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El Blog de Sergio del Molino

TÓPICOS DE VERANO (4): LOS VIAJES

TÓPICOS DE VERANO (4): LOS VIAJES

Qué bonitos son estos artesonados", exclama ella cuando la guía termina de regurgitar su mecánica explicación. "Bah", responde el marido, con las manos en los bolsillos y cara de asco. La mujer se coloca el bolso y sigue a la guía, que, en la sala contigua, ha comenzado una nueva regurgitación en cuatro idiomas.

"Vaya, vaya -murmura-. Una cajonera como ésta, de estilo indoportugués, nos vendría de maravilla para la habitación de la niña, ahora que se va a la universidad. ¿Crees que tendrán algo parecido en Ikea?". "Bah", responde el marido, sin sacar las manos de los bolsillos. Y así, a lo largo de las 329 estancias que componen la visita al palacio, Patrimonio de la Humanidad.

El recorrido palaciego venía incluido en el paquete de la agencia de viajes. Avión, desplazamientos, hotel con media pensión y tres excursiones a elegir. La mujer fue quien escogió la del palacio porque le encantaron las fotos del folleto. Lo consultó con su marido, que respondió: "Bah".

Pagaron con la tarjeta de crédito y, en el momento de estampar la firma, el esposo dudó un momento y miró de reojo a la tienda de electrodomésticos que tenía enfrente, que anunciaba sus dos anhelos estivales: el Canal Satélite Digital y el aire acondicionado.

Suspiró, hizo un garabato en el tique para sellar la compra y dijo, como siempre: "Bah". Una promesa era una promesa, pensó, y en mala hora se le había ocurrido decirle a su mujer que este año iban a hacer el viajecito que de novios se quedaron sin disfrutar.

En realidad, se lo había pedido su hija, a quien no podía negarle nada. Al final, entre ella y su mujer le habían liquidado la extra sin que él pudiera darse un solo capricho. ¿Y para eso se había pasado todo el invierno deslomándose?

Ahora, tras pasar momentos de verdadera desesperación en dos aeropuertos internacionales, sufrir un amago de infarto de miocardio cada vez que un camarero se le acercaba con una astronómica cuenta en ristre y aburrirse caminando por calles de nombre incomprensible, recorría refunfuñando las 329 estancias que un ridículo rey mandó construir en el año de Maricastaña para planear en ellas la guerra de las Cochabambas.

¡Qué rollo! Con lo tranquilito que estaría en su salón climatizado, con una cervecita, unas olivitas, los torneos de verano en la tele de plasma… ¿Pero qué se le había perdido a su mujer en ese sitio tan caro y tan extraño?

Cuando abandonaron la estancia número 329 del palacio, el marido y la mujer dejaron de hablarse. Callados, hicieron el trayecto de vuelta en el autobús, y en silencio permanecieron el resto del viaje.

Así, mudos, enfurruñados y con "jet lag", llegaron a casa, donde la hija les esperaba impaciente. "¿Qué tal? ¿Qué os ha parecido todo?", les preguntó. "Bah", respondió su padre mientras sacaba una cerveza del frigorífico.

"Todo muy bonito. Ya verás las fotos", dijo la madre mientras deshacía las maletas.

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