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El Blog de Sergio del Molino

ERROR DAY

ERROR DAY

Tengo una amiga, compañera de un par de aventuras latinoamericanas, que ha sentado cátedra con su teoría sobre el "error day". Todos los que hemos viajado con ella asumimos el planteamiento como axioma irrebatible. En cualquier viaje, siempre hay un "error day". Nunca sabes cuándo te va a tocar ni la intensidad con la que te va a azotar (si te viene mal dado, te puede amargar el viaje entero). Generalmente, es flojo y llevadero, pero no te libras de él nunca. Es el peaje del viajero: una decisión equivocada, un mal guiño en una aduana, una comida exótica que te provoca diarrea... El nuestro creo que ha sido hoy. La estadística es infalible y ya iba tocando. Esperemos que se quede sólo en un "error day" y no acumulemos varios.

La verdad es que ha sido una tontería, pero hemos perdido medio día. Al ser sábado -es decir, no laborable; es decir, sin atasco en las autopistas-, pensamos que sería buena idea acercarnos a San Diego, que está a dos horas de Los Ángeles, y pasar un día agradable en una ciudad que, al parecer, intenta sacudirse la imagen de beatitud residencial y se empeña en demostrar al país que también tiene cosas que hacer y que decir en el terreno de la cultura. Perfecto. Arrancamos el Mustang y enfilamos la San Diego Freeway dirección sur. Pero no tuvimos en cuenta que el sábado también puede haber atascos. Y muy gordos. Los millones de mexicanos que viven por aquí van a pasar el fin de semana a su pueblo y colapsan el camino hacia la frontera. Literalmente colapsado. Hemos perdido la mañana entera casi parados en una autopista de cinco carriles por sentido. Finalmente, hemos desistido y hemos dado media vuelta hacia Los Ángeles. Los carriles de regreso iban más descargados, pero la entrada a Los Ángeles ha vuelto a estancar el tráfico. Al final, hemos pasado más de cuatro horas en el coche para no ir a ningún sitio. Nos hemos desesperado y nos hemos cabreado con el mundo entero.

Lo del tráfico en esta ciudad no tiene nombre. Como cada ciudadano tiene varios coches, parece que los usa a la vez y el transporte público es inoperante y muy caro, las autopistas no dan abasto. Con muchas penalidades, hemos alcanzado Hollywood, nuestro destino alternativo, pero para entonces estábamos demasiado hechos polvo como para entonar estrofa alguna de Good Night, Hollywod Boulevard, de nuestro querido Ryan Adams. Dejar el coche cerca de Hollywood Boulevard ha sido salir de Málaga para meterse en Malagón. Para ser una ciudad que vive por y para el coche privado, ponen muy difícil el asunto del aparcamiento. En fin, son detalles a tener en cuenta para futuros viajeros: en Los Ángeles, el coche es imprescindible, pero conviene armarse de paciencia.

Cuando hemos desembarcado en Hollywood, estábamos hambrientos y desganados a la vez, y sólo nos ha alegrado un poco ver y tocar las huellas de Humphrey Bogart frente al Teatro Chino, al ladito del Kodak Theater, el de los Oscar. Ése es el único tramo tomado por los turistas, que se hacen fotos con tíos vestidos de Darth Vader o del asesino de La matanza de Texas a cambio de un par de dólares. Hay mucha animación, con músicos callejeros y tipos que te venden planos de Los Ángeles con las casas de las estrellas marcadas con una equis. Es pintoresco y gracioso, pero el resto de Hollywood Boulevard es sucio y casi sórdido. Las tiendas son del tipo "Modas Mercedes", no hay un garito digno donde abrevar ni comer algo que no sea un taco y, en lo que para mí es el detalle más hermoso y decadente de la zona, se suceden las salas de cine cerradas o abiertas a medio gas, proyectando reestrenos a horarios golfos.

En la esquina con Vine Street, donde en los tiempos dorados de Hollywood se decía que bastaba apostarse cinco minutos para ser contratado por un productor o un director, hay un gran cartelón del programa de Piolín, la estrella de la radio en español, con millones de oyentes. El lema del anuncio es "We espeek english tú!", acompañado por el siguiente bilingüismo: "Frijoles refritos: Free Holes is Reef Free Toes". Poder latino en el viejo boulevar de los sueños. No rotos, simplemente voladizos. Al fondo asoman las letras de Hollywood en el monte cercano, como un recuerdo de otros tiempos.

De hecho, el East Hollywood, que empieza en esa esquina, es feudo chicano, y es difícil ver un letrero en inglés o escuchar una palabra del idioma de Shakespeare. En Central Hollywood, donde está el Teatro Kodak, es menos apabullante su presencia, aunque también se deja notar. Casi enfrente del teatro de los Oscar hay una iglesia evangélica ubicada en un antiguo cine. Ahora usan la cartelera para anunciar los sermones y colgar mensajes redentores. Entre ellos, destacaba el siguiente, en castellano: "¡Milagros de ayer, hoy!". Un reclamo digno de Cecil B. De Mille.

El Mustang nos ha llevado por un Sunset Boulevard irreconocible para quienes amamos la obra maestra de Billy Wilder. Hemos pasado sin parar frente al Whisky a Go-Go y nos hemos adentrado en el suntuoso Beverly Hills. Pero no nos quedaban ganas de parar. Hemos decidido dejar pendiente para otro día un recorrido por las mansiones que hemos entrevisto y uno o dos copazos en el histórico garito rockero.

Foto: las manos de Humphrey.

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3 comentarios

Chelita -

Sergio, no te olvides de visitar el Rainbow, un antro rockero cuyo más célebre parroquiano es nada más y nada menos que el viejo y entrañable Lemmy (si te lo encuentras foto por favor)

S. del Molino -

Jajajaja. Muchas gracias, Antón, me has puesto colorada. En la barba me caben menos cosas ahora, que la llevo más corta que de costumbre. Abrazos mil!

Antón -

Querido Sergio:

Magnífico viaje, evocador y vivido hasta sus últimas líneas, y qué estupendo libro de viajes estás escribiendo.

Enhorabuena por tanta aventura y tanta vida contada con fluidez y pasión. Y esa ironía y conocimiento que el cielo ha metido entre tus barbas. Un abrazo. Antón
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