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El Blog de Sergio del Molino

CRÓNICA DESDE LISBOA (2)

CRÓNICA DESDE LISBOA (2)

Esperando el tranvía para ir a Belén. Un tranvía moderno, de dos vagones, con aire acondicionado y conductora joven y atribulada. El progreso, vaya, no el tipismo belle époque de las tartanas metálicas que suben a Alfama y a Barrio Alto. El tranvía dobla la esquina de la Praça da Figueira y se detiene unos metros antes de la parada. Algunos de los que esperaban en ella se acercan hasta el vehículo, que, obviamente, no les abre las puertas. “La parada es aquí, es aquí”, empieza a gritar una señora oronda y sexagenaria, fellinianamente mediterránea. En un portugués comprensible -los idiomas se entienden mejor cuando el hablante está cabreado- empieza a perorar sobre el volkgeist de su país, al más puro estilo verdulaire: “¡Portugal es europeo! ¡Portugal es moderno! ¡Portugal es el primer mundo! ¡Venga ya! Si no sabemos ni coger un tranvía. ¿Si no sabemos comportarnos en el transporte público, cómo vamos a salir del subdesarrollo?” (la traducción es libre, en portugués sonaba más vehemente y menos analítico).

Siempre me ha parecido tierna esta costumbre latina, que en España ya está un poco en desuso, de enunciar una visión catastrófica y quevediana del propio país a partir de hechos cotidianos que no tienen la menor importancia. Es sorprendente que la respuesta ante cualquier contrariedad o ante cualquier anécdota nimia sea poner los brazos en jarra y recitar una variante de “miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes ya desmoronados…”. Si un dependiente tarda en darnos los cambios, el Gobierno está formado por ladrones; si pasa más de un nanosegundo desde que el semáforo se pone verde y el coche de delante arranca, significa que siempre estaremos dominados por potencias extranjeras; si el autobús viene lleno, las mafias lo controlan todo, y si nos traen frío el café con leche, la juventud nunca conocerá el canon de la literatura patria.

En España -quizá porque el desarrollo autonómico reparte y diluye las culpas: si, cuando uno empieza a despotricar contra el Gobierno, le dicen que ese aspecto es competencia de la Junta de Andalucía, al criticante se le queda cara de tonto y no abunda en su discurso-, creo que esta costumbre va siendo barrida por las brisas europeas, como las expresiones “me ha hecho una judiada” o “la maté porque era mía”, pero en Portugal persiste, como persiste en Italia y en América Latina. A lo mejor los aires europeos se quedan detenidos en el Valle del Jerte y no cruzan el Guadiana, pero, sea como fuere, se respira sensación de tiempo estancado.

Se respira en Barrio Alto, donde la modernidad y la vanguardia juveniles entablan un reñido pulso con la marginación descamisada de pústulas heroinómanas. De momento, están en tablas, pero las carísimas tiendas fashion -más caras que las de Madrid y Barcelona- no avanzan sobre las turbias esquinas donde autoproclamados camellos ofrecen una mercancía de calidad penosa.

Es mejor dejar las drogas y darse al vicio nacional: las sardinhas. Nuestra guía de viaje, que es excelente pero está escrita para yanquis californianos con muchas aprensiones, dice: “Las asan con su tripa. Puede parecer repugnante, pero están deliciosas”. ¿Y cómo narices quiere asar una sardina la viajera melindres esta? Menuda imbécil es la redactora de nuestra impecable guía, pensamos antes de ingerir una buena sardinada en un garito minúsculo con las mesas muy juntas. Las sardinas corren a cargo de una “mama” portuguesa que las domina en una parrilla instalada en la calle, para ahumar bien las bragas tendidas de su vecina, que achacará la peste a la desidia ministerial.

