Blogia
El Blog de Sergio del Molino

RING MY BELL

RING MY BELL

El wifí del hotel ha empezado a dar problemas, por lo que ayer no pude colgar el choricillo del día. Así que hoy, y tras buscar refugio internetero en un Starbucks, va un dos por uno. Espero no empachar. Para colmo, Blogia ha estado algo colgadete estos días, así que espero que los textos lleguen sanos y salvos.

He de empezar diciendo que me siento halagado. Por más que lo intentan, ni las canas primerizas que ya me han afeado más de una vez ni la calvicie prematura y galopante que trae a mi peluquero por la calle de la amargura pueden doblegar mi espíritu juvenil. Pásmense, porque hoy, al pedir una cerveza, me han requerido el carnet para comprobar si soy mayor de 21 años. Como estábamos en Berkeley, ciudad exclusivamente universitaria, el camarero se ha disculpado diciendo que, en un sitio poblado de estudiantes, está obligado a pedirlo cada vez que alguien pide alcohol, pero la verdad es que, muy lejos de molestarme, me ha levantado la moral. Yo, que me colaba con 14 primaveras en los bares sin levantar suspicacias en los camatas y que he arrastrado el estigma de ser siempre demasiado crecidito para mi edad. En fin, alegrías efímeras que se lleva uno. Gracias, Berkeley, gracias.

El día había empezado muy lejos del distrito universitario. Rondábamos por el centro de San Francisco, un poco desesperados por la ausencia de wifí y decidiendo en qué emplear la mañana, cuando un tipo nos ha asaltado en Union Square y nos ha entregado unos folletos que anunciaban el 45 concurso anual de tocadores de timbre de tranvía. “Empieza a las 12 en Union Square”, nos ha dicho. ¿Nos íbamos a perder tamaño acontecimiento? Hemos buscado un sitio en la parca sombra de la plaza y hemos esperado impacientemente a que comenzara el cotarro.

Nuestra guía apenas dedica dos líneas al concurso de tocadores de timbre de tranvía, por lo que la expectación creció en nuestros páncreas. En el centro de Union Square -que, por si no lo he dicho ya, es como la plaza del pueblo, donde se cruza todo el mundo y donde están las tiendas- habían plantado uno de esos tranvías -aquí llamados “cable car”- con un micrófono en el timbre. Enfrente, una tribuna de autoridades, y al lado, los fotógrafos y las cámaras de televisión que iban a cubrir el certamen. Amenizando la espera, un grupo de propios interpretaba canciones de Santana. El público que iba llegando parecía tomarse aquello muy en serio, y los conductores de tranvía lucían medallas gordas en su uniforme, insignias de victorias en años anteriores.

Empieza el asunto, y por las palabras de la animosa presentadora nos enteramos de que hay dos categorías en competición: profesional y amateur. Además, fuera de concurso, van a tocar el timbre algunas personalidades de la ciudad, como un locutor de una emisora de radio funky, el portero del hotel Sir Francis Drake -mascota local- y un par de estrellas de béisbol retiradas que están en San Francisco con motivo de la All-Stars Week. La juerga padre. El alcalde, por supuesto, no se ha querido perder el cotarro, y coge resuelto el micrófono en un derroche populista y descamisado: “Después de esta jornada -remata-, pido a los ciudadanos de San Francisco que gasten un poco de dinero viajando en nuestros queridos cable cars. Si no, me obligaréis a subir los impuestos y no os caeré tan bien en las próximas elecciones” (risas generales). Lo dicho: un cachondeo muy americano.

No aguantamos más que dos timbrazos, porque el sol caía a bomba y se nos estaban derritiendo las pocas ideas que lográbamos retener, pero el asunto empezó con unas chatis bailando una coreografía al ritmo de “Ring my bell” (obviously) y el tipo de la radio funky dándole al timbre tranviero con gracia y movimiento sexy de caderas. ¿Vergüenza ajena? No sé qué deciros. Por lo menos, demostraban cierto sentido del humor. Por cierto, el señor de la foto, tan dandy él, era miembro del jurado.

De ahí hemos corrido a buscar un abrevadero y, bajando al sur de la calle Market, hemos entrado en un museo pequeño y prácticamente desconocido: el Museo de la Historieta y del Dibujo Animado. Traduzco libremente, porque su nombre es Museo del Cartoon.

Es un lugar encantador creado por Schultz con los fondos de su propia colección y enriquecido por aportaciones de coleccionistas posteriores. La exposición fija tiene dos partes. La primera traza un recorrido por la historia del cómic americano, desde The Yellow Kid hasta Predicador, con una selección de originales de autor realmente imponente, y la segunda está dedicada a enseñar los engranajes de la animación clásica. Se pueden ver bocetos originales del Correcaminos, ilustraciones maestras del Oso Yogui, fondos utilizados en Fantasía o en Blancanieves o los primeros ensayos de Bugs Bunny. Los fondos y las figuras son todas originales, las mismas que se utilizaron en las producciones. Para terminar, hay una buena muestra de Peanuts (o Snoopy) originales, legado del gran Schultz.

Por la tarde hemos cruzado la bahía en un tren veloz y hemos recorrido el campus de Berkeley, la universidad con más premios Nobel del mundo en su nómina. Buscábamos un restaurante etíope que nos habían recomendado, pero lo hemos encontrado cerrado y en obras, en trance de convertirse en otra cosa. Una lástima. Berkeley, eso sí, es un sitio muy agradable. Afortunados los que puedan estudiar allí.

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3 comentarios

S. del Molino -

Gracias, amiguetes. No contesto a los comentarios porque bastante me cuesta colgar los artículos, pero daros por agradecidos y abrazados todos.

marta -

Me leo esta especie de diario todos los días y no sabes la envidia que me das.
Si alguna vez voy por ahí, creo que usaré esto de guía(bueno, estuve en California a los 16, pero no recuerdo casi nada, así que no cuenta...).

Javier López Clemente -

En 1979 Anita Ward cantaba Ring my bell:

http://www.youtube.com/watch?v=UNxFxkSPat4

Salu2 córneos.
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