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El Blog de Sergio del Molino

ADIÓS A GILLO PONTECORVO

ADIÓS A GILLO PONTECORVO

Mientras las fiestas del Pilar mantienen entretenida la ciudad que trato de habitar (sólo a ratos lo consigo; la mayoría de las veces me limito a estar en ella), el cineasta Gillo Pontecorvo se ha muerto de la única única cosa que no se cura: la edad. Pontecorvo, orillado desde hacía años, está considerado como uno de los directores italianos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. En fin, en ese tramo temporal y en ese país, la competencia está durita, y esa afirmación mea un poco fuera de tiesto, pero eso no quiere decir que Pontecorvo no sea interesante. Lo fue por dos pelis: La batalla de Argel y Ogro. A esta última pertenece la imagen del coche volador de Carrero Blanco que las teles siempre enchufan cuando hablan del atentado que le costó la vida y que, según dicen, forzó a hacer la Transición de una determinada manera. Pero la peli que verdaderamente mola de Pontecorvo es La batalla de Argel, de 1966.

La cinta narra el asedio de la cashba de Argel por parte del Ejército francés y la lucha del Frente de Liberación Nacional en sus retorcidas calles en 1958. Lo hizo con un tono sobrio, cercano al documental, con actores amateurs y sin experiencia, aplicando el principio periodístico de John Reed que establece que para mostrar el horror no hacen falta adjetivos, que la barbarie se basta a sí misma para conmover a quien se atreve a mirarla. Sin embargo, lo natural es que lo horrible active mecanismos sentimentales que se desbordan descriptivamente por el lado barroco. Contener ese flujo y desbrozarlo hasta llegar a la esencia del relato es mucho más difícil y doloroso de lo que puede parecer.

La batalla de Argel no pudo verse en Francia hasta mucho después de su rodaje. Todavía hoy la herida de Argelia sangra demasiado y cualquier pequeña referencia despierta resquemores. Hace menos de un lustro, el general Paul Ausseresses publicó Services Specieaux, un testimonio -y justificación- de las torturas sistemáticas, negadas una y otra vez, que el Ejército francés aplicó en su colonia africana en 1957. Su aparición volvió a remover conciencias doloridas y dio otra vuelta de tuerca a la espiral de la culpa y del silencio. Precisamente ayer volví a ver Caché, donde el siempre turbador Haneke se enfrenta a esa ciénaga de remordimientos colectivos.

La batalla de Argel tiene el mérito -entre otros- de la oportunidad, de atreverse a hablar de las cosas en caliente, sin esperar a que se posen y se pudran. Pero tampoco pudo hacer nada para frenar ese poso y esa putrefacción. ¿Cómo se explica que una sociedad entera se echase encima la manta del chauvinismo para no ver? Ni siquiera el Partido Comunista, que por la más básica coherencia debió denunciar los abusos y echar una mano a sus correligionarios del FLN, se atrevió a salirse del guión patriótico. Eran ellos o nosotros. No podían tolerar más bombas en el barrio europeo de Argel, debían defender los valores de Occidente, la seguridad era irrenunciable etc., etc. ¿Les suena el asunto?

Se ha muerto Pontecorvo, y el síndrome de Argelia que él, en cierta forma, desencadenó con la peli, está lejos de curarse. Está hondamente incrustado en la republicana Francia y el verano pasado emergió en forma de coches quemados y guetos insufribles. ¿Hasta cuándo?

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2 comentarios

S. del Molino -

Gracias, Anakrix, yo también tenía mono de blog. Besos.

Anakrix -

¡Has vuelto! Llevo todo el puente intentando cargar el blog y nada, no había manera. Así que celebro que los chicos de blogia hayan enmendado el error. Se te echa de menos cuando no se te lee, del Moulin...
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