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El Blog de Sergio del Molino

JET LAG MATUTINO-VESPERTINO

El ordenador, que sigue con su relojito en España, me dice que son las cuatro de la tarde, pero en el monstruo de L. A. son las siete de la mañana. No hace ni cinco horas desde que nos metimos en la piltra, pero el jet lag me ha puesto los ojos como platos. Imposible dormir. Ni las 22 horas de viaje pueden agotarme hasta el sueño. Tengo ganas de salir y ver, pero todavía habrá que esperar un par de horas al menos. Nuestra intención es alquilar un coche e ir subiendo por la Pacific Highway hasta San Francisco. Los Angeles los veremos al final del viaje. De momento, todo lo que he percibido de la ciudad de las estrellas es un profundo olor a mar, como el que impregna a las ciudades caribeñas, y un montón de chicanos empleados en los puestos más miserables que bajan la cabeza al verte pasar y te llaman "sir".

El viaje hasta Filadelfia, donde debíamos hacer la conexión con Los Angeles, fue estupendo. Sin percances hasta el control de inmigración. Entonces, el madero al cargo de la garita nos preguntó:

-Husband and wife?.

"Sí, de luna de miel, no te jode", pensé mientras me obligaba a recular. Si no eres pariente, has de pasar el control solo. El individuo se demora con los dos pasaportes, pone cara de extreñido y, finalmente, mete nuestros pasaportes y nuestro impreso de excención de visado en sendas carpetitas rojas y nos manda a "secondary inspection". Creo distinguir en la carpeta el dibujito de un rifle, pero prefiero no mirarlo mucho. En fin, ya me veía intentando explicarle al sargento Cazurrez que, pese a estar poblado por mendrugos como él, hay gente interesada en conocer placenteramente su país, y que no va a trabajar ilegalmente en él ni piensa dinamitarlo. Ya estaba intentando recordar dónde coño teníamos el teléfono de la embajada española cuando nos "liberaron". Con una sonrisa, nos estampan el sello en los pasaportes y se despiden con un "Have a nice day". No sin antes interesarse por la última vez que habíamos estado en Estados Unidos, hace poco más de dos años.

Un susto menor que no llega ni a la categoría de susto, habida cuenta de las terroríficas historias aeroportuarias que se relatan por ahí. Lo peor vino cuando nuestro vuelo a Los Angeles empezó a acumular retrasos porque el capitán venía de Pittsburg. Hasta tres horas estuvimos tirados en una sala atiborrada de gente cabreada. En el bar de al lado, una especie de remedo aéreo de un Hard Rock Café, ofrecen pintas de todas las maravillosas cervezas americanas. Estoy tentado de ir probándolas en fila india y embarcar con una buena cogorza, pero el hastío me ha desganado. Sólo quiero llegar al hotel.

Finalmente, nos suben a una tartana con los asientos medio rotos, que no han sido cambiados desde que se rodó Aterriza como puedas. Es de noche ya, y mi intención de ver bajo mis pies las llanuras de Estados Unidos se ha desvanecido. En su lugar, y como la noche está despejada, veo haces caprichosos de luces desparramadas por un llano negro e infinito. Incapaz de ubicarlas en un mapa, acabamos durmiéndonos encajonados.

Así que ver, lo que se dice ver, todavía no hemos visto nada. Un voluntarioso chicano con un tatuaje en una pierna nos dejó en la puerta del hotel y yo trato de quedarme dormido mientras el olor del Pacífico se me clava en la pituitaria. Y, pese a la paliza aérea, estoy muy contento. Pienso en lo que hubiera costado hacer este viaje hace solo 50 años, y que yo me he plantado en la otra punta del mundo en menos de un día, y me maravillo. Sólo quiero recorrer este pedacito de planeta al que los españoles pusieron nombres. Y ya sabéis que nominar algo es pretender poseerlo en cierta forma. O, al menos, dejar parte del alma en ello. Así que, "here we go!".

PS: Muchas gracias a los que habéis escrito en el anterior post. Cojo el guante, Ex Compañero. Y con mucho gusto, además. ¡Abrazos mil! Por cierto, espero meter fotos en el próximo post.

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