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El Blog de Sergio del Molino

HOMELESS

HOMELESS

Los mendigos escandalosos forman parte del paisaje de cualquier ciudad americana. En Europa estamos más o menos acostumbrados a no verlos. No es que no existan: todos conocemos a varios en nuestro entorno. Están ahí, durmiendo cuando vamos a sacar dinero del cajero, y apostados en la esquina por la que pasamos cada mañana. Pero lo de Estados Unidos no es comparable. Ninguna ciudad europea tiene tantos mendigos como una de este lado del charco. Lo vi en Nueva York y lo vuelvo a ver ahora en San Francisco. Quizá con más virulencia. En cuanto cae la tarde, el centro de San Francisco se llena de negros que rondan las esquinas, extendiendo la mano hacia ti. “Hey, fellow, do you have something for this old man?”. Si les dices que no, no importa. Te lanzan un “god bless you”, y tan amigos. No hay rencor ni intimidación. Sólo superpoblación de excluidos.

No sé de dónde salen tantos ni por qué son negros en su inmensa mayoría (los hispanos pueden estar subempleados y explotados, pero apenas se les ve rondar las papeleras), pero, como diría un escritor vago, algo huele a podrido en la atiborrada Norteamérica. Estos mendigos sobreviven gracias a la inmensa cantidad de desechos que genera el american way of life. Cada papelera contiene varias cenas a medio terminar, y por dos dólares se puede comer en cualquier cadena de fast food (mierda hipercalórica y poco nutritiva, pero comida al fin y al cabo), por lo que un homeless no tiene por qué pasar hambre necesariamente, lo que no hace más confortable su situación.

En O’Farrell Street, a una manzana de los hotelazos más lujosos de la ciudad, varios homeless se preparan para pasar la noche en colchones. En una esquina, dos chavales reclaman a gritos 20 dólares a un blanco que les ha comprado qué sé yo qué droga típica de estos lares. La estampa es triste. Leyendo un poco nos enteramos de que la última reforma de la vecina Union Square se hizo con piedra maciza para acabar con los campamentos de mendigos que se montaban cada noche en ella. En esa misma plaza se venden diamantes de Tiffany’s y exclusivos modelos de los almacenes Macy’s. El contraste es tan burdo que hasta da vergüenza escribirlo. Pero, en ocasiones, la maniquea es la realidad, no quien la describe.

Y, para terminar de ser maniqueo, nuestra llegada a San Francisco coincide con la inauguración de la Baseball All Stars Week. A muy poquitas manzanas de donde nos encontramos, se alojan las megaestrellas del béisbol del país para ofrecer una semana de partidos espectaculares. Los periódicos y las teles no hablan de otra cosa, las medidas de seguridad se han reforzado (como si no bastara con lo que hay) y todo parece girar en torno al deporte del bate.

Lo estábamos comentando mientras paseábamos por el centro cuando hemos oído un montón de sirenas. Han empezado a pasar motos y más motos de policía. Los guardias han tomado las esquinas y, al rato, ha pasado el autobús de un equipo de béisbol rumbo a su hotel. La verdad, no sé si en España se prodiga al Real Madrid ese despliegue de jefe de Estado. Una mendiga (negra, of course) que estaba a nuestro lado mientras mirábamos alucinados el espectáculo peliculero se ha vuelto hacia mí, ha señalado el autobús que pasaba a 100 por hora y me ha preguntado: “Who are those guys?”. Me he encogido de hombros y le he respondido “I don’t know”. Probablemente, ella y nosotros éramos los únicos en la ciudad que no sabíamos quiénes narices eran esos deportistas tan escandalosos.

Foto: este no era negro, sólo un pésimo músico que desafinaba muchísimo y que se definía como un clown que sufre una seria depresión. "Por favor, no le hagan llorar", decía el cartel. Tampoco pedía limosnas, sino propinas, desvío semántico hacia la dignidad..

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