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El Blog de Sergio del Molino

EL SÍNDROME DE XANADÚ

EL SÍNDROME DE XANADÚ

Cuentan que al bueno de Stendhal le dio un patatús al ver Florencia. Le vino un subidón de belleza y se le fue la cabeza a la estratosfera. Por eso, cuando uno se extasía ante algo sublimemente bello, de tal forma que es incapaz de reaccionar, se dice que padece del síndrome de Stendhal. No existe el antónimo de ese síndrome, pero, después de lo que he visto hoy, creo que urge inventarlo. Propongo llamarlo síndrome de Xanadú, y sería algo así como la incapacidad de reaccionar ante lo horrible y horrísono. Y no me refiero a la parálisis que sienten algunos y algunas cuando la luz de la mañana del domingo se cuela en sus habitaciones y descubren que su ligue del sábado se ha convertido en un animal informe y roncador. Es una emoción más elaborada.

Hoy hemos estado en Hearst Castle, la faraónica construcción de William Randolph Hearst que Orson Welles convirtió en el Xanadú en Ciudadano Kane. El magnate de la prensa había heredado un ranchito (casi una provincia entera de extensión, lo normal) frente a las costas del Pacífico, a unos 1.000 metros sobre el nivel del mar. Y si las vistas del océano y de la recortada costa de California son merecedoras de un síndrome de Stendhal como dios manda, lo que el temperamental ciudadano Hearst se montó allí provoca el síndrome inverso. Al menos, en un visitante europeo que ha sido educado en un mínimo respeto al legado cultural de las generaciones anteriores.

Todos sabemos, porque lo cuenta Orson Welles, que Hearst mandó traer de Europa un montón de tesoros patrimoniales: iglesias y catedrales a trocitos, tapices, pinturas, esculturas, escalinatas, portadas, coros, artesonados... España e Italia fueron sus países preferidos, porque en ellos, sus agentes encontraron a un clero inculto y con ganas de ganar unas monedas a cambio de desprenderse de unos objetos que ni entendían ni querían. Así se construyó el castillo de Hearst. Todos lo sabemos, pero saberlo no es igual que verlo, y cuando uno ve un arcón románico que Hearst usaba como mesita de teléfono o unos azulejos mudéjares seccionados para que encajaran en el dibujo del suelo, se le cae el alma a los pies. No nos hemos atrevido a preguntarle al guía si las dimensiones de las habitaciones estaban condicionadas por los artesonados góticos o los habían cortado a medida, pero sí que hemos visto sillas de un coro español convertidas en puertas de ascensor. Pese a que me considero muy laico y muy ateo, la palabra sacrilegio me asomaba por la glotis a cada paso. Cada habitación era un nuevo dolor: alfombras persas y tapices góticos sobre una cama cuya cabecera tenía toda la pinta de haber sido un retablo en otro tiempo... No digo yo que no será mojigatería de niños educados a la europea -porque los americanos que nos acompañaban lo veían todo fetén, el colmo del buen gusto-, pero de verdad que nos hemos llevado un sofoco.

Pero un sofoco moderado. También nos hemos reído mucho, sobre todo cuando hemos llegado al comedor de la foto que he pegado arriba y hemos visto que, en una mesa de qué me sé yo qué siglo y sobre la que se habrán firmado qué me sé yo cuántas paces entre viejos reyes de Europa, habían plantado un servicio completo (con cubertería y vajilla de primera, eso sí), en el que no faltaban el ketchup Heinz y la mostaza. Es como de recochineo. Lo de plantar el bote de ketchup ahí supera el dadaísmo. Ni a Andy Warhol se le habría ocurrido representar en un solo golpe de vista algo tan salvaje. Es una de esas imágenes que equivalen a varios tratados de historia y de relaciones internacionales.

Así que hemos salido, hemos comprado un recuerdo a nuestra amiga Mercedes Penacho, la periodista que documentó y reportajeó las piezas aragonesas que hay en Hearst Castle (entre ellas, un artesonado mudéjar turolense) y que todavía no ha tenido oportunidad de viajar a California, y hemos salido de allí rumbo al norte. La belleza del Big Sur, con las olas del Pacífico rompiendo sobre unos acantilados monstruosos, nos ha curado del espanto hearstiano. Una colonia de elefantes marinos adormilada en una playa ha terminado por diluir cualquier atisbo de síndrome de Xanadú, pero, por si acaso aún quedaba algo, hemos paseado por Carmel, el pueblo donde vive Clint Eastwood y del que fue alcalde, y hemos cenado en Monterey, la antigua capital española de California, dos contundentes chowders, la especialidad local: una crema de marisco servida dentro de una hogaza de pan. Deliciosa. Probablemente, una de las poquísimas aportaciones interesantes de Estados Unidos a la gastronomía, si no contamos la cocina cajún.

Así que procurad no padecer el síndrome de Xanadú.

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2 comentarios

jibraltar español -

Hearst ni ama ni entiende a España (¿Orson Welles dixit?)

También Sergio -

Seguimos vivos. A España no han llegado los extratarrestres, el zaplanismo no se ha comido Aragón con grúas, internet funciona, mal, pero funciona... Será la pereza veraniega la que no incita a insertar mensajes en tu blog. Pero te leemos. Y te envidiamos. Feliz semana !
Sergio.
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