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El Blog de Sergio del Molino

RECETAS DE COCINA LITERARIA

RECETAS DE COCINA LITERARIA

Cursos, talleres, asociaciones, normas, corporativismos... Sólo falta un sindicato de escritores, con sus buenos estatutos, y se habrá cumplido el sueño de Stalin: una creación dictada por un canon establecido por un comité central. Hay una tendencia arraigada a hacer de la escritura una profesión como las demás, lo que a la larga implicaría establecer medidas contra el intrusismo, solicitar un trato global por parte de la administración y, sobre todo, la creación de un órgano que diga quién es o no escritor y quién reúne las condiciones para ejercer tan noble oficio, dejando fuera a todos los estúpidos  adolescentes que caminan por los parques con un cuaderno en la mano. Desde un punto de vista sindical, maravilloso. Desde un punto de vista artístico, sería el fin de la literatura tal y como la venimos entendiendo y practicando en Occidente en los últimos 25 siglos.

Estoy exagerando, por supuesto, pero no voy muy desencaminado: en pocos años se ha pasado de decir (aunque se siga diciendo) que la escritura es un quehacer solitario cuyo aprendizaje se realiza leyendo y emborronando papelotes en la soledad onanista de tu habitación, a vender cursos y talleres donde se aprenden técnicas y trucos (en los mejores de ellos, se enseña a leer "profesionalmente"). La reflexión sobre qué es ser escritor ha sido sustituida por cómo llegar a ser escritor. Pasa en todos los ámbitos: la filosofía deja paso a las técnicas de mercado. ¿Lo urgente no deja tiempo para lo importante?

Paul Auster (le amo, amo el aire de sus novelas, la melancolía de sus personajes, el humor trágico de sus páginas) tiene algo que decir a propósito del oficio de escribir, y bien podrían incluirse estas reflexiones suyas en el preámbulo de uno de esos manuales titulados Cómo escribir novelas de terror o Aprenda a versificar comedias barrocas por correspondencia. Lo pone en boca de Tom, uno de los personajes de Brooklyn Follies, su última novela:

Eso se debía al hecho de que escribir era una enfermedad (...), algo así como una infección o gripe del espíritu que podía atacar a cualquiera en el momento más insospechado. Al joven y al viejo, al fuerte y al débil, al borracho y al sobrio, al cuerdo y al loco. Echa un vistazo a la lista de los gigantes, y semigigantes y descubrirás a escritores que siguieron todo tipo de tendencias sexuales, que asumieron todas las posiciones políticas, que mostraron todas las facetas del espíritu humano: del idealismo más noble a la corrupción más insidiosa. Eran criminales y abogados, espías y médicos, soldados y solteronas, viajeros y enclaustrados.

(...) Joyce fue autor de tres novelas. Balzac escribió noventa. ¿Supone esto una gran diferencia para nosotros? Kafka escribió su primer relato en una noche. Stendhal escribió La cartuja de Parma en cuarenta y cinco días. Melville escribió Moby Dick en dieciséis meses. Flaubert dedicó cinco años a Madame Bovary. Musil trabajó dieciocho años en El hombre sin atributos y murió antes de acabarlo. ¿Nos importa algo de eso ahora?

(...) Milton era ciego. Cervantes sólo tenía un brazo. A Christopher Marlowe lo mataron de una puñalada en una reyerta de taberna antes de que cumpliera los treinta. Al parecer, el puñal le atravesó limpiamente un ojo. ¿Qué debemos pensar de eso? (...) Nada, absolutamente nada.

(...) Thomas Wentworth Higginson "corrigió" los poemas de Emily Dickinson. Un engreído analfabeto que calificó Hojas de hierba de libro inmoral se atrevió a tocar la obra de la divina Emily. Y el pobre Poe, que murió loco y borracho en una alcantarilla de Baltimore, tuvo la desgracia de elegir a Rufus Griswold como su albacea literario. Sin sospechar siquiera que Griswold lo despreciaba, que su presunto amigo y defensor pasaría años tratando de destrozar su reputación.

Desvaríos eruditos para concluir que no sabemos casi nada (tan sólo varios miles de libros con reflexiones al respecto y centenares de departamentos universitarios de generosos presupuesto dedicados íntegramente a ello) de una actividad que viene acompañando a la especie humana desde que aprendió a hablar. O quizá sabemos lo suficiente como para acabar con ella, destripando sus mecanismos universales y poniéndolos al servicio de qué sé yo. Cada escritor es un mundo, y un mundo no necesariamente valorado por sus contemporáneos, que con frecuencia lo desprecian (la lista de malditos es larguísima, casi tanto como la de alabadas glorias a las que nadie volvió a leer tras su muerte). Puede que salga algún Baudelaire de un taller de escritura de quince días. Puede que incluso salgan muchos, pero dudo que esos Baudelaires se hayan forjado en esos pupitres, frente a solventes y consolidados escritores y filólogos que enseñan los caminos hacia la piedra filosofal. No, esos Baudelaires existían ya. Estoy convencido de que las musas no responden cuando se las llama con estrategias de márketing o con fórmulas comprimidas.

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