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El Blog de Sergio del Molino

LA IMBECILIDAD SATISFECHA

LA IMBECILIDAD SATISFECHA

A David Trueba le ha tocado el turno en Carta blanca, el programa de La Dos que invita cada semana a un "bufandista" para que haga un poco lo que le venga en gana, con elegancia y tronío, a ser posible. Como David Trueba de televisión sabe un rato (que para eso firmó uno de los mayores monumentos catódicos patrios, de nombre El peor programa de la semana, con un impagable Wyoming dando el rostro), decide llevarse a Forges para tener una colegueo-entrevista. Forges es como una buena tortilla de patatas: siempre queda bien y sólo disgusta a los melindrosos y a los cursis. De entre la gran cantidad de frases que don Antonio Fraguas se ha llevado ensayadas de casa -pero ha dejado caer como si se le acabaran de ocurrir- me quedo con esta: "Hay gente a la que no deberían permitirle reír si no aprende antes a reírse de las tonterías que dice". Como si me precipitara hacia una muerte rápida, en ese momento han pasado ante mis ojos 648.303 ejemplos de personas que trato, conozco o padezco y que deberían aplicarse ese cuento.

No, no voy a hacer el chiste fácil. Os juro que no había pensado en Acebes ni en Ansar. Ni siquiera en Montilla (qué mal fario me da este charnego con pinta de ser el chivato de la clase, por cierto). No, pensaba más bien en esos predicadores de barra de bar, en esos tiranos domiciliarios, en esos racistas de baratillo con los que nos cruzamos cada día. Son nuestros vecinos, nuestros cuñados, nuestros jefes... ¡hasta nuestros padres, si me apuráis! Cuánta gente pequeñita y mezquina hay suelta, ¿verdad? En cuanto se levanta el sol con un mínimo de alegría, ellos brotan como setas buscando amargarnos la existencia. Cuánto malapata y cuánto ignorante.

"Ay, hija mía, cada día soporto menos la ignorancia", oí decir con voz de hartazgo infinito a la madre -profesora universitaria y escritora frustrada, para más señas- de una vieja amiga. Hay días que la entiendo. La ignorancia, cuando aparece en su forma satisfecha, que es la más común, primero irrita, y después, fatiga. Cansa mucho. Hoy -sí, precisamente hoy- estoy muy fatigado. Me gustaría que los culpables de mi fatiga se dieran por aludidos, pero los ignorantes sólo se sienten aludidos cuando no se les alude. Si no fuera así, ¿qué clase de ignorantes serían?

Los ignorantes son como los zombies: van a por tí y parecen fáciles de vencer, pero cuando les tumbas con un par de sopapos dialécticos, se vuelven a levantar, y se dirigen hacia tí como si no recordaran las dos leches argumentales que se acaban de tragar. Les vuelves a tumbar y ellos vuelven a por tí. Hasta que desistes y dejas que te coman el cerebro por puro abatimiento. Ganan por puntos. Dicho con el sabio vulgo: se acaba el camino y sigue el tonto. Cuando te cruzas con uno de ellos, lo mejor que puedes hacer es esquivarlo o sufrirlo en silencio como una hemorroides.

Yo considero el humor como la prueba irrefutable de que hay vida inteligente en un cuerpo humano. Es más necesario el humor que el oxígeno. Y aunque la tele nos quiera hacer creer que en la atmósfera sobra, lo cierto es que es un bien escaso. Muy escaso. Y no deberíamos permitir que cuatro bocazas malapatas se lo apropiasen. Así que deberían aprender de Forges o dejarnos en paz y no sofronizarnos ni en casa ni en el curro ni en el bar. Que bastante tenemos con lo que tenemos como para aguantar encima runrunes de imbéciles satisfechos.

Por cierto, para mí, el icono, faro, luz y guía de esos imbéciles satisfechos es Luis Aragonés. Tiene la arrogancia y la mala educación de los más nobles necios que han pisado este mundo. Me resulta muy desagradable su presencia. Me fatiga. Él y todos los que son como él.

Ya está, ya me he quedado a gusto. ¿Podemos hablar ahora de otras cosas? Gracias por leer.

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7 comentarios

Severiano Delgado -

Posiblemente yo sea para alguien un imbécil satisfecho, dado que la envidia cuenta con tantos adeptos, pero me quedo con Luis Aragonés como icono, faro, luz y guía de los imbéciles satisfechos. Es un tío realmente insoportable.

