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El Blog de Sergio del Molino

CRÓNICA DESDE LISBOA (1)

CRÓNICA DESDE LISBOA (1)

Lo malo de las ciudades bellas es que han sido tan profusamente descritas que los nuevos empeños por trasladarlas al mundo de las palabras caen en el foso apolillado y rechinante del tópico. En el mejor de los casos, se balancean, hacen equilibrios y amenazan con derrumbarse en él, pero es raro que se alejen del borde y divaguen hacia el horizonte de la sorpresa, de lo no dicho, de la visión desnuda y refrescante. Por tanto, la mejor opción, en esto como en todo, es ignorar lo trillada que está la senda y avanzar por ella sintiendo sólo los propios ojos, dejando que el inconsciente y el capricho hagan visibles las miradas que contaminan la nuestra.

Lisboa, la gran dama, dicen en todas partes. Una dama sentada junto al mar, huraña, descreída, un punto cínica e incapaz de disimular el desconcierto que le produce el mundo. Una dama empedrada por minúsculas y delicadas piezas que le regaló un altivo marqués cuando la tierra se abrió en el terrible terremoto de 1755. El barrio de Baixa, al centro, recuerda a los portugueses que un día fueron los amos de los mares. La Praça do Comerçio, ingrato solar operístico, se abre al Tajo y a los barcos que por él llegaban. Una plaza que quería dejar claro a los prepotentes marineros que la bandera a la que servían exigía un precio, el de la humildad. Hoy es un patio de armas rodeado de discretos ministerios sin una triste sombra.

El barrio de Baixa, bajo y plano, como su nombre indica, forma con cuadriculada disciplina detrás de la Praça do Comerçio. Al centro, la Vía Augusta, con su delicado mosaico, también busca la exclamación y el asombro del visitante. Sus perfectas esquinas, sus armoniosos edificios y sus señoriales portones se hicieron para demostrar algo, para tapar un orgullo herido de imperio colapsado. El tiempo la fue llenando de bancos, tiendas y cafés que no logran sacudirse el hálito de presunción marchita que nace aquí y se extiende por toda la ciudad.

La plaza del Rossío, donde termina Augusta, es la otra gran plaza de la Baixa. Entre ambas, el orgullo imperial portugués languidece sin que las fuerzas de la inmigración y la juventud se atrevan todavía a barrerlo del todo. Desde el Rossío, mirando al Tajo, se ve la Baixa al frente, escoltada por dos colinas; la Alfama a la izquierda, y el Chiado y Barrio Alto a la derecha. Esta pequeña U compone la esencia de Lisboa, la ciudad que importa, la que llora en los fados y la que resiste a todo y a todos, incluida la sombra del puente de 25 de Abril, faraónico legado del salazarismo que cruza el río enlazando la capital con el tórrido sur del país. ¿Lo veis? Ya he escrito conscientemente el primer tópico odioso: “faraónico”. La pereza veraniega tiene estas cosas.

A la izquierda, la Alfama, coronada por el castillo de San Jorge, que no es más que un anillo amurallado que cerca la cima de la colina. La Alfama es la Lisboa vieja, la Lisboa árabe y cristiana, enrocada sobre el Tajo, con el arco tenso y presto a disparar en los mismos miradores donde los turistas bebemos hoy cerveza Sagres y sonreímos satisfechos. Son cuestas rompepiernas perladas de minúsculas casas encaladas con la ropa tendida en la puerta. Abuelas en bata que se sientan en un poyo y tranvías que suben rechinando y asfixiados por calles donde ningún ingeniero diría que caben. La Alfama es un digno burgo podrido que, en la ruin noche del salazarismo, se prestó a ser cárcel y centro de torturas. En su madeja caben fervores de beata -incluyendo una virgen del Pilar con una bandera de España dedicada a los españoles residentes en la ciudad-, lujurias de putero, curdas de poeta, sadismos de sargento de la PIDE (policía política de Salazar) y la indiferencia del dependiente que baja con muda limpia y un café con leche bebido de trago en el tranvía 28 hasta su tienda de la Baixa, tal y como hacía Pessoa en sentido contrario, bajando desde Chiado. La Alfama es un almacén de anticuario donde se amontonan sudores y desvelos de mil imperios perdidos y mil revoluciones rotas. No hay nada que hacer con la Alfama, salvo contemplarla.

