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El Blog de Sergio del Molino

AQUÍ NO HAY QUIEN VIVA

AQUÍ NO HAY QUIEN VIVA

Tengo unos vecinos que, en primer lugar, espero que no estén leyendo esto. Menudo corte cuando me los encuentre en la escalera. Tengo unos vecinos con superpoderes, quizá otorgados por el acentuadísimo acento aragonés de su habla -nunca deja de sorprenderme que sea en Zaragoza donde el acento alcanza sus cotas más altas de cercanía con la parodia y el estereotipo; en los pueblos, no se nota tanto-. Compartimos patio de tender la ropa, pero ellos, a diferencia de nosotros, tienen siempre las ventanas abiertas. Consecuencia: todas sus discusiones, penas y alegrías inundan mi karma doméstico. Que si la niña llega tarde, que si la niña no estudia, que si la niña contesta mal a su padrastro, que si a la niña la ha dejado el novio número 48 que ha tenido este año... En fin, es como asistir a una sesión contínua de Supernanny, pero sin mediadora: la desesperada madre se bate en solitario con la desmadrada y salvaje adolescencia. Podría ser incluso épico, pero a mí me satura. Preferiría no enterarme de esas cosas, la verdad.

Pero donde de verdad manifiestan superpoderes es en el radar que han desarrollado para joderme mis días de estudio, meditación y trabajo (ora et labora, pero sin hábitos mugrientos ni pedofilia de cenobio). El despachito desde el que escribo esto da pared con pared con el cuarto de la superadolescente, y desde allí, ha desarrollado un radar que detecta cuándo necesito concentración para escribir o para mis múltiples y estúpidos proyectos. Tal día como hoy, en que no tengo que ir al periódico donde echo las tardes, ella se pone en guardia. Puedo haber planificado un sosegado día de estudio, meditación, lecturas pornográficas y continuación de la escritura de alguna mamarrachada pendiente. Tanto si me quedo solo en casa como si no, puedo haber bajado a por unas cervecitas para los ratos de asueto, me pongo ropa cómoda y enciendo un poco de incienso. Abro el ordenador y empiezo a teclear las primeras tentativas. Todo es paz, todo fluye, mi karma retoza de gusto. Y entonces, en ese preciso instante, mi vecina decide darle al play. Es toda una melómana, no se crean. Puede tener el día raeggeton, el día Bisbal, el día Ubago si ha discutido con el novio, el día Oreja de Van Gogh si recibe la visita de una amiguita... Vamos, que tiene calados mis gustos y se afana por agradarme el oído. Eso, cuando no apaga la música y ejecuta sus bellos ejercicios de canto. ¡Porque es jotera! La tía saca diafragma y me regala unas cuantas coplas a capella, a mayor gloria de Aragón. ¡Qué chorro de voz, oigan! Y así sigue un rato, hasta que yo desisto de todos mis proyectos y miro la cartelera para ver qué peli puedo ver, y busco alguna de Bergman u otro autor que explore mis tendencias suicidas. Bueno, pues entonces, y sólo entonces, la criaturita decide terminar la sesión por ese día. Su radar funciona mejor que el de muchos aviones. Intento volver a ponerme frente al ordenador, pero ya se me ha olvidado lo que pretendía hacer, así que me visto y quedo con alguien para echar una cerveza. La cerveza de la resignación.

Mientras camino por la calle, pienso si hacerse viejo no será eso. No hace tanto, era yo el que incordiaba a mis vecinos con fiestas y charlas multitudinarias con cerveza hasta el amanecer. Ahora soy yo el cascarrabias. Ese sutil cambio de roles es el síntoma más claro de que mi mundo empieza a estar más cerca de la madurez que de la adolescencia. Y también pienso que estoy cojonudamente, y que si la madurez es esto, bienvenida sea. Total, cuando me cargue a mi vecina, alegaré enajenación mental transitoria provocada por la racialidad de los versos joteros. Sólo un tío maduro puede tener esa premeditación para el crimen. Un adolescente mata a tontas y a locas. Yo, en cambio, ya lo tengo todo pensado. Por cierto, ahora que me acerco al punto final de este artículo, ha decidido quitar a Bisbal, que me ha acompañado durante buena parte de esta redacción. Qué finura de radar, oigan.

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10 comentarios

rosa -

Mis vecinos me deleitan con su folleteo casi todas las noches hasta cerca de las 3 de la madrugada, yo me cago en todo porque a las 7 de la mañana me levanto para currar. Son de mi peña, y cuando les dices que se oye todo aun son mas escandalosos. Ya no se ni que hacer, si me dais algun consejo lo agradeceria mucho. adios

S. del Molino -

jajajaja. Lo de las venganzas vecinales es algo muy común. Un colega navarro tenía unos vecinos que todas las mañanas a las ocho le despertaban con Joaquín Sabina a un volumen brutal. Un drama, teniendo en cuenta que él no tenía que levantarse hasta un par de horas después. Así que concibió su satánico plan y contraatacón con los bafles del jom cinema pegados contra la pared del vecino y ponía un disco de Slayer o de Testament a toda pastilla. Qué divertidos son los patios de vecinos.