Por cierto, "Allegro ma non troppo" está publicado en español, primero por Crítica y luego por Grijalbo. Han tenido el buen gusto de dejar el título en italiano. Gracias por la sugerencia.

S. del Molino -

Uy, qué modestitos me habéis salido. Si yo sé que sois unos cocos privilegiados ambos. Y hombre, Chewi, no seas tan dura con el pobre Trueba. A mi modo de ver, alguien que ha estado en El peor programa de la semana se ha ganado el derecho a algunas cosillas.
Javivi, gracias por la recomendación.

Rondabandarra Abundio -

Pues yo me veo más bien en el nº 3, y bien a gusto, además. No pienso dejarme los cuartos en un psiquiatra.
Saludos.

Chewi -

Pues yo me siento tonta muchas veces, cuando me pregunto, por ejemplo, porqué a gente como D. Trueba se le da un programa de televisión. Prefiero en esos casos considerarme de una mayoría ignorante y borreguil que no entiende a ese señor, y que se caga en la madre del señor que le dijo a este otro que era intelectual. Me siento mucho más a gusto alli arropada. El subconsciente de ese señor le hizo, al menos, llevarse a Forges, para que los telespectadores no terminaran quemándose a lo bonzo a los 10 minutillos de programa.

Comparto, eso si, (con Forges y contigo) la estupidez en voz alta. Al ignorante que se jacta de saber todo de todo y que trata de convencerte de su maravillosa e imbecil filosofía de... de... de todo porque de todo tiene opinión filosófica.

Supongo que ese "¿Podemos hablar ahora de otras cosas? " era para pasar de largo rápidamente del tema, cosa que no se consigue con comentarios como este. Quizá sea yo una de esas tontas malas, entonces :)=

Besos!

Javivi -

No se si lo conocéis, pero creo que es un libro fundamental para entender el universo: Carlo M. Cipolla, "Allegro ma non troppo". Creo que está traducido ya del italiano al castellano. De ser así, os ruego leerlo con urgencia. Cipolla es (era) un historiador económico-tardomedievalista (suena mal, eh?) de la Normale de Pisa, pero unos años antes de morir se sacó de la manga este librillo, se lee en un par de horas, compuesto por dos enormes ensayos. Uno, sobre la importancia de la cerveza en la historia económica universal. Y el segundo, sobre la historia universal de la estupidez. Aplicando categorías pseudocientíficas propias del (tardo) estructuralismo (tardo) materialista, de las que se carcajea -amén de descojonarse de la historia sociológica, de la sociología histórica y del "giro lingüístico"-, Cipolla establece una serie de reglas universales (ej: "El porcentaje de estúpidos en cualquier grupo social es siempre constante") para, después, analizar con unás gráficas sencillas quién es o no estúpido, y por qué. Al final, incluye una serie de gráficas en blanco para hacer el experimento con los propios amigos y conocidos del lector. Impagable e insuperable.
Tanto como Forges, oiga. El humor y la ironía son bienes muy preciados, aunque no haya ningún Premio Nacional al humor inteligente, ni siquiera un mísero Premio Nobel. Gracias por recordárnoslo, Sergi.

S. del Molino -

jeje. Eso pasa con todo quisqui. Todos dividimos el mundo según cuatro categorías combinadas: tontos-listos y malos buenos. Así, salen cuatro bandos:
listos buenos
listos malos
tontos buenos
tontos malos

La mayoría se situa en el primer bando. Algunos cínicos, en el segundo. Y sólo alguien con graves problemas de autoestima (de psicólogo, vamos) se situaría en uno de los dos últimos. Por eso, ningún imbécil satisfecho que lea este post se reconocerá en él.

Anakrix -

De nada, guapo. Es un placer. Y me parece que has hecho un perfecto retrato de un tipo de gente a la que todos conocemos. Sólo me corroe una duda. Verás, cuando estrenaron la peli "Buenas noches y buenas suerte" oí contar a Boyero que pensó en un montón de periodistas mediocres y corruptos que deberían verla para aprender un par de cosas. Pero poco después, descubrió que muchos de ellos habían visto la película y se habían sentido identificados con el héroe, no con los villanos. ¿Nos pasará eso con los hombres sin humor? ¿Será imposible que se den cuenta de su problema? Y aún peor: ¿no seré yo, aunque sólo a ratos, una de ellos?. Brrrrrr... qué miedo
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