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11 comentarios

Inocencio -

Los portugueses son muy prudentes conduciendo......

una cualquiera -

soy puro egoismo... ya me cunden tus vacaciones.

se te echa de menos!!!!

ENRIQUE -

Preciosa estampa lisboeta. Te deseo buen verano a ti y a todos los habitantes de este blog desde Londres, donde paso unas semanas. Londres es otra de esas ciudades literariamente trilladas. Por motivos personales, Lisboa esta muy unida a Londres en mi imaginario personal. Abrazos! (Las faltas ortograficas se deben al teclado ingles).

Magda -

(Anhelado, perdón, se comió la h)

Magda -

Una de las ciudades que más he anelado conocer es Lisboa (y Viena). Algun día espero ir.

Una bella crónica.

Julián -

quise decir "flog", no "flor"... como dice Alejandro Dolina... "es bueno que los idiotas den señales de su idiotez rapidamente, asi uno se resguarda a tiempo" :p

(yo soy un semaforo)

Julián -

Tu flor es lo mejor que vi ultimamente. Ya me hice adicto a él.
Es un placer leer tus opiniones, comentarios y la informacion de los temas.
Un abrazo enorme desde Rosario, Argentina.

migratoria -

Muy buena, tu crónica. Lisboa es una de esas ciudades donde no me importaría ir a vivir. Para siempre.
Saludos cordiales.

Severiano Delgado -

Yo he estado varias veces en Portugal, entre ellas dos en Lisboa. Recomiendo a todo el mundo que no dejen de visitar el país con el que compartimos la península, sobre todo ahora que no hace falta pasaporte ni cambiar de moneda.

Todo Portugal es muy bonito, lleno de montes arbolados y ríos. En las ciudades, los baldosines blancos y negros de las aceras hacen inconfundibles sus calles. Las playas son excelentes... para quienes gusten del mar bravo y frío. A diferencia del Mediterráneo -que a veces parece un plato de sopa, hasta con fideos- en las playas portuguesas los olas del Atlántico pegan con fuerza. Poco recomendable para ir con niños, pero estimulante.

Un enorme atractivo de Portugal es la comida, sobre todo cualquier tipo de pescado. Casi en cualquier sitio se come de maravilla, raciones abundantes, bien servidas, recién hechas, con guarnición de arroz o patatas cocidas o fritas, y a unos precios muy inferiores a los de España. Precisamente acabo de pasar una semana de vacaciones en Nazaré (un precioso pueblo turístico, en la costa de la Estremadura portuguesa) y os puedo asegurar que por 40 euros comen estupendamente dos adultos y dos niños, unos ricos platos de pescado recién cocinados. Lo mismo, en un lugar similar de la costa española, es fácil que costara el doble.

En cuanto al idioma, no hay ningún problema. El portugúes escrito se entiende muy bien (salvando la gran cantidad de "falsos amigos", por ejemplo garrafa, que es botella, no garrafa), y el hablado tampoco presenta grandes problemas con un poco de práctica y buena voluntad. Debería darnos vergüenza: mientras que es frecuente dar con un portugués que hable español, es rarísimo encontrar a un español que hable portugués. Para eso está el "portuñol", pero en la cuestión de los idiomas los españoles vamos fatal.

Por último las carreteras: ¡mucho cuidado! Abundan las buenas autovías y autopistas, pero los portugueses van muy deprisa. Mínimo 130 km/h en autovía (la velocidad máxima permitida es de 120 km/h), y no son raros los que van mucho más rápido.

Con todo, ¡no dejéis de visitar Portugal!

gilgamesh -

Pues sí que es fantástica. Yo he estado en Lisboa 7 veces contadas (todas en mi infancia), pues mi padre es portugués e hizo la primaria allí, y es una ciudad maravillosa, especialmente lo que comentas: la alfama y chiado.
Por cierto: ¿has comprobado ya la fama que los conductores portugueses tienen de suicidas?
Un saludo y a disfrutar.

Cide -

fantástica Lisboa. Me muero de ganas por conocerla.
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