A nuestro lado, prácticamente en nuestra misma mesa, se sientan tres chicos que, si no pertenecen a la plataforma gay de Lisboa, será por discrepancias políticas, pero no por falta de entusiasmo plumeril. Sus ademanes, sin embargo, no les impiden ponerse hasta más arriba de la glotis de carne a la brasa. Hablan como señoritas, pero comen como camioneros ucranianos. Si llevara sombrero, me descubriría ante su pantagruélico saque. Cada vez que el camarero les sirve una nueva fuente obelixiana, gritan amaneradamente: “¡Obrigadísimo!” (algo así como: “muchíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiisimas gracias”). Salimos borrachos por el vinho branco, empachados por las sardinas y felizmente atontados por el caos de la tasca y por la simpatía de los Village People lusos.

Fuera, Barrio Alto, más allá de la Praça de Camoes, dirige la noche lisboeta. Entre comer y beber sólo hay un paso, el que separa nuestra tasca de un garito frecuentado por locales donde (¡milagro!) no hay señoras con mantilla cantando fados al atardecer del Tajo. Es un bar de cócteles, especie sinatriana en extinción muy de agradecer después de una buena cena. Perfecto mi gin-tonic, el cóctel que demuestra que la sencillez puede ser sublime cuando la combinación es sabia y el barman tiene pulso.

Al día siguiente, yo quiero comprarme un libro de una grandísima fotógrafa portuguesa que he visto en un escaparate cuando bajábamos trompas y empachados hacia el hotel por el Largo de Chiado. Mala suerte. El día siguiente es sábado y la librería no abre, perdiendo así el mejor día de ventas. El horario del comercio también es un síntoma de tiempo estancado. Si fuera un lisboeta de mediana edad, me cagaría en Mario Soares, por ser el primer nombre que me viene a la mente, y le culparía de nuestro retraso atávico por su desgobierno y su supina mezquindad. Pero como soy un chaval un poco panoli, me encojo de hombros y me doy media vuelta. Una pena: me beberé o me comeré los 40 eurazos que costaba el libro, pero pienso que hubiera sido mejor dilapidarlos en su compra y colgar alguna fotito de él en el blog, que luciría más que cualquiera de las mías. Ay, siempre nos quedará amazon.com.

¡Adéus, Lisboa!

PD: Me lo habían contado, pero no lo creí hasta que no lo ví: Portugal es la décimo octava comunidad autónoma. El imperialismo español es casi tan sangrante como en Argentina: si quieres sacar dinero, tienes BBVA y Santanderes a mansalva; si quieres comprarte ropa, todas las marcas de Inditex dominan cada barrio, con Zara a la cabeza; si quieres ir a unos grandes almacenes, tienes El Corte Inglés, y si quieres zamparte un bocata, puedes hacerlo en Pans & Company. Los orines y los deshechos urbanos, también españoles, pueden olerse en el Tajo y en el Duero. Hasta con la mierda se está como en casa. En fin, va a ser verdad que España es la novena potencia mundial, pero a mí tanta potencia empieza a darme miedo, qué queréis que os diga.

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9 comentarios

lugano -

El Alto ejemplo de la reina doña Maria Amelia de Braganza: nunca dije una sola palabra que pudiera ser de censura para los portugueses

Çamorano -

hombres cabales: paulo cunha porto, antonio moreiras, antonio marto, antonio cañizares, jorge ortiga, santo hermano hinojosa

accionista de endesa -

Don Manuel Pizarro Moreno, hombre cabal

Çamorano -

Padre Antonio da Silva Rego, hombre cabal, amigo de España

S. del Molino -

Ya, pero es que a mí lo cabal me aburre un tanto. Me llevo mejor con los inmaduros desordenados y neuróticos. Qué se le va a hacer.

Çamorano -

El señor Carlos Jorge Guimaraes Santos, de Braga (Portugal), hombre cabal

Çamorano -

Profesor Anibal Antonio Cavaco Silva, hombre cabal, amigo de España

S. del Molino -

Gracias, Anakrix!
Feliz regreso a tí también!

Anakrix -

Lisboa... esa maravillosa ciudad con sus tejados, sus cuestas y su eterno olor a sardinas. Es difícil no enamorarse de ella. En fin, feliz retorno, Del Moulin, y hola a todos los pringadillos que habéis (y me incluyo) acabado las vacaciones.
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