Blogia
El Blog de Sergio del Molino

VOLKGEIST

VOLKGEIST

¿Existe lo que los alemanes y los filósofos llaman volkgeist desde que Herder se inventó el palabro? El genio del pueblo. El pobre Herder, además de ser alemán y amigo de Schiller -que ya son dos indiscutibles motivos de suicidio-, era prerromántico y estaba empeñado en buscar algo más que una lengua común para apelmazar los despojos medievales del norte del Rhin y convertirlos en un Estado moderno y racional. Así que, discurre que te discurre en sus aburridas noches de Weimar a finales del siglo XVIII, Herder se inventó el concepto de volksgeist, que ha traído de cabeza a todas las generaciones europeas posteriores. Lo mismo se ha invocado para gasear a quienes iban circuncidados que para redactar Estatutos de Autonomía o para justificar y mantener costumbres bárbaras tales como cortar las manos a los ladrones o encerrar a las mujeres en cárceles de tela. Progresistas, conservadores y reaccionarios lo han esgrimido (y lo siguen esgrimiendo) más o menos a su antojo como parapeto numantino. Incluso en nuestras riñas cotidianas invocamos sin saberlo al filósofo alemán cuando disculpamos la conducción suicida de los mexicanos o el alcoholismo destructivo de los británicos como rasgos del volkgeist de México o Inglaterra. Por no hablar de lo nobles que son los aragoneses, lo chulos que son los madrileños y lo asesinos de niñas que son los valencianos. No me extrañaría que un juez aplicase el volkgeist, recurriendo al derecho consuetudinario, como atenuante de alguna sentencia.

Semos asín. La pereza del funcionariado, la suciedad de las calles, la mala educación de los taxistas y el analfabetismo funcional pueden disculparse aludiendo vagamente al volkgeist, con encogimiento de hombros opcional. Los erasmus que cada año aterrizan en Barajas han preparado su hígado y su estómago a conciencia durante el verano para filtrar toda la sangría posible en esas noches locas que el volkgeist español vende como reclamo. Las guías de viajes explican sucintamente el volkgeist de un país, y los touroperadores enfrascan ese etéreo volkgeist y pulverizan su fragancia sobre los clientes ansiosos de tópico y pintoresquismo.

La idea del "genio del pueblo" tiene tanta fuerza literaria que ni siquiera monstruos de la razón y adalides del internacionalismo como Karl Marx pudieron resistirse a ella. Y, sin embargo, ¿qué coño es el espíritu de los pueblos? Los antropólogos, intentando dar una respuesta práctica a este discutible galimatías, hablan del "patrimonio intangible", e instan a los gobiernos a protegerlo. Patrimonio intangible, tan valioso como el tangible, son las canciones populares, las danzas, los dialectos, lenguas y peculiaridades idiomáticas, las leyendas orales, las tradiciones, la forma de vivir la religiosidad, las estructuras familiares y las batallitas del abuelo. Entre todos estos bienes intangibles -hoy casi destruidos por los centros comerciales y Aquí hay tomate-, Herder creía ver el genio de un pueblo. Es una idea mística: la nación (o el pueblo, da lo mismo) quiere decir algo al mundo a través de estas manifestaciones. El pueblo cobra vida a través de ellas. Se hace presente como una entidad tan poderosa, tan inexplicable y tan indiscutible como el dios de las religiones.

La idea técnica de "patrimonio intangible" me parece una asimilación sana y una realización racional de un problema que, si sólo se hubiera planteado en esos términos, nos habría ahorrado mucha sangre absurda. Pero el volkgeist saltó muy pronto a la política, y en ella sigue. Si el volkgeist se hubiera quedado quietecito en el ámbito cultural, nos habríamos ahorrado la bochornosa primera página de El Mundo del jueves, en la que se celebraba a bombo y platillo la "ola de patriotismo" que invadió las calles de España tras la victoria de la selección ante Ucrania. Una ola de patriotismo que a mí, la verdad, me pasó desapercibida. Pero hace tiempo que descubrí que el director de El Mundo y yo vivimos en países distintos: mientras el suyo se va a la mierda en una serie de catastróficas desdichas que cercenan sus cimientos, en mi país se vive razonablemente bien, y los problemas que acucian no tienen que ver con banderas ni con esencias, sino con hipotecas y desamores.

