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El Blog de Sergio del Molino

LA BELLEZA ESTÁ EN EL INTERIOR

LA BELLEZA ESTÁ EN EL INTERIOR

Ahora que muchos vecinos de los detenidos en Londres por esa presunta trama terrorista aseguran que debe tratarse de un error, porque aquellos chicos tienen de terroristas lo que yo de concejal marbellí -hay un chaval brasileño acribillado en el metro que justifica esas dudas sobre el buen hacer de la policía británica-, me da por pensar en la tiranía del aspecto, pero no en la tiranía publicitaria, sino en la reaccionaria. Pienso en los inconvenientes que, en este siglo XXI, me ha provocado mi look. Me los tomo todos como anécdotas divertidas, pero que sacan a la luz ese núcleo rancio y asustadizo capaz de justificar la muerte de un chaval brasileño a manos de la policía como un "mal menor" necesario para su seguridad.

Anécdota 1:
Hace años, en la línea 3 del metro de Madrid. Es ya tarde, vuelvo a mi casa en Embajadores y hay poca gente, pero un señor de poblada y larga barba lleva un buen rato mirándome. Pasado Lavapiés, me levanto hacia la puerta y él se levanta conmigo para ponerse a mi lado sin dejar de observarme. De pronto, me dice:
-Aksental-ólico.
-¿Perdón?
-Aksidental-ólico.
-Oiga, no le entiendo.
-¡Ocsidente! ¿No estamos en ocsidente? -vocaliza con un marcado acento árabe.
-Sí, claro, según por donde lo mires, pero sí.
-Pues eso: ocsidental diabólico.
-Aaaaaah. Bueno, pues sí, muy diabólico todo, oiga.

El tren se para y las puertas se abren, pero yo no me libro del mulá Omar. No daba crédito: el individuo aquel, que espero que no estuviera implicado luego en la trama del 11-M, me había tomado por un camarada de lucha, o al menos, por alguien a quien iniciar en sus batallas coránicas. No había forma de quitármelo de encima. El tipo decía:
-Si Dios bajar tierra, matar todos judíos.
-Hombre, tanto como eso...
-¡A todos! Los judíos no son personas normales. No saben hablar como tú y como yo. Tú eres hermano, contigo puedo hablar.

Y vaya que si hablaba. Me resumió el credo wahabista en dos minutos. Menos mal que salimos ya a la glorieta. Le pregunté hacia donde iba, y resultó que se metía por la misma calle que yo, así que le dije que iba para el lado contrario y subí Embajadores hasta Lavapiés, donde me tomé una caña sin saber si reír o llorar. Espero que esta anécdota no me incrimine en nada, señores agentes.

Anécdota 2:
Llego a Zaragoza en tren, a la antigua estación del Portillo. Llego reventado, muerto de sueño, con ojeras hasta los tobillos y bastante despeluchado. Sólo pienso en dormir porque al día siguiente me espera un día duro de trabajo, pero en la estación hay montado un dispositivo especial de seguridad por motivo de no recuerdo qué cumbre con ministros o jefes de gobierno o algo. Todavía no he puesto el pie en el andén y un señor de gabardina me toca en el hombro, me enseña discretamente una placa y me pide que le acompañe. "¿Pasa algo?", le pregunto. "No, un control rutinario aleatorio". Ya, aleatorio las narices, pienso yo, pero le sigo hasta el puestecito de la policía. Una vez dentro, los buenos modales rutinarios y aleatorios se desvanecen y un hombre con media sonrisa relamida me grita:

-Venga, chaval, saca lo que lleves, porque si no lo sacas por las buenas, lo sacarás por las malas.

¿Ein?, acerté a decir después de mi siesta de tres horitas en el tren. ¿Que saque qué?

-La droga, la mercancía, joder. Mira, no te hagas el listo, chaval, que te metes en un lío.

