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El Blog de Sergio del Molino

AL FIN, EL GRAN CAÑÓN

AL FIN, EL GRAN CAÑÓN

Al final, escapamos con bien de Valle, Arizona (ver post anterior). Los mesoneros, en lugar de matarnos y descuartizar nuestros cadáveres, nos sirvieron un potente desayuno americano con sus huevos y sus tortitas (espero que mi médico, que dijo no sé qué de mis hábitos alimenticios en la última visita, no esté leyendo esto). Así, con el estómago lleno, nos subimos al Mustang, bajamos la capota y enfilamos la entrada sur del parque nacional del Gran Cañón del Colorado. Un guarda vestido como el que sufre las travesuras del Oso Yogui nos cobró los 25 dólares de entrada -en Estados Unidos, los parques nacionales se autofinancian con el dinero que pagan sus visitantes y las donaciones que hacen los filántropos- y buscamos un buen sitio para observar la maravilla geológica.

Aviso a futuros visitantes: por más capítulos del Correcaminos que hayáis visto en vuestra vida, por más fotos de National Geographic con las que hayáis empapado vuestra retina y por más relatos que hayáis escuchado a los amigos y conocidos que lo han visitado, nada, absolutamente nada, te previene para el poderoso impacto que sacude tu sensibilidad cuando llegas al borde. No recuerdo haber visto un paisaje que me haya emocionado tanto en mi vida. De repente, sin aviso, se abre a tus pies una brecha de 15 kilómetros de ancho y 500 kilómetros de longitud que cae a pico 2.000 metros de altura. Al fondo, el río Colorado, que ha excavado el portento, apenas se adivina. Al lado del Gran Cañón, otras maravillas que mis ojos han tenido la suerte de ver, como la Caldera de Taburiente de la isla de La Palma, parecen de juguete. Me gustaría tener el don de los escritores que saben describir paisajes y humanizarlos con la palabra, pero me faltan la técnica y el talento necesarios. Llegados a este punto, sólo me queda el asombro.

Hemos paseado por el borde de la cornisa. En silencio, sin capacidad para enunciar algo más que una interjeción y siguiendo de reojo los datos de la prolija guía que nos han dado a la entrada: las piedras que pisamos son caliza de Kaibab, de 260 millones de años de antigüedad, y las que están al fondo del cañón son gneis y esquisto, de 1.800 millones de años. Los geólogos explican que este paisaje se ha formado gracias al desnivel de la meseta del Colorado, que ha permitido que el río horade el terreno en "un instante geológico". Nos encanta la expresión "un instante geológico", y nos imaginamos un enorme terremoto que convierte la planicie en el Gran Cañón mientras las ardillas y los coyotes se quedan mirando con cara de pasmados.

Todos los tonos del rojo colorao están en el cañón. Las bruscas y áridas aristas dan una sensación de irrealidad más fuerte que la de los neones de Las Vegas. Parece un paisaje imposible, pensado por un loco y ejecutado a mordiscos. No sé si es bello. Yo no sé lo que es la belleza. Pero sí es salvaje, afilado, desafiante y altivo. Si esas piedras tuvieran voluntad y sentido del humor, se estarán carcajeando de los sueños de arquitectos e ingenieros, incapaces de domesticarlas. También retan a los fotógrafos, la mayoría de ellos incapaces de evocar lo que transmite. Yo me he permitido la osadía de lanzarle algunas placas, pero cualquier parecido con la emoción original y con la realidad es pura coincidencia. La foto que cuelgo es un simple y paupérrimo testimonio de nuestro paso por el Gran Cañón.

Como el paisaje nos gusta para verlo, pero somos un pelín vagos, dejamos a los intrépidos excursionistas adentrándose con aire cantarín en los senderos que bajan y nosotros corremos a refrescarnos del fiero sol de Arizona. También damos la espalda a los indios que viven en las varias reservas del cañón y cuya artesanía venden a los turistas. Ahora con la capota subida, dejando al viento del desierto fuera del Mustang, enfilamos el sur, buscando la interestatal 40 y el arranque de uno de los pocos tramos originales que quedan de la ruta 66 en este estado. La vieja carretera que iba de Chicago a Los Ángeles, cruzando Estados Unidos por el centro, es hoy casi un recuerdo folclórico. Las autopistas y las redefiniciones de los sistemas estatales de carreteras han sepultado buena parte de su recorrido, y en Arizona y California sólo quedan dos tramos originales de unos 150 kilómetros cada uno. Este país, tan aficionado a los mitos, conserva la memoria del trazado mejor que los europeos el Camino de Santiago. Rockeros, buscavidas, negros en busca de su libertad y oakies huyendo del hambre. Los norteamericanos creen que sus almas todavía pululan por los arcenes de la ruta 66.

El Mustang parecía animarse cuando hemos rebasado el cartel que anunciaba el comienzo de la "Historic Route 66" y, tras unos cuantos kilómetros de desolación hemos ido a parar a Seligman, Arizona, un pueblo que lo fue todo cuando la ruta 66 funcionaba, y que se fue a la mierda cuando construyeron la autopista. Moteles decadentes, tiendas para moteros y desgüaces convertidos en reclamo para nostálgicos. Nos sentamos a comer en la absurda cantina de Juan Delgadillo, hijo del mexicano que la fundó allá por 1953, en los buenos tiempos de la carretera. Nuestro pedido es el "número uno", por lo que intuimos que el negocio no es muy bollante. Decorado con "horror vacui", el sitio está lleno de paridas que hablan de juerga, cerveza y pasión por la ruta 66. El tal Juan no para de hacer bromas y, en la parte de atrás, tiene unos coches de los años 50 a los que ha pintado unos ojos en los parabrisas. Mi jefe, cuando confeccionamos una agenda en el periódico y no está claro de qué va algún evento en cuestión, si es rock, cómic o Björk rebuznando, le planta la etiqueta de "Inclasificable". Pues eso.

Seguimos camino, salimos de la ruta 66 y llegamos a otro lugar inclasificable, donde pernoctaremos y desde donde escribo: Lake Havasu. Justo en la frontera de Arizona y California (marcada por el río Colorado), es un conjunto de casas junto a un lago y un puente estrambótico llamado London Bridge (sí, amigos, hay que joderse con esta gente). El calor aquí es insufrible, y no estamos dispuestos a salir a cenar hasta que el sol empiece a esconderse. Al parecer, se trata de un centro de vacaciones para la gente de Phoenix, que nuestra guía define como "ciudad árida". En el lago, flotando, hay un casino donde se desfogan los arizonianos, sometidos a leyes muy puritanas y estrictas. Es una ciudad extraña, que sólo nos servirá de puente para volver a California mañana y decidir qué camino tomamos a partir de ahora. Porque, la verdad, las posibilidades son varias, pero no tenemos muy claro hacia dónde dirigir nuestros pasos.

PS: Por cierto, cómo es U Ese A. Incluso en este lugar, cercano a la fístula del culo del mundo, la civilización refulge con fuerza. Acabamos de cenar en un garito dos sublimes platos de cocina cajún acompañados por una espléndida cerveza ale artesanal de lo que aquí llaman "microbreweries" (microcervecerías). Es decir, locales que fabrican su propia cerveza. Chapeau.

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3 comentarios

evasolanotorres -

muy buen relato, màs fotos porfis

álvaro ortiz -

veo que lo está pasando usted genial!!

que envidia!

un abrazo desde el otro lado del océano!

Gabriel -

Tiene que impresionar, es una de esas cosas que te apetece ver, pero que no sabes si podrás.
De todas formas lo describes bien
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