Octavio Paz invocó agónicamente al volkgeist mexicano en su todavía iluminador ensayo El laberinto de la soledad, que releo estos días. António Lobo Antunes persigue al volkgeist portugués en cada novela, de tal forma que ahora el espíritu parece el propio Lobo; un espíritu en pena que persigue su propia sombra. No hay un solo escritor argentino que no se haya sentido obligado a mirar a los ojos al volkgeist de su extraña patria. Desde mayo del 68, los intelectuales franceses le preguntan a su psiquiatra dónde coño ha escondido su añorada grandeur. Los alemanes, después de aquellos años tan animadillos, no se atreven a volver a invocar el espíritu que ellos mismos inventaron. Los novelistas ingleses, sencillamente, se cagan elegantemente en el volkgeist, se mudan a la soleada California con la liquidación de los derechos de autor y dejan que el norteamericano Paul Auster desentrañe el volkgeist de una esquina de Brooklyn mientras se come un sandwich de queso. En cuanto a los escritores en lengua catalana, están obligados por ley a reflexionar sobre su volkgeist, si no quieren que se les retire la subvención autonómica. Quim Monzó escapa a esta norma y escribe de lo que le da la gana, pero él nunca pidió subvenciones.

¿Y los españoles? En estos tiempos que corren, sé que está mal citar a Marx si no es para decir que violaba niñas y se las comía luego en salmuera, pero en uno de sus libro-reportaje más brillantes, El 18 brumario de Luis Napoleón Bonaparte, recordaba a su maestro Hegel, que había dicho que la historia siempre se repite al menos dos veces. Olvidó apuntar -se atreve a corregir Marx- que la primera vez lo hace como tragedia y la segunda, como farsa. Marx era muy shakespeariano, por eso bordó esa frase. Pues bien: hace un siglo, tal y como recuerda Santos Juliá en Historias de las dos Españas, los intelectuales empezaron a pensar en España como problema y se adentraron por carreteras secundarias en la polvorienta meseta castellana. Allí, en adustos y curtidos rostros y entre míseras casas de adobe, creyeron encontrar el volkgeist español. Marearon mucho la perdiz, leyeron El Quijote demasiadas veces y dieron la brasa de forma desmedida y absurda, pero reflexionaron en serio y entablaron un debate de altura filosófica (la historia como tragedia). Hoy, tertulianos gritones y articulistas semianalfabetos claman contra la desmembración del país y celebran el patriotismo futbolero en una constante y machacona invocación del volkgeist que ya nos tiene a muchos hasta más allá de los ovarios (la historia como farsa).

En fin, feliz reforma estatutaria a todos.

Foto: el bueno de Herder, con cara de pensar "uy, la que he liado...".

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

6 comentarios

Alejandro -

!Me gusta como escribes! Me he echado alguna risa contenida. Un saludo Sergio.

pd: a Sergio: ayudanos pues, si lo ves posible, claro.

Gustavo -

Bien, estamos de acuerdo en que el "espíritu del pueblo" no es más que una entelequia, un artificio o constructo netamente humano, esto es, cultural. Pero amigo mío, sin estas ventanas al mundo, sin estos simbóloso semánticos, no somos más que simios esbeltos. En definitiva, hasta Marx (y mucho antes que él Kant, o si me aprietas hasta el mismo Jesucristo) no hacían sino apelar, buscar hasta la extenuación el "espíritu de la Humanidad", el volkgeist universal. En suma, todo aquello que nos hace ser típicamente humanos... Un saludo

sergio -

no tienes ni puta idea de lo que fue el volksgeist, ni de la filosofia alemana ni del romanticismo aleman

dani -

la verdad ya ley tu blog y lo que dice no ayuda en nada a nadie, porfavor si vas asubir informacion que sea de calidad ¿ok?

S. del Molino -

Estaba convocado, pero dio positivo en el antidopping y se ha quedado en un puticlub de Hamburgo.

Chewi -

Pero entonces el volkgeist este juega en la selección alemana, no?
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres