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El Blog de Sergio del Molino

VALLE, ARIZONA

VALLE, ARIZONA

No sé cuándo podré colgar estas líneas en la red, porque en el motel desde el que las escribo no saben lo que es el wifi. O lo saben, pero no quieren que unos extranjeros liberales lo usen. Así que espero que no pase mucho tiempo entre mi tecleo y vuestra lectura.

Estamos en Valle, Arizona, lo más parecido a la desolación que he visto en mi vida. A la entrada del pueblo, me ha parecido leer que su población es de más de 3.000 personas, pero no sé dónde se meterán. Como no sea en los ranchos de las montañas… Porque Valle es un motel, dos gasolineras y una tienda de artesanía india. En medio, la carretera estatal que lleva al Gran Cañón del Colorado, nuestro destino excursionista de mañana por la mañana. Y ya está. Nos han dado de cenar unas costillas estilo San Luis que daban el pego y nos han tratado con una frialdad cortés, dado que somos los únicos extranjeros que han dejado caer sus desprevenidos culos por aquí. Si hubiésemos reservado, pernoctaríamos en alguno de los más cosmopolitas -y con internet- hoteles del Gran Cañón, pero como somos unos cafres improvisadores, los hemos encontrado llenos, y hemos caído en Valle, Arizona. Deep America, guys.

Tras pasar un relajado segundo día en la desértica Las Vegas en el que no faltó ni el jacuzzi ni la piscina -toma corte de mangas a la sequía y al calentamiento global-, hemos alquilado un coche y hemos colocado el morro hacia el interior del país, cruzando el desierto de Mojave. Habíamos reservado un Ford Focus normalito, pero nos han ofrecido por el mismo precio un Mustang descapotable, así que hemos enfilado la carretera muy fardones, aunque sin atrevernos a bajar la capota, que el aire del desierto quema una barbaridad. Ahora sí que nos hemos colado en una road movie de verdad.

Enfilamos el sur del estado de Nevada buscando la presa Hoover, que marca la frontera con Arizona. A paso de tortuga, pues la carretera es sinuosa y estrecha, hemos cruzado uno de los iconos del poderío norteamericano, el Asuán de U Ese A, que permite arrancar millones de litros de agua al implacable secarral del Far West. Obviamente, en la presa había un centro turístico donde las numerosas familias de la Deep America hacían cola para llevarse un recuerdo. A nosotros, familiarizados con un dictador que llenó nuestro país de pantanos, no nos impresiona demasiado el asunto, así que continuamos marcha hasta rebasar el cartel que nos daba la bienvenida a Arizona, el estado del Gran Cañón.

Esta parte del desierto de Mojave emociona por su extensión, no por su paisaje lunar, que es muy parecido al de la parte más meridional de los Monegros o a algunos tramos del Sistema Ibérico en el oeste de Aragón. Lo que apabulla es la soledad del erial. En España, aparte de que estos desiertos son mucho menos extensos, están atravesados de cuando en cuando por un pueblo o, a lo sumo, un área de servicio. Aquí no. A ambos lados de la carretera -que discurre sobre parte de la antigua ruta 66 que transitaron los oakies de Las uvas de la ira- se extiende un paisaje sin fin de mesetas y formaciones rocosas caprichosas, horadadas por torrentes de un agua que nunca más volvió. Miras el mapa y corroboras la certeza de que no hay nada en muchos kilómetros a uno y otro lado. De frente, los pueblos pueden estar separados por más de 100 kilómetros. No hay vida fuera de la carretera. Esa realidad es la que apabulla.

Estábamos comentando lo desierto que está este desierto, cuando se nos ha echado la hora de comer encima. A lo lejos, y de casualidad, vemos el letrero de una típica cafetería americana: Rosie’s. Mientras salimos de la carretera y aparcamos, caemos en la cuenta de que ya no hay medias tintas: ésta es la América profunda de verdad. El Sur de verdad. Una bandera confederada desplegada junto a unas Harley-Davidson aparcadas así lo confirma. La estampa podría pertenecer a cualquier road movie decente, y por un momento pienso que está montada para los turistas, pero al abrir la puerta del local y entrar en Rosie’s me doy cuenta de que no, de que estoy en un sitio auténtico donde no me van a admitir una broma.

Una cabaña de madera apenas enfriada por un viejísimo aparato de aire acondicionado, una cohorte de propios muy entrados en carnes que mira a los forasteros sin recato y un sheriff que sale sonriente por la puerta cuando nosotros entramos. Aquí ya no hay hispanos. Una chica encantadora, cuya simpatía contrasta con las caras largas de los parroquianos, nos sirve amablemente dos hamburguesas, atiende a una familia numerosísima que acaba de llegar y, al mismo tiempo, discute con un parroquiano obcecado que está empeñado en que le cambien un billete de cincuenta dólares.

Salimos de Rosie’s como si fuésemos exploradores británicos que acaban de contactar con una tribu desconocida. Fotografiamos discretamente la bandera confederada, recibimos la bofetada seca y abrasadora del viento de Mojave, y seguimos ruta por la interestatal 40. En la radio suena una emisora de rock clásico, de las muchas que abundan por este país, para ambientar el viaje con la música apropiada. Emiten en onda media y la señal se mantiene estable kilómetros y kilómetros. Las canciones se acoplan al paisaje como un soldado de permiso y su novia: con salvaje desgana.

Nos metemos en una tormenta bíblica, que casi nos hace parar en la cuneta. Una tormenta monstruosa: parecía que caían olas en lugar de lluvia. Tras sortearla, el paisaje ha cambiado. Ya no estamos en el desierto, sino rodeados de pinares que despiden un fuerte y agradable olor. Nos acercamos a los territorios indios del norte de Arizona, a la puerta del Gran Cañón, y el calor se retira. Las colinas se visten de verde y aparecen ranchos y vida a los lados de la carretera. País de contrastes, que se suele decir.

Nuestro objetivo, dormir en la puerta del parque nacional del Gran Cañón para entrar temprano por la mañana, se ha frustrado. Estamos en Valle, Arizona. Echad mano de vuestro imaginario cinematográfico para evocar este lugar y acertaréis: un nido de psycho killers endogámicos. Ya nos han fichado como extranjeros: ¿veremos la luz del día? Si llegáis a leer esto en el blog, es que hemos sobrevivido a los locos de Valle, Arizona.

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2 comentarios

Omar Aranda -

Sergio soy de Chile y acabo de estar en Rosie`s, era un lugar de verdad!! compramos unas bebidas nos dio miedo tomar fotos y salimos rapido, viste el letrero "please check your guns at the desk", despues de eso se me quitaron las ganas de tomar fotos! un gran saludo desde Chile y excelente tu viaje!

anro -

Uf....menos mal que el tío de la sierra mecánica se había quedado en Rosie´s, y a los tíos de las colinas se le habían cerrado los ojos...
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