Iba a decir algo, pero la incredulidad me paralizaba. No sabía que las películas imitaban tan bien la sordidez policial, o al revés, no sabía que los maderos habían aprendido tantas frases de las películas. Cuando ya por fin encontré las palabras en la cabeza para protestar, una agente que manoseaba mi cartera y comprobaba mi DNI, dio con el carnet de prensa. El hallazgo les bajó los humos. Me preguntaron -amablemente, eso sí- en qué medio trabajaba y el trámite rutinario se aceleró bastante.

Tiempo después, un reportaje me llevó a los despachos de la jefatura superior de policía para entrevistarme con un cargo. Entré, tomé asiento y, ¿adivináis quien era? Efectivamente, el tipo de la media sonrisa dispuesto a sacarme la droga por las malas. Ni él ni yo mencionamos aquello, aunque era evidente que se acordaba de mí. Me hice una idea bastante correcta de cómo servía al ciudadano aquel individuo. Estoy convencido de que el carnet me libró de algún que otro tortazo.

Anécdota 3:
Un amigo y yo pasamos un día campestre en un pueblo pequeño donde mis padres tienen una casa. Es invierno y cogemos el tren bien temprano, por lo que nos abrigamos con nuestras respectivas chupas de cuero. Hace mucho que no voy a ese pueblo, así que dudo que nadie me reconozca. Decidimos comprar unas cervezas y algo de comer en la tienda, y a ella entramos. Dentro, sólo está la tendera y una señora mayor sostenida por dos muletas. El silencio se hace cuando entramos en el local. Un silencio tenso que nuestras sonrisas no lograron relajar. Creían que íbamos a atracar el negocio. La señora de las muletas, en un acto heroico, dijo:

-Bueno, yo ya me voy -y guiñando el ojo a la tendera, añadió-: pero si me necesitas, me quedo.

Señora, por dios, pase que sea desconfiada y paranoica, pero mida sus fuerzas, que se enfrenta a dos muchachotes bien desayunados. Después de unos tensos minutos, logramos salir con las cervezas, unas patatas fritas y algo de embutido, pero el corazón de aquellas dos mujeres rozó la taquicardia durante la transacción.

Estas tres anécdotas forman parte de un repertorio mucho más amplio, que cada vez se prodiga menos, pero que sigue ofreciendo episodios. Por tanto, terroristas y malhechores del mundo, yo os recomiendo que, si queréis pasar desapercibidos, os compréis un buen traje, os afeitéis y vistáis como un numerario del Opus. Así podréis poner bombas y atracar tiendas a tutiplén sin que nadie os ponga el más mínimo reparo. Suerte.

Foto: tiene mala pinta, ¿verdad? No le querrían como novio de su hija, ¿no? Scotland Yard le dispararía primero y le preguntaría después. Pues se perderían la compañía de uno de los músicos más interesantes del siglo XX, Mr. Frank Zappa.

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3 comentarios

Chewica -

A mi antes siempre me seguian todas las dependientas y los seguratas del corte inglés. Una vez consegui que una chica de los bolsos de la primera planta llegara hasta la ropa joven de la tercera. Nunca conseguí que pasaran de ahi. Los milagros de una cazadora negra...

S. del Molino -

Qué jeta tiene tu novio. Es que hay cada individuo por ahí...

Anakrix -

A mí me pasa lo mismo, Sergio, sólo que al revés. Tengo pinta de buena chica y la poli siempre me trata como a una señorita. Ni en las aduanas ni en las estaciones de tren ni en los controles de carretera... jamás he visto una mala cara y siempre son de lo más amables. Y ya sé que es injusto, porque yo podría ser una asesina en serie o una narcotraficante, pero se ve que mi careto no les da el perfil... Ah, si te sirve de consuelo, mi única cruz es que mi novio me encasqueta todas las gestiones comunes allí donde vamos con la excusa de que "caigo simpática". Estoy hasta el moño de sonreir en agencias de viajes, recepciones de hotel y bancos. ¿Ves? todo tiene sus desventajas...
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