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El Blog de Sergio del Molino

CANGREJOS

CANGREJOS

Publicado hoy en el suplemento Muévete de Heraldo de Aragón.

No es bueno mojar en exceso la magdalena, aunque Proust no engordara. Tal vez no importe llamar de tarde en tarde a la angosta puerta de Peter Pan, pero no recomiendo quedarse a vivir”. La frase es de Abraham García, un orondo y afamado cocinero metido a escritor, que lo mismo saltea unas nécoras que flambea el sentido de la vida en dos patadas refraneras y sanchopancistas. Con esta cita, advierte de los peligros de la nostalgia, la enfermedad del eterno mirar atrás.
Quedarse a vivir tras la angosta puerta de Peter Pan. Yo tampoco lo recomiendo, pero no por los peligros que acechan al equilibrio mental -que siempre camina por una cuerda flojísima-, sino porque hay tanta gente tras esa angosta puerta que ya no quedará apenas sitio. Millones de nostálgicos ‘peterpanes’ se asfixian en un aire viciado de suspiros y de ojalás. Aquello será como el metro en hora punta. Puede que incluso haya “empujadores”, como en el suburbano de Tokio, que estrujen a los aspirantes al peterpanismo para que quepan todos.
No creo que haya habido una época más nostálgica que la que nos ha tocado vivir. Nunca ha sido tan difícil imaginar el futuro. Incluso en la era nuclear, con la espada de Damocles de la bomba H sobre la cabeza, los novelistas escribían utopías futuristas, los guionistas de cine se inventaban la ciencia-ficción y los rockeros se vestían con estrafalarias ropas que vaticinaban un futuro de náilon y velocidad.
Hoy nos dedicamos a mirar atrás, como se aprecia en la cultura popular -especialmente en la música-, empeñada en resucitar clichés de modernidad. Hoy nos vestimos de los 80; mañana, de los 60, y pasado, de fox-trot. Revival, revival, revival. La cultura ministerial se nutre de efemérides y centenarios, y los intelectuales discuten a dentelladas con los políticos sobre la recuperación de la memoria. Todos hacia atrás, como cangrejos.
Yo mismo soy uno de esos cangrejos. Yo mismo rebusco en baúles de recuerdos que no me pertenecen, pero de todo se puede uno empachar, y cuando todo el mundo se empeña en entonar una letanía nostálgica, en no asumir el presente y en echarse encima litros y litros de tinte capilar para parecer un eterno adolescente ye-yé, me saturo. Me bloqueo y me tengo que reiniciar, como Olé Olé, que se han reiniciado con Vicky Larraz. Como en Elm Street, el pasado vuelve en forma de pesadilla.

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2 comentarios

Sergio del Molino -

Puede que estés dando en el clavo, Enrique. La imaginación es una necesidad. Quizá los tiempos grises y duros necesiten de fantasías, de gente con capacidad para inventar formas de salir del agujero. Cuando el mundo no sólo colma las necesidades humanas sino que ofrece muchos más estímulos de los que una persona puede asimilar (mira como se ha saturado Google) la imaginación no es necesaria. ¿Para qué soñar si estamos hastiados? Una pareja de artistas me dijo hace tiempo que el gran peligro para la creación es el aburguesamiento: la poltrona desactiva la mente.
Muchas gracias Enrique.

ENRIQUE -

Decía Ortega (ya sé, Sergio, que tú no eres muy orteguiano y yo en algunas cosas tampoco) algo así como que el español -por una curiosa inversión de las potencias imaginativas- se dedicaba a hacerse ilusiones sobre su pasado, en vez de hacérselas sobre su futuro. Quizás haya algo de esto en lo que escribes. Aunque quizá no tanto, ya que -me temo- el fenómeno no es exclusivamente español. Me parece muy acertado lo que apuntas. Yo llevo pensándolo también un tiempo: la tele, los libros, las camisas..., todo es un calco de algo ya bastante manido. El problema, además, se agrava cuando el original tampoco es que fuera excesivamente interesante (que no faltan tampoco casos de éstos). El diagnóstico, en mi opinión, no es tan poético como el de don José, pero quizás sí que es certero: simple y llana falta de imaginación.
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