no ser que se pongan a estudiar ciencias ya mismo en lugar de perder el tiempo con revistas de moda. Primero fue el metrosexual; luego, el ubersexual, y ahora, ¡calculínsexual!

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4 comentarios

Sergio del Molino -

Según mis informaciones, el profesor Nani es un eminente bioquímico que ensayaba estas teorías amatorias en la universidad de Harvard hasta que fue expulsado por practicarlas con cierto alumno de generosas nalgas y complaciente lengua.

Rondabandarra -

¿Será bioquímico el Profesor Nani?

Sergio del Molino -

¿Y qué más da? Eso no cambia nada. Los sentimientos sequirán existiendo aunque algún día descubramos cómo funcionan, si es que alguna vez lo consiguen.

Anakrix -

Yo también lo vi. Y flipé. Da mucho miedo eso de que los sentimientos sean sólo mezclas de hormonas. Es que, si lo llevas al extremo, todo nuestro sistema moral y de valores se va al carajo, porque resulta que lo que consideramos bueno y malo depende de nuestro cerebro y de sus fluídos. Brrrrrrrrr... qué repelús. No me gusta nada eso de que estar enamorada sea, en realidad, un subidón de oxitocina
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