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El Blog de Sergio del Molino

FILLOY, EL JUEZ GAUCHO

FILLOY, EL JUEZ GAUCHO

Descubrí a Filloy cuando Siruela editó su novela Caterva, hace un par de años. Acudí a él por Cortázar, que lo consideraba el mejor escritor en lengua española. La editorial vendía a Filloy como el germen de Rayuela. Mentira de marketing, por supuesto, pero piqué, y no me arrepiento. Utilizaban para ello una cita de la primera parte de Rayuela, un diálogo entre la Maga y Oliveira:

-La cloche, le clochard, la clocharde, clocharder. Pero si hasta han presentado una tesis en la Sorbona sobre la psicología de los clochards.
-Puede ser -dijo Oliveira-. Pero no tienen ningún Juan Filloy que les escriba
Caterva. ¿Qué será de Filloy, che?
Naturalmente, la Maga no podía saberlo, empezando porque ignoraba su existencia. Hubo que explicarle por qué Filloy, por qué
Caterva.

Era la primera vez que se editaba una obra de Juan Filloy en España, y unas poquísimas más circulaban y circulan por Argentina gracias al empeño de Mempo Giardinelli, que ha decidido ser algo así como su albacea literario. Devoré Caterva, y Antón Castro me publicó una amplia reseña en el suplemento Artes y Letras. Poco después, viajé a Buenos Aires y me traje cuatro libros más, los únicos editados hasta el momento de su copiosa producción. Empecé a leerlos en el avión de regreso y creo que prácticamente dediqué mi tiempo libre de los siguientes meses a aprender cosas sobre este tipo raro y a enviar mails a editoriales argentinas para que me enviaran otro librito suyo que acababan de editar. Lo del comercio electrónico no está muy desarrollado en aquellas latitudes, así que me costó un huevo.

Me fascina este tipo prostibulario, huraño y ajeno a los movimientos literarios de los que escribía el otro día. Él, en sí mismo, era un movimiento. Era juez en Río Cuarto, recóndito lugar de la Pampa, muy lejos de Buenos Aires, de sus cafés y de todo lo que pueda oler a "vida literaria". Argentino de asado y mate, le gustaba dar largos paseos por el campo, el humor cruel de los gauchos y el aroma canalla de los burdeles salvajes perdidos en mitad de la nada. Escribía una columna en La Nación, pero procuraba que nunca fuera de política y que siempre se le deslizase alguna pulla hacia sus odiados compatriotas porteños. Era un tipo difícil, admirado por los mejores escritores argentinos, que le visitaban en el recóndito Río Cuarto y bebían y hablaban de libros y de palabras, que él trataba como a ejemplares de especies botánicas, como demuestra su "colección" de palíndromos, el más extenso repertorio del castellano. Viajó muy poco, trabajó menos, y no se preocupó por editar ni dar discursos ni dejarse hacer entrevistas. Pasó su larguísima vida (105 años) desapercibido para el público, y sus obras -salvo alguna excepción- sólo circularon en limitadísimas ediciones de 40 o 50 ejemplares que él mismo publicaba con mimo y enviaba por correo a sus amigos. ¿Cuánto pagará un librero de viejo por uno de esos ejemplares?

Ahora, Mempo Giardinelli y otros intelectuales argentinos se han empeñado en publicar sus libros, y los demás lo agradecemos. Es algo así como el Pessoa argentino. Un tipo inédito, porque esas pocas decenas de libros en circulación siguen siendo manuscritos, y como todos los inéditos, con una obra libre, despreocupada de opiniones ajenas, sin relación con modas, sin servidumbres mercantiles ni ataduras a un canon. Las únicas normas que sigue son las que él mismo se impuso, casi todas absurdas, como el hecho de que los títulos de las novelas tuvieran que tener siempre siete letras.

Filloy es un tipo difícil de leer. Amante de la digresión, con una cultura más que enciclopédica que muchas veces se dispersa y se desparrama por varios capítulos diluyendo la acción, y un conocimiento léxico de libro Guinness que hace que no esté de más tener un diccionario cerca. Pero si se está dispuesto a penetrar en esos cortinones selváticos, la recompensa merece la pena. Se descubre entonces a un escritor sensible, a un observador puntilloso y apasionado, a un gourmet del paisaje dotado con una ironía maliciosa y cínica. Asombra cómo alguien que vivía tan alejado del mundo pudiera comprenderlo tan bien y sacarle tantos matices.

Además de Caterva, recomiendo La potra, más salvaje y violento que Anthony Burgess, La purga, donde se ofrecen múltiples y despiadas respuestas a la pregunta "¿Para qué coño sirve el arte?", y Los Ochoa, una serie de cuentos sobre una saga de pioneros vascos en la Pampa argentina. Si lográis pasar del primer capítulo de cualquiera de estos libros, ya no podréis sacudiros el embrujo Filloy. Al resto, os parecerá un coñazo inaguantable, y ni siquiera Filloy se molestaría en intentar convenceros de lo contrario. No seré yo más filloysta que Filloy.

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