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El Blog de Sergio del Molino

DENTRO DE ALCATRAZ

DENTRO DE ALCATRAZ

Sirenas, sirenas y más sirenas. Las sirenas suenan a todas horas, pero cuando lo hacen tan fuerte y tan cerca, te sube la adrenalina un poco. Uno, dos, tres, cuatro y cinco coches de policía a toda velocidad. Te sientes como en una peli de Harry el Sucio. Una y dos ambulancias. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis camiones de bomberos. Tres de ellos, gigantes. Humo al final de la calle. Un montón de gays cotillas que salen a la carrera hacia el mogollón, y dos turistas españoles que les siguen. Qué emoción: hay un incendio en The Castro, el barrio gay de San Francisco.

Al final resultó no ser nada: un ático quemado. Un pequeño fuego extinguido con precisión y prontitud. Las ambulancias se fueron de vacío y los policías aprovecharon para comprar unos donuts en la tienda de la esquina, pero a nosotros nos han dejado claro que estos americanos no sólo se toman en serio las emergencias en las películas. Es que ellos son así de flipados todo el tiempo. Quizá su escuela y su sanidad públicas tengan los niveles de Tanzania, pero cuando se trata de montar un dispositivo con luces y ruido, el contribuyente puede estar seguro de que sus impuestos se invierten bien. En España, este suceso apenas habría convocado a un camión de bomberos y a una patrulla despistada.

Así fue amenizada nuestra visita a The Castro, el barrio que, para muchos, es la capital mundial del movimiento gay. Quizá lo sea para un notario de Ávila de misa de doce, pero ciertamente no es nada impactante para quien haya visto, siquiera de refilón, un día cualquiera en el madrileño Chueca. Mucho menos expansivo y concurrido que el barrio de Madrid, The Castro es un tranquilísimo y agradable vecindario de precios más que astronómicos (una casita de dos dormitorios en la zona cuesta aproximadamente un millón de dólares), que, a partir de las siete de la tarde se llena de chicos buscando chicos. Eso sí, sin armar escandalera: con el estilo de ligue de los bares americanos. Y digo chicos buscando chicos porque, salvo un local mexicano llamado sutilmente La Tortilla (en español), cuya clientela es exclusivamente femenina, las lesbianas no se dejan ver por la zona.

En fin, que la movida gay de San Francisco, que tanto da que hablar en Estados Unidos, sabe a poco a un europeo acostumbrado a estos paisajes. Pero The Castro tiene su punto: el de los pioneros que abren brecha en un país donde la sodomía sigue siendo un delito en muchos estados. Que el barrio sea tranquilo y pudiente no significa que en él no se respire la misma libertad que en Chueca o en el Marais parisino.

Y de libertad andábamos necesitados, porque por la mañana habíamos visitado uno de los lugares más asfixiantes por los que un ser humano puede dejarse caer. Enfrente de San Francisco, con unas inmejorables vistas del Golden Gate y del skyline de la ciudad, la isla de Alcatraz es un recordatorio constante de que, efectivamente, el hombre es un lobo para el hombre. Cerrada como prisión en 1963 y convertida en atracción turística a finales de los 70, la prisión está prácticamente igual que la dejó el último recluso que la habitó. A finales de los 60 fue ocupada por unos indios que hicieron unas cuantas pintadas todavía visibles, y ahora es un parque nacional refugio de gaviotas y aves marinas.

No sé si la visita pretende ser ejemplarizante, pero angustiosa lo es un rato. Puedes meterte en una celda, normal o de aislamiento, y en la pizarra está escrito todavía el menú que se sirvió a los presos el último día que funcionó como cárcel, el 21 de marzo de 1963. Es un acierto que ningún guía te dé la brasa y que te permitan recorrer el complejo a tu aire, dejándote atrapar por el desasosiego. Era imposible salir de la isla: sólo tres reclusos se fugaron y, aunque sus cuerpos no aparecieron nunca, es casi seguro que se los tragó el mar.

Merece la pena recorrer este monumento a la barbarie para reflexionar sobre si sirven para algo las cárceles. Precisamente en estos tiempos en los que tantos piden mano dura, estaría bien dejar claro si buscamos venganza o convivencia. Porque estoy convencido de que una temporada en un sitio como Alcatraz sólo sirve para aniquilarte como persona, no para volver a la sociedad “rehabilitado” y listo para una vida pacífica y civilizada.

Al final del recorrido pasamos por la ineludible tienda de recuerdos. He estado tentado de comprar alguno para regalar, pero me he detenido en seco: si lo hacía, lo trivializaría todo, anularía cualquier reflexión posible sobre lo que acababa de ver. ¿Me iba a llevar una réplica de taza de preso, un silbato de guardia, una camiseta a rayas como el uniforme de los reclusos? ¿De qué iba todo esto? No puedo evitar que el Gobierno de Estados Unidos considere Alcatraz un sitio pintoresco digno de una tienda de souvenirs, pero, ¿hacía bien siguiéndoles el juego y aportando unos dólares a su show business? No lo sé. Cristina cree que soy demasiado sensible y pudoroso para estas cosas, que no hay para tanto, pero, ¿compraríais un souvenir en un campo de concentración?

No sé, a lo mejor sólo soy un blandengue. Al fin y al cabo, como pensarán muchos de los que salían de la tienda de recuerdos con bolsas abultadas, algo habrían hecho para acabar encerrados en Alcatraz.

Foto: al otro lado de la famosa "Police Line Do Not Cross".

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