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El Blog de Sergio del Molino

SANTA FE

SANTA FE

El lejano oeste está en las afueras de Zaragoza. Lo he comprobado hoy, cuando, gracias a un bucle en el espacio-tiempo (cómo me gusta decir cosas que no entiendo), nos hemos trasladado a algún rincón perdido entre El Paso y El Álamo cuando íbamos por la carretera de Teruel. ¿Cómo se llama eso? No sé, que venga Iker y lo investigue, que yo estoy amodorrado por el calor.

El asunto es que un amigo se ha comprado un peaso-coche para afrontar la inafrontable crisis de la edad (bueno, al menos eso digo yo para meterme con él, y otras cosas feas que se me ocurren sobre la marcha). Hoy recogía el auto en el concesionario y, para estrenarlo, nos propuso invitarnos a comer a un restaurante mexicano en las afueras de Zaragoza, en un pueblo de nombre muy apropiado: Santa Fe, lugar que yo sólo conocía de oídas.

Casi cuarenta graditos en el termómetro y el típico paisaje estepario de polvo y sol que cerca esta vieja ciudad romana. Santa Fe es en realidad un barrio de Zaragoza donde crecen los chalets acosados y los bloques de VPO. Tiene una preciosa iglesia barroca que se cae de vieja y que se usa como depósito de qué sé yo qué porquerías municipales. Las calles están llenas del polvo de las obras de los chalets y no hay un solo lugar de sombra. Talmente, un panorama mexicano. Si un señor de poblado bigote sacara un pistolón y disparara al aire cagándose en la madre de la chingada, no hubiera desentonado. Al bajar del peaso-coche, me sentí como un gringo en un relato de Carlos Fuentes.

En una esquina del pueblo, un edificio chato, de estética de western texano, bien podría ser la cantina donde los villistas toman tequila y desfloran a las vírgenes tras conquistar la aldea, pero en realidad es el buscado restaurante mexicano. Bueno, más bien lo era. Mi amigo llevaba mucho tiempo sin ir allí. La última vez que estuvo, no habían empezado a construirse los acosados. Entre tanto, el lugar ha cambiado de dueños y ahora es una casa de comidas caseras que sirve a los albañiles que curran en las urbanizaciones. De su origen mexicano sólo queda la decoración indigenizante y colorista y el nombre: El Paso. Ya que estábamos en lo que para nosotros era la mitad de la nada, nos quedamos a comer con un proletario y refrescante vino con gaseosa.

Renunciamos ya a los frijoles y a las quesadillas con las que iba soñando en el peaso-coche y nos amoldamos a los platos que el jefe nos cantó. Hacía tiempo que no comia en un sitio así, donde llamas la atención por no llevar mono ni tener las manos como piedra pómez. Aquello dejó de ser México y se convirtió en la ONU de la construcción: había obreros de todos los países, y alguno local, que le daba con gusto al JB con Coca-Cola antes de volver al tajo. La comida, casera de verdad. Siempre se come bien en estos sitios, pues la clientela exige raciones contundentes y sin mariconadas: unas buenas lentejas y unos buenos filetes. Sin embargo, no podía evitar preguntarme qué coño estábamos haciendo allí, cuando al lado de casa hay ochocientos mil restaurantes con aire acondicionado donde no tienes la sensación de haber salido de la Unión Europea. Hay días absurdos, y nunca pensé que iría a Santa Fe, que para mí queda más lejos que Londres, a comer lentejas calentitas con cuarenta grados centígrados. Si mi amigo no se hubiera comprado el peaso-coche, jamás habría descubierto que México queda en la misma provincia donde estoy empadronado. Esto es surrealismo á la Buñuel del bueno.

Menos mal que yo no tengo peaso-coche, porque, si no, iba a acabar en cada sitio... Porque a Aragón le faltará agua, pero sitios inverosímiles, le sobran. Por suerte.

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