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El Blog de Sergio del Molino

PARADOJAS ERÓTICAS

PARADOJAS ERÓTICAS

El cine erótico ha fracasado. No como Eros, pero sí como cine. Lo pensé el otro día, cuando TCM programó en sesión doble dos joyitas del primer Verhoeven (director de Instinto Básico), Delicias turcas y El cuarto hombre. La segunda la vi de niño, supongo que recién estrenada, y me causó un fuerte impacto. Maldigo retrospectivamente la manía de mi madre de no hacer caso a los rombos de la tele y dejar que el niño viera lo que le diera la gana. Un poco de moralidad à la ancienne me habría ahorrado algún que otro disgusto infantil. ¡Maldito progresismo sexual hogareño! Mi madre no utilizaba lo de la semillita ni lo de las florecitas: a las explicaciones de mi madre había que ponerle siete rombos por lo menos. Mamá, por favor, no hace falta que seas tan gráfica, ya lo hemos captado, le decíamos mi hermano y yo.

Voviendo al cine. Lo que me dio mal rollo de El cuarto hombre no fue su erotismo, sino la asesina malota que se cargaba a sus amantes. Utilizar el sexo como una mantis religiosa me parecía terrorífico, mucho más terrorífico que Poltergeist, Al final de la escalera y La profecía juntas. Qué ruin era que mientras estuvieras disfrutando, tan a gusto, tu amante te asesinara. No, hombre, no, eso está muy feo, pensé. Luego he aprendido que Eros y Tanathos están mucho más cerca de lo que parece. Freud y el Marqués de Sade sabían un montón del tema, como pude descubrir años después. Por eso, he llegado a la conclusión de que el sexo, lejos de un impulso primario, es un pacto muy civilizado y cortés, y hay que dar las gracias al amante porque reprima sus instintos asesinos. Cada nuevo encuentro, hay que pensar: "Otro polvo del que salgo ileso. La civilización funciona. Al menos, aquí, en esta cama, el cosmos converge correctamente, aunque fuera el caos lo gobierne todo".

Total, que estoy muy disperso hoy y no sé de qué hablo. Viendo el otro día Delicias turcas (me negué a atormentarme con El cuarto hombre) pensé que el cine erótico ha fracasado. Salvo casos muy puntuales y puramente casuales, no ha logrado transgredir sus propios corsés para fabricar un repertorio estilístico y crear eso que llamamos género. No hay un pie forzado erótico: la etiqueta no se corresponde con un género real, como el negro, el western o la comedia costumbrista. El solo empeño de crear tal género es estúpido, pues el erotismo es consustancial a la vida, y es de la vida de lo que habla el cine. Por tanto, en todo cine va incluido Eros. Querer aislarlo es jugar a ser alquimista.

Existe el cine porno, pero para existir ha tenido que renunciar a ser cine. No podía ser de otra forma. El porno alcanza su majestuosidad cuando decide ser porno y no finge ser cine. Entonces es cuando vuela libre y da lo que tiene que dar. Pero el cine erótico como una versión digerible y mass media del cine porno es un concepto absurdo que ha tenido su culminación en insultos a la inteligencia del calibre de Lucía y el sexo y Nine songs. Hablando en plata: o se folla o se hacen versos, pero las dos cosas a la vez, no.

De la misma forma, sólo cuando el cine se ha desprendido de la obsesión erótica ha sido capaz de crear monumentos eróticos. He hablado en este blog de la secuencia de Jo, qué noche en la que Rossana Arquette aparece desnuda y muerta-dormida. Hay miles más, pero ese erotismo se ha logrado cuando el director en cuestión se ha preocupado por los personajes y por la historia que contaba y no por cómo fingir una penetración. Cuando eso sucede, cuando se da esa "imitación a la vida" en la que el creador (dios, qué palabro más cristianófilo, pero me da pereza borrarlo) se ha sumergido, surge el chispazo de Eros, de forma casi inevitable. Ese desnudo lo requiere el guión, pero antes del guión lo requiere la vida. Y si la actriz que se tiene que desnudar se llama Scarlett Johanson, por ejemplo, el subidón está garantizado.

"Hay que follarse a las mentes", decía un sobreactuadísimo Eusebio Poncela en la siempre recomendable Martín (Hache). Unas secuencias después, el mismo histrión aparecía desnudo junto a una yonqui de bajón a la que "puedes echarle un polvo, total, no se va a enterar". Dejando aparte incoherencias narrativas más o menos buscadas, yo diría que más que follarse a las mentes, en cuestión de cine y erotismo, es la mente la que debe follar -y, si puede, correrse en el clímax de la peli-. Y sólo los grandes narradores saben llevarnos a la piltra sin necesidad de cultivar el inexistente género erótico.

Foto: cartel de una proto-Lorena Bobbitt en El cuarto hombre.

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