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El Blog de Sergio del Molino

DEL BEAT AL HIP

DEL BEAT AL HIP

Día de grandes tópicos, día de viajes en el tiempo. Desde el siglo XIX hasta 1967 y vuelta a la actualidad. Una ruta completa por lo que San Francisco ha sido y por lo que ha hecho por el mundo en el que vivimos.

Por la mañana, y por pura casualidad, hemos reparado en uno de los museos más divertidos que recuerdo haber visitado: el Museo Histórico de la Wells Fargo. Se lo recomiendo a todo el mundo que pase por esta ciudad. Está en Montgomery Street, en la sede central de Wells Fargo (que hoy es un banco), y se reconoce enseguida porque tiene una diligencia del Far West en el escaparate. La diligencia es la joya de la exposición, en la que se puede ver todo tipo de objetos del Oeste: pepitas de oro, revólveres, telégrafos, cartas de los buscadores de oro y anuncios reales de “Se busca” publicados por Wells Fargo cuando un bandido asaltaba sus convoyes. Muy divertido, de verdad.

Siguiendo la ruta, y tras pasar por la sede de American Zoetrope, la productora de Coppola, hemos llegado al origen del mundo. A uno de los orígenes de nuestro mundo: la librería City Lights, en el corazón del barrio italiano de San Francisco. Allí, los poetas beats de los años 50 pusieron patas arriba la adocenada cultura americana y allanaron el camino al sueño hippie y libertario. Al menos, eso cuentan las crónicas. Hoy, City Lights sigue perteneciendo al mismo activista cultural, publica libros de poesía y es una institución muy respetada e influyente en la ciudad. A pesar de que procura mantener alto el nivel de debate con una sección cuidada y amplia de prensa alternativa, el ambiente que se respira es agradable, pero algo marchito. Sólo los cartelones contra Bush y la guerra de Irak devuelven algo de vida a los estantes.

Al lado está Vesuvio, el bareto donde se reunían Ginsberg, Keruak y toda la panda. Allí, mi acento me ha delatado al pedir una cerveza, y un camarero hondureño que parece ir olvidando su idioma materno me ha hablado de lo mucho que le gusta el paisaje de los olivos de Aragón, que conoce bien porque vivió mucho tiempo en Barcelona, “in Franco time”.

Llegaba la hora del almuerzo, y la mejor opción era descolgarse hasta el ruidoso y multicolor Chinatown y vivir la experiencia “dim sum”. La verdad es que no teníamos muy claro cómo funcionaba la cosa, pero había que aventurarse. El “dim sum” chino consiste en sentarte en una mesa y ver cómo los camareros van desfilando con carritos por todo el local gritando (en chino, claro) los nombres de los platos que llevan. Si te apetece, le pides uno. Si no, pasas. Sólo pagas lo que comes, y el sistema es encantadoramente caótico. Enseguida le cogimos el punto y nos hemos atiborrado de delicias orientales que, no sé por qué razón, no están en la carta de ningún restaurante chino español.

Ya habíamos visto Chinatown el día anterior, pero hemos vuelto a sumergirnos en su griterío y en sus caligrafías incomprensibles. Por poco tiempo, porque teníamos ganas de subirnos a un autobús y llegar al paseo que, lógicamente, va después de la ruta beat: la de los hippies.

Haight y Ashbury, el cruce donde empezó toda la revuelta hippie en 1967, sigue siendo un rincón animado. El barrio celebra los 40 años del Summer of Love con algunos de sus protas viviendo todavía en la zona y el ambiente que se respira es parecido al de Camden Town en Londres. Todavía quedan irreductibles, como los dueños de la Casa Roja Victoriana o la librería anarquista que vende biografías de Durruti e historias de los montoneros argentinos, pero en realidad, Haight-Ashbury es un vecindario de clase media-alta, muy tranquilo y paseable, a la vera del Golden Gate Park. Por cierto, con este cierzo del Pacífico, uno entiende la necesidad de las drogas: sin ellas, los hippies no hubieran podido desnudarse en plena calle. La verdad es que el clima no invita.

Pero no sólo de sentimentalismos vive el hippie. Tras pasar por la casa en la que vivió Janis Joplin aquel Summer of Love o por la comuna de Jefferson Airplane -y, si uno se quiere poner más fino, se puede venerar también la casa donde vivió Jack London y donde pasó sus últimos días conocidos Ambrose Bierce, antes de partir hacia su misteriosa desaparición-, lo que pide el cuerpo es bucear en alguna de las tiendas de vinilos de la zona. Yo así lo hice, y ahora voy a tener que cargar durante el resto del viaje con un buen saco de ellos. La pulsión coleccionista, que es más fuerte que uno.

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3 comentarios

anro -

Oye, ¿te paga bien el Heraldo?...Tus crónicas están de puta madre. Seguimos leyendo. Abrazotes desde el otro lado del charco.

Chelita -

Sergio, date un paseo por los restaurantes chinos para ídem que pueblan los aledaños de la Plaza de España: recetas nunca vistas en la Muralla China o el Dragón Dorado de esquina de barrio a precios (algunas intragables para estómagos occidentales) a precios estupendos

Aryentain Mechita -

Qué buenas están tus crónicas, pibe...
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