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El Blog de Sergio del Molino

A MADRID NO HI HA COLOMS

A MADRID NO HI HA COLOMS

Lo que hicimos esuvo mal, pero a lo hecho, pecho. Hace tiempo, una compañera de piso instaló por la patilla a dos amigos suyos de Barcelona. Venían para unos días y acabaron ocupando el sofá varios meses. Al resto nos mosqueaba, claro, pero como preferíamos reir a llorar, lo llevábamos con cierta resignación jocosa. Eran los comienzos de la movida en Chueca, mucho antes de los matrimonios, cuando aquello de verdad llamaba la atención, y los individuos en cuestión eran dos gays que iban a Madrid a buscarse la vida atraídos por los cantos de sirena multicolor que salían del viejo barrio castizo. Así, mientras se encontraban a sí mismos, gorroneaban nuestra nevera y nuestra casa.

Una noche, descubrimos en el ordenador de mi compañero de piso un archivo de Word extraño, que no era de ninguno de los dos. Lo abrimos y ¡tachán! Era el diario íntimo de E. Al parecer, cada noche (o cada mañana, porque sus noches eran largas), antes de meterse en la cama, escribía un parrafito sobre su nueva vida y su nueva ciudad. ¿Quién podía resistirse a leerlo? Reconozco que dudamos un nanosegundo antes de ponernos a ello, pero los escrúpulos morales no tenían buenos cimientos en nuestro espíritu de portera. Además, estábamos hartos de ese tío, y nos merecíamos improvisar algunos chistes sobre su diario. Que le hubiera puesto una contraseña, nos dijimos, y allá que fuimos, como buitres sobre carnaza pestilente. La profanación fue mayor porque las páginas estaban escritas en catalán, y yo iba traduciendo en voz alta, delatando nuestro delito.

Fue una desilusión, porque sus reflexiones tenían la profundidad de un episodio de Al salir de clase y la insipidez de un vaso de agua, pero hubo una frase que me dio que pensar: "A Madrid no hi ha coloms al carrer". No hay palomas en las calles de Madrid. ¿Qué dice este tío? Si esas ratas voladoras están por todas partes: son una maldita plaga. Pero esa frase estaba escrita por un tipo que salía de casa después de las once de la noche y volvía a las ocho de la mañana (vamos, a las horas a las que se busca trabajo y piso, ¿entendéis nuestra desesperación ante la versión gay de Leaving Las Vegas que teníamos en casa?). Sólo conocía la ciudad de noche, cuando las palomas duermen. De ahí había deducido su inexistencia.

¿Cuántas veces emitimos juicios generales basándonos en nuestra limitadísima experiencia? Aplicando esa regla, un residente de una urbanización de lujo puede concluir que en su país no hay pobres, de la misma forma que mi abuela, empapuzada de telebasura, creía que su viejo barrio de Embajadores se había convertido en el Bronx de los años 70, y salía a la calle como quien va a la selva. Es un vicio muy humano y una fuente de obcecación que muchas veces imposibilita el diálogo. Convendría tener en cuenta estos acotamientos del punto de vista ahora que estamos en pleno debate sobre la violencia en Euskadi. Hay árboles que no dejan ver el bosque, y muchas personas tienen secuoyas altísimas frente a sus ojos que tapan hasta las palomas.

Cuando terminó la crisis migratoria de Melilla del año pasado, casi todos los periodistas volvimos a la Península en el mismo avión. El pequeño aeropuerto estaba hasta arriba de tipos cargados con cámaras y ordenadores portátiles que, obviamente, no eran turistas. Recuerdo cómo una señora se bajó del coche en el párking y nos gritó: "¡Iros, iros, cabrones! ¡Iros y contad en vuestros medios lo que os dé la gana de Melilla! ¡Mentid, mentid!". Yo ya había contado mi visión de la ciudad en aquella terrible semana, una ciudad que pateé hasta la extenuación a cualquier hora del día. Soy consciente de que su patronato de Turismo no me dará una medalla por la imagen que proyecté de ella, pero es lo que ví. También E. creía que en Madrid no había palomas. Yo me fui de allí pensando que en Melilla la humanidad se contaba en pequeñas dosis, y como yo, casi todos los que íbamos a embarcar en el avión. Esa señora, sin embargo, creía que no nos había dado la gana ver las palomas, que estábamos allí para justificar un determinado discurso y para amenazar su forma de vida. ¿Quién tiene razón?

Qué difícil es el sencillo acto de la contemplación.

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3 comentarios

post-compañero de piso -

Con toda la razón, Sergio habla del Chueca de antes del mogollón, de entre los años 1998-2001.
Pero que cuente el ex-compañero de piso las movidas de ese barrio entre el 2001-2005, los años de la visibilidad, del local "Mito", sus desventuras en el metro Chueca y toda la verdadera fauna que habita en esa zona

Anakrix -

Qué pregunta más difícil, Sergio. Supongo que, por aquello de que la cosas no son blancas o negras, la mayoría de las veces nadie tiene toda la razón, o todos la tienen un poquito. De todos modos, siempre estará más cerca de la verdad el que se molesta en mirar bien a fondo y en buscar dónde han ido las palomas que el que se da un paseo rapidito y llega a la conclusión de que no están...

Ex-Compañero de piso -

El diario no tenía desperdicio. Lástima que, al igual que el traductor de catalán, no haberlo conservado.
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