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El Blog de Sergio del Molino

DE PRETTY WOMAN A L. A. WOMAN

DE PRETTY WOMAN A L. A. WOMAN

Esas dos canciones podrían haber puesto banda sonora al día de hoy en Los Ángeles, con unos corridos mexicanos en medio. Sólo así podría bailarse una jornada que ha empezado en las tiendas donde se abastecen de lujo los mandamases del planeta y ha terminado con una batucada hippie en la playa. De lo primero, hagan el favor de notar el nombre que figura en la tercera línea de la foto, dos líneas por debajo del de Arnold Schwarzenegger: His Majesty King Juan Carlos. No, no es un listado de cargos públicos mundiales, ni los cromos que le faltan a alguien para completar su colección de la jet-set. Es la lista de clientes VIP de una sastrería exclusivísima de Rodeo Drive, en Beverly Hills. Y ahí tenemos a His Majesty (Our Majesty). Quizá en este país todavía no se han enterado de que nuestro rey es un tipo campechano y rocero. He estado por preguntar en la sastrería si His Majesty había encargado esta semana algún modelo para consolarse del disgusto vivido con El Jueves.

Pero bueno, basta ya, qué maleducado soy. ¿Qué hago hablando de tonterías cuando hay un viaje por contar? Decía que el día ha empezado en Rodeo Drive y en las mansiones de Beverly Hils. Se podía comer en las aceras de lo limpias que las tenían. Hasta el asfalto de la calle relucía casi tanto como el dorado de los letreros de las tiendas. Un pijerío supino, unos escaparates de a millón y unas limusinas que no podían ni doblar la esquina de tan largas que eran. Notaba a la tarjeta de crédito temblando en la cartera, y he tenido que sacarla y reconfortarla con caricias: "Tranquila, visita bonita, que no te voy a hacer entrar en ninguna de estas, que aquí no se conformarán con dejarte en pelotas, sino que te arrancarán la piel a tiras y se harán un bolso de Prada con ella". Resulta gracioso pasear por el escenario de Pretty Woman, pero no emociona mucho. Si por lo menos nos hubiéramos cruzado con algún famoso... Pero lo más cerca que hemos estado de la jet es cuando nos hemos zampado un bocadillo en un garito que, al parecer, frecuentan Eva Longoria, Jessica Alba y Hugh Laurie, a juzgar por las dedicatorias que lo empapelan. El bocata estaba bueno, gracias. Digno del catering de una guest star.

Hemos dejado a los pijos con sus cosas de pijos y le hemos pedido al Mustang que nos llevara al centro, a la parte de la ciudad que los americanos llaman "pueblo bajo" (downtown). És la única zona de Los Ángeles con rascacielos, y el skyline que se divisa desde la autopista recuerda al de Manhattan, pero con dimensiones mucho más reducidas. De lejos, parece un distrito financiero al uso, con sus yuppies y sus cafés de diseño, pero cuando te sumerges en las calles que quedan justo al sur del Ayuntamiento te llevas una buena sorpresa. Idea para una peli: los ejecutivos de Wall Street huyen de los rascacielos como perras asustadas por alguna extraña razón y su lugar lo ocupan miles de mexicanos que inundan el lugar con rastrillos de bisutería y ropa barata. No es ficción, es lo que parece que ha sucedido en el centro de Los Ángeles.

Formado por rascacielos con sabor de los años 20 y 50, con portales suntuosos y fachadas art-decó, la vista hacia arriba parece Manhattan, pero, a pie de calle, me recuerda a cualquiera de las ciudades mexicanas que pateé hace dos años. Los locales se han parcelado hasta el minifundio del tenderete, conviertiendo la zona en un foco hispano lleno de sabor y colorido. El inglés ha sido barrido del lugar y abundan las joyerías-casas de empeño al lado de las iglesias evangélicas que prometen salvación. Estas últimas se han instalado en viejos cines cerrados, y aprovechan las marquesinas en alero para anunciar consignas, al igual que ocurre en Hollywood. Sólo el edificio de Los Angeles Times permanece al margen de la mexicanada. Al norte, junto al Ayuntamiento, sobreviven cuatro o cinco manzanas de rascacielos que siguen siendo las oficinas de las grandes empresas de Estados Unidos. Da la impresión de que se repliegan ante el poder hispano.

A unos veinte minutos andando desde ahí se encuentra otro lugar digno de visitar: Little Tokyo. De repente, el español deja paso al japonés, y la usura y la miseria se convierten en sushi y minimalismo oriental. Es una de las colonias japonesas más grandes de Estados Unidos y, aunque no tiene ni de lejos el encanto de los Chinatown de Nueva York o San Francisco, los carteles en japonés y las escuelas con forma de templo son casi tan chocantes como el barrillo hispano en los bajos de los rascacielos. Por lo demás, es muy residencial y hay poco que hacer en el vecindario.

Por la tarde-noche, había que desintoxicarse de las vivencias del día, y decidimos visitar la playa de Venice, justo al sur de la de Santa Mónica, donde nos alojamos (nota para amantes de la novela negra, los demás pueden saltársela: Santa Mónica es la corrupta y peligrosa Bay City, donde Raymond Chandler sitúa la acción de Adiós, muñeca. Tengo un recuerdo algo asfixiante de esa lectura, porque los coches de policía del malvado sheriff no hacían más que subir y bajar los acantilados de la ciudad, y yo me mareaba un poco. He de decir que el asunto de los acantilados está mejor resuelto ahora que cuando se escribió la novela).

Venice tiene una historia muy curiosa. Empezó siendo un empeño particular de un millonario, que quería construir una réplica de Venecia al sur de la que entonces ya era la playa preferida de las estrellas de Hollywood, Santa Mónica. El tipo excavó canales, puso nombres italianos a las calles y empezó a levantar aquello con la intención de que se poblara de artistas y gente guay, enamorada de la belleza de su engendro urbanístico. Como es lógico, sólo logró engañar a un par de horteras con un gusto tan pésimo como el suyo, y la ciudad fue abandonada. En los años 50, casi nadie vivía ahí, los canales se habían secado y el viento ululaba en las ruinas. Por eso, a Orson Welles le pareció un lugar perfectamente desolado para rodar Sed de mal. Esa Venice ruinosa es la ciudad corrupta y fornteriza donde languidece Marlene Dietricht. La cosa quedó ahí y, años después, algunos hippies y otros ciudadanos, espoleados por los altos precios del resto de playas de Los Ángeles, fueron repoblando y recuperando Venice. Hoy es uno de los lugares más animados de Los Angeles (hasta las ocho de la tarde, cuando todo el mundo se da el piro y aparecen los camellos y las bandas), y el paseo marítimo recuerda a Camden, a Haigh-Ashbury o a la plaza de Cascorro un día de Rastro (hace mucho que no voy a la plaza de Cascorro un día de Rastro, perdonadme la comparación).

En la playa, un grupo de espontáneos había montado una batucada. Hippies de ayer y de hoy bailaban extasiados, puestos hasta las orejas, entre una nube de humo de marihuana que olía a kilómetros. ¿Volvíamos a los 60? Un coche de la Policía vigilaba discretamente unos metros más allá, sin involucrarse, pero sin dejar que aquello se desmadrara. La juerga ha seguido hasta la terrible y noctámbula hora de las ocho de la tarde, cuando el sol se ha puesto (aquí anochece muy temprano) y la gente se ha esfumado como el humo de la marihuana. Venice se ha quedado desierta y casi todos los garitos han cerrado. Dicen que a esa hora aparecen los pandilleros a hacer sus cosas por ahí. No nos hemos quedado para comprobarlo, y sólo hemos alcanzado a ver cómo los omnipresentes mendigos -ya he hablado de que los homeless están por todas partes- tomaban posiciones para pasar la noche en la playa. Llamadnos cagones, pero mi madre me dijo que me alejara de los pandilleros.

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2 comentarios

Diego de Rivas -

Me quedo con Pretty Woman, ¡qué carajo!

Saludos y gracias

anro -

Hi boy¡
Este fin de semana he tenido una tertulia con gentilla del gremio, acompañada de las correspondientes birras, en la que nos hemos "deleitao" releyendo tus sabrosas "American reports". Me he tomado la libertad de poner tu enlace en mi blog para que este grupillo canario pueda seguirte. Oye, estoy totalmente de acuerdo que el "Caso Jueves" es algo siniestro. A mí me ha traído recuerdos que creía enterrados. Como dicen en mi tierra "¡Lagarto, lagarto¡"
Un abrazote.
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