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El Blog de Sergio del Molino

BUITRES AL ACECHO

BUITRES AL ACECHO

Aunque todavía no he tenido tiempo de darme un garbeo detenido por la Feria del Libro, como me pilla al lado del trabajo, el otro día me asaltó cual pulpo de tapas amarillas un nombre: Raymond Carver, admirado escribidor. Rasqué con gusto el bolsillo y compré Sin heroísmos, por favor, volumen que recoge un buen montón de escritos póstumos del inventor del realismo sucio. Como no tengo buen whisky en casa, he preferido posponer su lectura hasta que compre una botella que maride bien con el tono carveriano, pero lo traigo aquí por el asunto siempre espinoso de los papeles que un escritor deja al morir.

Los seguidores de un autor -y yo el primero- husmeamos necrófilamente en cualquier papelujo inédito y devoramos como buitres las nuevas ediciones de carnaza. Pero dicen que a un escritor se le conoce por su papelera, por escribir mucho más de lo que llega a publicar, por eso siempre asaltan las dudas acerca de si llevar a la imprenta esos escritos supone o no una traición a la voluntad del finado. La balanza suele inclinarse del lado de la industria editorial, incluso cuando se trata de materiales íntimos, como diarios o cuadernos de notas.

Bolaño, por ejemplo, dejó programados sus papeles póstumos, sabiendo que iba a morir, para alimentar con ellos a su familia. El resultado fue 2066. Otros libros se quedan inéditos a pesar del empeño del autor por publicarlos, y el caso de John Kennedy Toole es de los más trágicos. La novela de Eduardo Lago Llámame Brooklyn trata del empeño de un periodista por dar forma a la novela que un amigo muerto llevaba toda su vida escribiendo. Pero, salvo en el caso de proyectos a medio hacer interrumpidos por la muerte, un autor que deja sin publicar unos cuantos textos es porque considera que no merecen ser publicados, que no han superado el severo examen de su indulgencia y que, probablemente, esperaban una ocasión siempre pospuesta para ser reescritos. Quizá incluso se avergüence de ellos. Quizá haya en sus líneas asuntos inconfesables o experiencias no asimiladas que no ha sabido, por tanto, convertir en literatura (yo no creo en la creación literaria como terapia, salvo la escritura frenética y febril de diarios o blogs: creo que sólo la experiencia asimilada y superada puede pasar a la ficción. No se escribe bien sobre llagas abiertas).

Escarbar en esos papeles tiene mucho de morboso y no está exento de riesgos. Muchos se horrorizaron cuando, al fallecer Thomas Mann, corrieron a sus diarios esperando encontrar en ellos las entretelas sentimentales del excelso esteta de La montaña mágica. En vez de eso se encontraron con un ser frío y egoísta. Un ser casi monstruoso que cuando se enteró del suicidio de su hijo Klaus sólo fue capaz de anotar en su diario: "Es un acto irresponsable". Y punto. Ni una mención más al desgraciado de Klaus, y eso que entre las causas de la fatal decisión estaba el trato indiferente que había recibido de su progenitor. Ay, los padres, la de disgustos que dan, ¿verdad, Klaus?

La mejor opción, al final, sería hacer como Valle-Inclán, que, preocupado por las barrabasadas que podrían hacer con sus libros después de muerto, se empeñó en editar su Opera Omnia en vida. Pero claro, no todos tenemos un esqueleto y una musculatura lo suficientemente poderosas como para sostener un ego tan grande y pomposo como el del manco gallego.

Y el caso es que yo quería escribir de Raymond Carver, que alguien citó como una clara influencia en mis relatos, en una desmesura sólo atribuíble a la ingesta masiva de drogas psicotrópicas, porque entre los palabros que yo pergeño con más o menos esfuerzo y la magia de Carver hay varias galaxias de distancia. Bueno, otra vez hablaré de Carver, si al comentarista que firma como "critico" no le molesta, claro está.

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3 comentarios

S. del Molino -

jajajajajaja. Es que tengo las cosquillas fáciles de encontrar.
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