Ex-compañero de piso -

Yo hace tiempo que perdí el respeto por los vecinos.

- La del bajo y la del tercero se maman todos los programas que incluyan marujeo y morbo (los que te empiezan a gustar cuando te llega la menopausia). A toda hostia, por supuesto.

- Los andinos del primero, son exactamente iguales que los que describe Javivi. A ello, le añaden los festines con compatriotas las tardes del sábado y del domingo.

- El de enfrente gusta de recordarnos que tiene un JOM CINEMA con la Jungla de Cristal IX, que es en la que John McClain se carga a Bin Laden, porque estaba viviendo en Tennesse, y eso no pué sé.

Cuando estoy sólo en casa, y me levanto para el trabajo, pongo el Appetite for Destruction enterito. Que se jodan.

gilgamesh -

Viejos os estáis haciendo, sí... pero recordad que no es lo mismo ser un viejo, que ser un viejo cabrón.

S. del Molino (como Bardo Asuracenturix) -

Si es que no tenéis sensibilidad ni nada. Joder, estaba aprendiendo. Sin tu oposición, a lo mejor habría llegado a tocar en una orquesta de pueblo y me pasaba los veranos recorriendo pintorescas villas y villorrios.

El futurible ingeniero -

Que tiempos, recuerdo cuando un adolescente que antes vivía en mi casa nos deleitaba con penosos solos de batería...

S. del Molino -

¡Horror! Si alguna vez escuchara "jo, tía, este mes no me viene" temblaría mucho más que ella. ¡Imagínate que se reproduce! Sería como en la peli Gremlins, pero en lugar de no poder darles agua después de medianoche sería calimocho.

Silvia -

La opción dejar notitas pegadas con celo en su puerta es también valorable.

Mismamente este post.

O dile lo bien que canta, cuanto te gusta su voz jotera y lo mucho que oyes su conversaciones con las amigas:
- Jo tía, este mes no me viene...
- O sea, este color de pintalabios no me va nada...
en fin!
y puede que se corte un poquito y si no, siempre nos puedes contar qué hace ella, es como una musa ;)

S. del Molino -

Sinceramente, prefiero a Juan Luis Guerra antes que las jotas de mi vecina, que ni siquiera son de picadillo, que están todas dedicadas a la virgen con una beatería insoportable. Por lo menos, te darían un tupper de algún guiso, no?

Javivi -

Desde finales de 2002, y durante casi un año, viví en un pisito minúsculo de Lavapiés, tratando de reorganizar mi vida, mis sentimientos y, además, de escribir mi primer libro. En el piso de arriba, empero, habitaba una joven y fogosa pareja de colombianos con sus tres churumbeles. Él, achaparrado y cetrino. Ella, oronda y feliz. Ellos, unos críos ruidosos pero simpáticos. En cuanto los mandaban al colegio, la pareja se entregaba a sus tres actividades más gratas: escuchar bachata a toda ostia, cocinar cosas con mucho ajo y, por supuesto, follar. El olor a comida se extendía por todo el edificio, Juan Luis Guerra quería ser un pez al ritmo de unos bajos demoledores, y de rato en rato los gemidos se convertían en auténticos gritos orgásmicos. Un ambiente muy favorecedor, puede imaginarse, para leer y escribir tranquilo.
Al poco de vivir allí, y cansado de aquello del frio frio como el agua del río, empecé a contraatacar musicalmente: me despertaba escuchando a toda ostia discos de Rosendo y Sepultura, Megadeth y La Polla. Pero el precario equilibrio se rompió el día, ay de mí, en que puse música no mientras la bachata y el merengue amenazaban con hundir las frágiles vigas de madera de la corrala madrileña, sino mientras mis vecinos se dedicaban a su muy noble empeño de darse placer mutuamente. A los tres minutos, el vecino achaparradete bajó por la escalera enfundado en un albornoz (seco) para pedirme que bajase la música, pues le estaba haciendo (textualmente) "Perder la concentración". No supe qué responder. Cogí mis bártulos y me fui a trabajar a la Biblioteca Nacional, donde también hay mucha pulsión sexual latente, pero el lugar exige una mínima represión de sus formas de expresión.
Conclusión: en todas partes cuecen habas. Cómprate unos tapones, Sergio, o empieza a disfrutar de las torturas musicales de tu vecina, al menos hasta que caiga un aguacero de yuca y miel. Ojalá que llueva café!!!
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