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El Blog de Sergio del Molino

LA MAGDALENA TRANSGÉNICA

LA MAGDALENA TRANSGÉNICA

Pensaba en E. y en las emociones que, como conté en el artículo anterior, desata en él la música de Aterciopelados, su particular magdalena de Proust. Papaya de Proust, en este caso. Pensaba en esos pequeños detonadores emocionales ante los que nada podemos hacer. Una canción, un verso, un cuadro, una escena de un programa de la tele o cosas mucho más sutiles, como el sabor de una magdalena, el aroma de un perfume o el tono gris de una mañana de noviembre. Cualquier pequeñez cotidiana puede activar poderosas nostalgias, paralizantes recuerdos, desbordantes amarguras o reconfortantes alegrías, que no todo van a ser penas. En un episodio de Los Soprano, Tony relata a su terapeuta, la doctora Melfi, cómo el sabor del fiambre de la carnicería Satriale’s le había removido sentimientos y sensaciones de su infancia que creía perdidos. "Es su magdalena de Proust", le dijo la psicóloga. "¿Y eso qué es, algo de maricones?", respondió el sutil mafioso. Los tipos duros entierran las nostalgias y miran al frente. El resto, nos encerramos en casa y esperamos a que se nos pase el ataque.

Lo que me resulta curioso del asunto es que es un mecanismo reflejo, imposible de contener. Una vez activado el detonador, quedamos a merced de lo que venga. "Si es diciembre del 41 en Casablanca, ¿qué hora es ahora en Nueva York? Deben dormir en Nueva York. Deben dormir en todas partes", se lamentaba un Bogart con la cabeza entre las manos después de que su magdalena apareciera en forma de mujer casada. Pero no hace falta tener tormentosas historias ni ser un cínico de vuelta de todo. Cualquiera está expuesto a su latigazo.

Hace poco, en el famoso documental sobre el embarazo realizado por National Geographic, oí hablar de un experimento reciente. Seleccionaron a un grupo de mujeres embarazadas de siete u ocho meses e hicieron que escucharan varias veces al día la misma canción. A los pocos meses, cuando los niños ya tenían cierta movilidad y capacidad de interacción, los juntaron con otros niños que no habían sido sometidos al experimento. En un momento dado, pusieron la canción, y los niños que la habían escuchado reaccionaron, mientras que los demás permanecieron indiferentes. Reaccionaban con placer, como si recordaran algo agradable. El experimento pretendía demostrar que la memoria empieza a funcionar en el vientre, y que el primer recuerdo que crea nuestro cerebro se produce antes del nacimiento. Pero, además, demuestra que la magdalena de Proust sólo es un acto reflejo, un mecanismo que está en nuestros genes. De ahí que no podamos ofrecer resistencia alguna a ese estallido de nostalgia. Inútil, pues, que le demos trascendencia filosófica o estética. Proust no era especial ni distinto por sentir lo que sentía. Sólo era humano.

Somos mucho más animales de lo que admitimos ser. Sólo a un animal de bellota se le ocurriría construir una novela de varios tomos partiendo de lo que no es más que un acto reflejo, de un residuo genético procedente de la época en que ese mecanismo era útil para nuestra supervivencia, para evitar que nos comieran (sí, sí, hubo un tiempo en que teníamos depredadores, ¿qué se creían?). Sólo a un maravilloso animal de bellota se le ocurriría escribir À la recherche du temps perdu.

Hay a quien le podrá parecer horrible este panorama. ¿Cómo es posible que nuestros sentimientos, nuestros maravillosos sentimientos, no sean más que residuos evolutivos? Desesperados, buscarán en alguna forma de espiritualismo la trascendencia que la razón les niega. Buscarán su yo, su ser diferenciado, su diminuto aleph cósmico que les haga únicos y que les explique la misión que han de cumplir en la vida. Pero, a otros, saber que no hay sentido alguno nos reconforta. Nos gusta saber que todo es una casualidad detrás de otra, que esas cosas incómodas, incontrolables y maravillosas llamadas sentimientos tuvieron una razón de ser, pero que, afortunadamente, ya la han perdido. Por eso, ahora, podemos disfrutarlos desprovistos de su fin. Como el sexo, que sólo ha merecido la pena ser vivido cuando se ha desligado de la reproducción. Ese difuso universalismo genético no me diluye, me afirma, y me permite gozar sin trampantojos religiosos, esotéricos o trascendentales. Soy yo, un primate, un homo sapiens, el resultado de millones de mutaciones genéticas, y no le debo nada a ningún ente.

Esta mañana he asistido al funeral del padre de una querida compañera, y el cura ha definido la ceremonia como una despedida digna a un ser querido. Nada más, sin entrar en más rollos. Efectivamente, como se dice varias veces en A dos metros bajo tierra, el funeral es para los vivos, para dar una oportunidad de despedirse simbólicamente y para asumir mejor el trance. Es una canalización muy racional (y, por ello, poco religiosa) de los sentimientos, para que no se desborden y nos destruyan. Es una forma de poner un dogal a nuestros genes, que aúllan desesperados. Hoy he comprendido que no hay trascendencia en esas ceremonias, sino una muy mundana necesidad de mantenerse con los pies en el suelo. El entierro es un mecanismo social para reprimir el instinto, para demostrarnos que hay resquicios de voluntad por encima de nuestra programación genética. Es decir, que seremos animales, pero hay veces en que podemos no serlo.

Foto: Marcel Proust.

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4 comentarios

un manuel -

cierto lo de los funerales. he estado en pocos, pero desde que salí bastante apenado de uno que a priori me daba igual, pienso que sirven para "homogeneizar" la pena. el desesperado se consuela un poco y el ajeno comprende que esa muerte le es común...como todas. instinto de supervivencia para unos e instinto de socialidad para otros. buen invento los funerales.

El Fary -

No sé por qué esa prevención con las madalenas. A mí me hicieron un reportaje en Polonia sobre el tema:

Towarzystwo Przyjaciół Poznańskiej Fary po raz trzeci zorganizowało festyn farny "Warkocz madaleny" (patronką Fary jest św. magdalena, która swoje ...

S. del Molino -

Ego te absolvo.

gilgamesh -

Amén, Sergio Del Molino, amén.
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