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El Blog de Sergio del Molino

BECKHAM Y HARRY POTTER

BECKHAM Y HARRY POTTER

Camino del sur, atravesamos otra porción de desierto y nos adentramos en esa red de autopistas con los huecos rellenados por casas que recibe el nombre de Los Ángeles. El Ei para los marchosos locales. Buscamos un sitio donde quedarnos en Santa Mónica, pues todos coinciden en que es el único lugar de esta ciudad monstruo donde se puede prescindir del coche, cenar, pasear y tomar una copa sin preocuparte por las bandas (gangs) que controlan el centro, Hollywood y buena parte de los barrios del sur al caer la noche. Y eso que Los Ángeles se ha recuperado notablemente desde la crisis de los años 90, que produjo unos enfrentamientos raciales a tiro limpio en las calles. La cultura ha vuelto a ocupar tímidamente algunos lugares deprimidos, con galerías de arte y garitos para conciertos, pero la otra cultura, la de las bandas callejeras, se hizo muy poderosa y arraigó. El alcalde actual, hispanohablante de origen mexicano, está copiando los métodos que Rudolph Giuliani empleó en Nueva York para reducir los índices de delincuencia, y las estadísticas dicen que empieza a obtener resultados. Sigue sin ser recomendable adentrarse de noche por algunos sitios, pero durante el día, la ciudad es bastante segura, aunque inabarcable.

De momento, hemos asentado nuestros reales en Santa Mónica, la playa de los vigilantes de la ídem. Ahí están los puestecitos de madera en los que Pamela solazaba su silicona. Nos hemos remojado los pies en una playa inmensa, buscando los cuerpos cincelados a base de gimnasio y quirófano que salían en la serie, pero nos hemos llevado una decepción. Por lo visto, de un tiempo a esta parte, la glamourosa playa de Santa Mónica ha sido conquistada por la comunidad hispana. En lugar de tetas operadas y musculitos hormonados, sólo vimos a familias mexicanas típicas que ofrecían un espectáculo mucho más interesante y pintoresco: abuelas persiguiendo con la merienda en la mano a un nieto que huye con el culo al aire, chavales más preocupados por hacerse aguadillas que por impresionar a la reina del baile de graduación sobre una tabla de surf, y carcajeantes maridos que se sacuden una semana de infernal rutina laboral contando chistes verdes. Sólo la omnipresente bandera estadounidense te recordaba en qué país estabas.

Para encontrar a anglos típicos hay que adentrarse unas calles tierra adentro. La zona comercial de Santa Mónica está pensada para su disfrute: tiendas caras, restaurantes de postín y coctelerías con aparcacoches. He aquí el viejo y tópico Los Ángeles que andábamos buscando. En la peatonalizada calle 3 se concentra la animación del fin de semana, en la que no faltan los Hare Krishna, unos veganos que exhiben fotos de mataderos industriales frente a una hamburguesería, unos judíos que preguntan a quien pasa por ahí si es judío (me lo preguntaron, lo juro), para recordarles que están violando la santidad del sabath, y hasta un tipo que ofrecía 250.000 dólares a quien demostrara empíricamente que dios no existe.

Pero el protagonismo se lo llevaban dos personajes de ficción: David Beckham y Harry Potter (ofrezco 250.000 dólares a quien me demuestre que Beckham no es un personaje de ficción). Un gimnasio molón da la bienvenida al futbolero, que se incorpora al equipo local con un partido contra el Chelsea, pero Beckham no tiene tanto poder de convocatoria como Harry Potter, cuya última novela salía a la venta a medianoche. A las ocho de la tarde, una gran chavalería se apelotonaba en la puerta de un Barnes and Noble (la cadena de librerías más famosa de Estados Unidos) que ofrecía una fiesta a medianoche. Y, como siempre que hay una multitud en este país, no faltan los locos, que acuden a ella como las moscas a la miel. Frente a la cola, un tipo con cara de amargado y un sombrero con la bandera de Estados Unidos sostenía un cartel con la leyenda: "Pregúntame qué tengo en común con J. K. Rowling". Sé por experiencia que nunca se debe dar coba a este tipo de individuos, así que pasamos, pero Cristina jura que le oyó increparnos "pregúntame", así, en castellano, cuando nos vio parados junto a él charlando en nuestro idioma. Ganas de hablar que tendría el hombre.

La animación real estaba, sin embargo, en el muelle. Si en las calles peatonales, los pijos anglos cortan el bacalao con sus aparcacoches y sus espanta-indigentes, el muelle de madera que se adentra en el Pacífico y que tiene un parque de atracciones encima es para los hispanos. Allí fuimos, a fundirnos en su colorida juerga, mucho más expansiva y divertida que el orden Wasp. Al final del muelle, en plena noche, decenas de mexicanos tiraban sus cañas de pescar al océano, y nosotros les observábamos junto a una multitud acostumbrada ya a este rito. Subimos con ellos a la montaña rusa del parque de atracciones y, por un instante, nos contagiamos de su alegría latina, tan familiar y rocera. Hacía una noche preciosa y las luces de Los Ángeles teñían el cielo de un rojo pardo. Hemos tenido un buen desembarco en esta ciudad.

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