Blogia
El Blog de Sergio del Molino

EMPACHO DE NEÓN

EMPACHO DE NEÓN

A ver si al final Freud y Lacan van a tener algo de razón. Cuando nos metimos anoche en la cama -con una mezcla de empacho de neón, sensación alucinógena y cansancio puro y duro debido tanto a las enormes distancias de esta ciudad como al insufrible calor del desierto que ni siquiera de madrugada se mitiga un poquito-, empecé a soñar que Las Vegas eran las fallas de Valencia. Una conexión genial de mi subconsciente. Ni aunque me hubiera pasado tres horas masajeándome la neurona se me habría ocurrido un símil así. Son como los dos extremos del paganismo, el genuino y el domesticado, mezcladas en barroca confusión.

Decidimos llegar a Las Vegas en avión. Podíamos haberlo hecho en varios días de coche, pero quisimos aplazar la vuelta a la carretera hasta el lunes. El viaje desde San Francisco es corto y agradable, apenas un par de horas de vuelo que no te preparan para lo que te vas a encontrar en tierra. Nada más desembarcar, tropiezas con un vestíbulo y unos pasillos llenos a rebosar de máquinas tragaperras (slots, en el dialecto indígena local). El aeropuerto de Las Vegas es un enorme casino con aviones. Y la gente juega, que las máquinas no están ahí de atrezzo, precisamente. El juego es ilegal en la mayor parte de Estados Unidos, y el estado de Nevada justifica su existencia dando a sus compatriotas lo que sus compatriotas piden y no obtienen en otros sitios.

Las Vegas es probablemente uno de los sitios más extraños, y a la vez más familiares, donde uno puede caer. Extraño porque es una ciudad-ficción, porque existe sólo en el eje central del Strip, la avenida que comunica los principales casinos, y porque el conjunto es una sonora bofetada (o un tiro de gracia) a todas las personas que, desde los antiguos griegos hasta los modernos ecologistas, se han dedicado a repensar un mundo donde las escalas humanas no arrasen ni a los humanos ni al resto de seres vivos del planeta: una macrociudad llena de piscinas y de luces de neón levantada en medio de la nada, donde el agua y la electricidad se tienen que traer desde muy lejos. El derroche por el derroche, la grandilocuencia por la grandilocuencia.

Y, sin embargo, resulta familiar. Pese al ensordecedor ruido de las miles de tragaperras, y pese al torpedeo constante e inmisericorde que sufre cada uno de tus cinco sentidos, todos nos sentimos un poco parte de Las Vegas: para eso hemos visto muchas pelis sobre esta ciudad y hemos escuchado la versión que ZZ Top hizo de Viva Las Vegas. Y, si no, pues hemos visto capítulos de CSI, que para el caso… Pero tampoco hay que pasarse: si te consideras una persona de buen gusto, déjalo en el armario cuando recorras los casinos.

Sólo así, asépticamente andarín, podrás ver sin derrumbarte el París a escala del casino París Las Vegas, con su torre Eiffel, su Ópera y su Hôtel de Ville. O el famoso Ceasar’s Palace, con su fontana de Trevi y su imitación de calles romanas sobre un cielo falso. O New York-New York, con una versión a escala del Greenwich Village. O el hotel donde estamos alojados, sin ir más lejos: el Stratosphere, al final del Strip, con una torre que presume de ser la más alta de este cacho de país, desde el Mississippi hasta el Pacífico, y en cuya azotea hay una montaña rusa y un carrusel que da vueltas sobre el vacío -todavía no me he montado, pero me gustaría hacerlo si las colas me lo permiten-.

La llegada al hotel-casino te noquea. Te quedas plantado con tu maleta, sin saber dónde coño está la recepción en aquel mar de tragaperras y mesas de blackjack. Al final, la encuentras, y te das cuenta de que, en esta ciudad, todo es barato o gratis. Todo, salvo el juego. Lo que importa es que apuestes, que eches dinero a las máquinas. Lo demás, corre por cuenta de la casa: las habitaciones de hotel son muy baratas y te sirven bebidas gratuitas mientras estés jugando. Incluso te hacen una tarjeta de crédito del casino que puedes introducir directamente en la tragaperra.

Nosotros, timoratos, y por hacer la necesaria gracia, echamos un dólar. ¡Y ganamos nueve dólares de repente! Claro que los perdimos echando virutas. Easy come, easy go, que dirían por aquí. Así que hay que tener cuidadito cuando se está rodeado de americanos deseosos de jugarse la nómina. De momento, lo que más me ha llamado la atención son los jugadores solitarios, que se sentaban a cenar solos a nuestro lado y a los que ves con rostro serio y reconcentrado en la ruleta, en las mesas de blackjack o en las tragaperras. Son tipos siniestros. Seguiremos informando.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

3 comentarios

S. del Molino -

Sin duda, Las Vegas real. Es la gran farsa de nuestro mundo, un circo agotador de cartón-piedra. Necesitaba verlo, pero no me apetece volver, la verdad.

Chelita -

Hola niño! Las Vegas debe dar una sensación de irrealidad absoluta, como si fuera un decorado y no una ciudad real. Curiosamente anoche estuve viendo 'Corazonada', del maestro Coppola, y al ver los títulos de crédito descubrí que no está rodada en Las Vegas, sino en los estudios Zoetrope. Pero bueno, supongo que Las Vegas es un mito americano, un estado mental y por tanto puede reproducirse en un entorno artificial (aunque ¿qué es más artificial, el decorado que imita a Las Vegas o la propia Las Vegas?).

Besos

anro -

!Todo te noquea en Las Vegas¡Yo llegué una mediatarde de Agosto y en los días que estuve en ese "sitio" no me aclaré muy bien qué era aquel lugar.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres