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El Blog de Sergio del Molino

LEYENDAS URBANAS

LEYENDAS URBANAS

De entre los libros que me he traído del otro lado del charco destaca esta divertida y exhaustiva Enciclopedia de Leyendas Urbanas, de Jan Harold Brunvand, donde se desentrañan, de la A a la Z, los hitos de este género de narración oral. El autor recoge fundamentalmente las que circulan en los países angloparlantes, especialmente en Estados Unidos, pero hace algunas catas en Francia, en Argentina, en Dinamarca y en Suiza. No hay ninguna genuinamente española, pero muchas de las que se recogen circulan por España con variantes locales, como la de la teta de silicona que le estalló en pleno vuelo a Ana Obregón o a Marta Sánchez (según versiones) o la de Miguel Bosé o Ricky Martin que aparecen en una sala de Urgencias con una botella metida en sus respectivos culos. Ambas se relatan también en Estados Unidos con celebridades de allí y probablemente tengan su origen en California. No se menciona en ningún sitio la leyenda urbana de la mermelada en el programa Sorpresa, sorpresa, pero habla de casos parecidos en la televisión americana. Por ejemplo, hay muchos estadounidenses convencidos de que el actor Tom Selleck se mofó e insultó a un concursante de raza negra en directo durante el célebre concurso Pyramid. Nunca sucedió y, por tanto, nadie lo vio, pero todo el mundo en USA tiene un vecino de un pariente que lo vio con sus ojillos.

Las leyendas urbanas son fascinantes, y Jan Harold Brunvand es un experto dotado con sentido del humor, por lo que su lectura es como el Cola-Cao: alimenta, refresca y divierte a la vez. No aclara por qué circulan tantas leyendas y por qué nos gusta tanto chismorrear. En definitiva, por qué somos tan ingenuos. Pero lo que está claro es que no hay ninguna mente perversa que las elabore conscientemente: las leyendas urbanas se difunden accidentalmente, con retazos del imaginario colectivo, y reflejan los miedos y las debilidades de las sociedades en las que circulan. A veces, Brunvand ofrece una interpretación psicoanalítica de algunas de ellas, que muchas veces parece demasiado forzada y, otras, demasiado obvia. Yo creo que es más lógico explicarlas por la función social que cumple cada relato que por su significado interno, que puede ser más discutible y variar mucho en función de la lupa ideológica con la que se mire. Lo que para unos puede ser una clara sublimación de un tabú, para otros puede significar la opresión secular que la falocracia impone a las mujeres. Pero ambos pueden coincidir en que la función de esa leyenda es mantener las cosas dentro de un orden pactado y alertar a las jovencitas de los peligros de explorar los límites de la conducta. Las leyendas urbanas no dejan de ser fábulas con moraleja.

¿Cómo identificar una leyenda urbana? Muy fácil: son relatos perfectos y previsibles, que siguen una lógica narrativa impecable, demasiado impecable para lo que suele depararnos la realidad. Pero, sobre todo, son relatos protagonizados por personas cercanas e inaccesibles a la vez: siempre le ha sucedido a una amiga de la cuñada de mi vecina, pero nunca -salvo cuando se trata de celebridades- le pasa a una persona con nombre y apellidos. Son historias imposibles de contrastar, pero que suenan verosímiles porque reflejan un miedo real, por eso son leyendas urbanas.

Y las hay a porrillo. A veces, su impacto es tan fuerte, que los propios afectados pasan de negarlas y se suman al circo. Es el caso del departamento de Sanidad de Nueva York que, pese a que está harto de desmentir la leyenda de los cocodrilos que pueblan las alcantarillas de la ciudad, vende camisetas y merchandising con dibujos de reptiles reptando por las cloacas. El libro rastrea el posible origen de cada historia, y muchos de ellos se remontan varios siglos atrás y han viajado de unos continentes a otros. El autor lo documenta cuando le es posible y se empeña en demostrar la falsedad de la leyenda. A veces, algunos periodistas minuciosos se le han adelantado y él remite a sus trabajos. Son muchos los juntaletras de periódico que se han dedicado a desmontar estos mitos y, aunque parece que esa debiera ser nuestra obligación -contrastar, contrastar, contrastar-, lo cierto es que actuamos muchas más veces como propagadores de infundios que como esclarecedores. Muchos de los periodistas consultados por Brunvand rematan su conclusión así: "He hecho 100 entrevistas y no he encontrado un solo indicio fiable o no he dado con un testimonio de primera persona. Creo que es suficiente para desmentirlo".

En España y en el periódico donde echo las tardes, la redactora de sucesos Marta Garú dedicó mucho tiempo y esfuerzo en desmontar una de estas leyendas. Corría y corre la especie de que los skin heads rematan sus agresiones con "la sonrisa del Jocker"; es decir, seccionando con una navaja las mejillas de la víctima, "prolongando" la abertura de los labios hasta casi la patilla. Hay mucha gente convencida de que esto es así, y hace unos años, cuando se sucedieron varias agresiones skin en Zaragoza, circularon muchos relatos aterradores en ese sentido. Marta Garú decidió investigar el tema para un reportaje. Movilizó a todos sus contactos en la Policía, en los hospitales, en los colectivos de izquierdas y de homosexuales que reciben agresiones neonazis... Sólo le faltó ir puerta por puerta preguntando. Tras varias semanas de búsqueda, no sólo no encontró ninguna víctima de la "sonrisa del Jocker", sino que no halló un solo policía, médico o transeúnte de la ciudad que hubiera atendido a uno de estos pobres desgraciados. Ni atestados policiales ni informes médicos. Nada. Sólo un relato que corría de boca en boca (nunca mejor dicho) y que, a lo mejor, sólo estaba dando ideas a los skin head, a los que no se les había ocurrido esa modalidad de maltrato. En fin, no es que los cabeza rapadas sean unos angelitos. Probablemente, la realidad de sus palizas supera en crueldad a la "sonrisa del Jocker", pero esa sonrisa, en concreto, era un camelo.

Las leyendas urbanas, aunque muchas veces son divertidas y estudiarlas puede resultar un pasatiempo agradable, son un mecanismo de control social como otro cualquiera: mantienen alto el nivel de miedo, cohesionan a los grupos en torno a sus cómodos estereotipos y ahorran a quien las consume y las propaga el molesto trabajo de reflexionar y conocer el mundo que le rodea. Las leyendas urbanas atrincheran a la gente en sus refugios y les convencen o les reafirman -malparafraseando a Sartre- en que el infierno son los demás. Por eso, reírse de ellas es la mejor forma de disfrutarlas sin caer en su trampa. En cualquier caso, si veis a una chica en una curva de una carretera secundaria una noche sin luna, acelerad y no la recojáis (por cierto, que en la enciclopedia viene una variante mexicana de "La Chica de la Curva", llamada "La Llorona". Escalofriante).

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7 comentarios

Marta -

Me encantan las leyendas urbanas! No sabía que eso de la sonrisa lo fuera... De hecho, una vez vi a un chaval (pero en Barcelona, no en Zaragoza) con dos cicatrices a los lados de la boca y me quedé acojonada. Pobre hombre, igual era cualquier otra cosa.

El futurible ingeniero -

Un factor importante, que no has mencionado, es el gusto que da meterle una bola a alguien. Tengo un amigo que es un verdadero especialista.

S. del Molino -

Gracias, Cide.
Efectivamente, la profesionalidad es un bien escaso, pero no sólo en el periodismo. Sucede que, al ser esta una profesión de escrutinio público, los chapuzas no andan escondidos en un cubículo, sino que derraman sus chapuzas por todo el orbe. En el libro que comento sobre leyendas urbanas se citan algunas informaciones publicadas por agencias y periódicos "de prestigio", que no son más que reproducciones acríticas de viejas leyenas urbanas. En fin, la presión por conseguir un titular, las prisas, la precariedad y las ganas de relumbrón que tienen muchos advenedizos provocan este tipo de cosas. Pero en mi profesión sigue habiendo gente estupenda capaz de aplanarse las dos orejas al teléfono para comprobar la veracidad de un dato.

Cide -

Mira, aquí muestran la última: muchos periódicos dicen que la revista secuestrada de El Jueves se paga a 2500€. Pues toma análisis de la noticia: http://personales.ya.com/josumezo/malaprensa/2007/07/contra-el-vicio-de-pedir.html

Sergio, no nos hagas nunca esto en el Heraldo, que se nos caería el mito. Ese lema de "no dejes que la realidad te estropee una buena noticia" sólo debería valer en EE.UU. que nos dejen aquí de tonterías.

Cide -

Aunque comente menos, sigo leyéndote gustoso. Te quiero recomendar esta página:

http://curiosoperoinutil.com/

Tiene una sección de leyendas urbanas desmontadas a menudo de manera bastante científica.

http://curiosoperoinutil.com/category/leyendas-urbanas/

A veces las leyendas urbanas comienzan con malos datos de los periódicos o, peor aún, de los políticos. Aún recuerdo esa noticia que corrió de que había dos millones de maltratadas en España. Lo dijo toda una ministra, qué horror.

http://malaprensa.com

S. del Molino -

Joder, qué quisquillosa. Está feo eso de restregar regalos.

Por alusiones -

No, nada, sólo quería recordarte que el libro en cuestión te lo has traído de EE UU, pero porque te lo regalé yo. Sin más...
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