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El Blog de Sergio del Molino

EL PILAR DE DON ERNESTO

EL PILAR DE DON ERNESTO

Como estoy algo vago, a la par que ocupado en esta insufrible recta final hacia las vacaciones, rescato este texto sobre Hemingway que publiqué el 15 de octubre en Heraldo, cuando se cumplían 50 años de su visita a Zaragoza. Forma parte de mi revisión de los grandes mitos de U Ese A.

¿No sabe usted que su tierra es absolutamente igual que la mía? Desde Calatayud a Zaragoza mi mujer y yo creíamos viajar de nuevo por el Estado de Wyoming. La misma tierra roja, las mismas erosiones, los mismos árboles frutales. No había visto nunca una cosa igual". Expansivo, cordial, como en casa. Así se sintió Ernest Hemingway (1899-1961) durante su visita a Zaragoza, de la que se cumplen ahora 50 años. Llegó a la capital aragonesa un 13 de octubre de 1956, en plenas fiestas del Pilar.

El Hemingway que estuvo en Aragón era algo más que una leyenda, pero una leyenda que rodaba ya cuesta abajo, pese al éxito de "El viejo y el mar" (1952), que vendió más de cinco millones de ejemplares en todo el mundo, y al todavía reciente premio Nobel, que recibió en 1954.

Laureado y millonario, era también, sin embargo, un hombre de 57 años que empezaba a comprobar con tristeza que su cuerpo no aguantaba los excesos de antaño -que, a su vez, le estaban pasando factura-. "El sol tropical y la guerra -escribió en HERALDO el cronista de la visita, José Luis Borau, que fue periodista antes de dedicarse al cine- han levantado ronchas rojas en su piel blanca, le han despellejado vivo". Las ronchas no se debían al sol, como creía el redactor, sino a la psoriasis que padecía, agudizada por el alcohol y sus altibajos emocionales, que pronto desembocarían en serias depresiones. Quizá nadie era capaz de intuirlo, pero el "don Ernesto" -así le conocían muchos españoles- de 1956 no era ni la sombra de su mito.

"Con la inspiración no se puede hacer pronósticos", respondió a Borau cuando éste le preguntó sobre los temas que trataría en sus próximas obras. Era una respuesta evasiva de un autor que ya no publicaría ningún libro más hasta su muerte y que empezaba a echar en falta esa inspiración que no admitía pronósticos. Si no quiso contarle a Borau los proyectos que se traía entre manos era porque no tenía ninguno, salvo un vago encargo de la revista "Life" para publicar una serie de crónicas taurinas como secuela de "Muerte en la tarde".

De hecho, el autor de "Por quién doblan las campanas" no visitó la capital aragonesa por placer turístico, sino por pasión taurina. En el cartel de la Feria del Pilar de aquel año estaba el diestro Antonio Ordóñez, de cuyo toreo Hemingway se declaraba enamorado. El estadounidense había viajado a España a finales de verano con el único objetivo de seguirlo de plaza en plaza, y desde el tendido de la de Zaragoza posó para Marín Chivite, quien le retrató sonriente y con los ojos entrecerrados. El otro testimonio gráfico de la visita, obra del mismo fotógrafo, se hizo en el bar del Gran Hotel, donde aparece rodeado por los jóvenes redactores de HERALDO José Pérez Gállego, José Luis Borau y el recientemente fallecido Joaquín Aranda.

Hemingway estaba en pleno proceso de "reconciliación" con España, país que siempre sintió como su segunda patria. Al acabar la Guerra Civil, dado su compromiso con el bando derrotado, pasó muchos años sin regresar, período que vivió como un exilio doloroso. En 1953 volvió a Madrid y a Pamplona, y el de 1956 era el tercer viaje que realizaba a tierras españolas desde el fin de la contienda, y la primera y única vez que estuvo en Zaragoza.

Y eso que el autor de "Fiesta" había dado variadas y significativas muestras de cariño hacia esta tierra, más allá del efecto hipnótico que ejerció sobre su mirada el paisaje de las vegas del Jalón y del Ebro. El yate que mandó hacer en 1934 y que hoy se conserva en Cuba fue bautizado como Pilar, el mismo nombre que hubiera dado a su hija si no hubiera tenido un varón. Pilar se llamaba también un recio personaje de "Por quién doblan las campanas", y no es, ni mucho menos, la única presencia aragonesa que habita sus páginas.

Su estancia duró cuatro días (del 13 al 16 de octubre) durante los cuales diseminó por la ciudad su castellano pausado, "con cierto acento cubano" y lleno de anécdotas guerreras y salvajes.

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