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El Blog de Sergio del Molino

Y AHORA, ANTONIONI

Y AHORA, ANTONIONI

Se ve que en las residencias de las viejas glorias del cine, alguien se ha olvidado de regular los termostatos, y uno tras otro, sus delicados y arrugados cuerpos van sucumbiendo a la canícula. Ayer se supo que le ha tocado a Antonioni, un día después de que se despidiera Bergman.

Aunque de innegable y poderosísima influencia para todos aquellos cineastas que han hecho de la exploración de lo cotidiano su obsesión visual y temática (pienso, por ejemplo, en el sosiego y la templanza de Fernando León de Aranoa), el cine de Antonioni ha envejecido mucho peor que su autor, que ha llegado a acariciar el siglo de vida. Sus pelis fallecieron hace mucho más tiempo y, salvo algunas secuencias, no se han contagiado de la pátina que convierte una obra en clásica. En un sentido muy distinto al de Bergman, Antonioni se ha quedado en una vuelta del camino de un mundo estético que nada nos dice hoy. A su amiguísimo Visconti le ocurre algo parecido. Sin embargo, ambos tienen dos momentos gloriosos que les salvarán para la posteridad y que -creo- seguirán emocionando en el siglo XXXXI, si existe la humanidad para entonces. En el caso de Antonioni, esa Jeanne Moreau aleteando por La noche. En el caso de Visconti, esas dos cumbres de Burt Lancaster: aquella en la que le dice al emisario del nuevo gobierno "Io sonno il Gattopardo", y aquella otra en la que se mira al espejo al final del tedioso baile del palacio. Por lo demás, su esteticismo y sus obsesiones formalistas son una barrera muy alta para nuestras enanas percepciones. El espectador de ahora necesita una pértiga enorme para saltarlas y, generalmente, lo que encuentra al otro lado -inhibiciones católicas, hedonismos incomprensibles para quien no haya vivido en una cueva o en una celda de clausura, ranciedades anteriores a la popularización del preservativo- revela que el salto no ha merecido la pena.

De Antonioni me queda la difícil relación que mantuvo con Julio Cortázar. Una de sus pelis más vistas y alabadas, Blow up, es una adaptación del cuento Las babas del diablo, de mi querido argentino. A Cortázar le pareció que Antonioni había defecado sobre su texto, lo había prendido fuego y lo había pisoteado después. Esto se debe a que Blow up, más que una adaptación, es una obra diferente inspirada -casi se pude decir "vagamente inspirada"- en Las babas del diablo, un texto, por lo demás, prácticamente imposible de traducir a lenguaje cinematográfico, pues es casi pura tura. El cuento, estructurado como un juego de espejos, narra un episodio turbador y violento capturado por un fotógrafo aficionado al final de la isla de San Luis en París, con Notre Dame al fondo. La intriga y el misterio vienen dados porque no se sabe quién es el narrador, y si el narrador está muerto o vivo. Sin embargo, Antonioni se llevó la acción a Londres, y desmadró las sutilezas de la intriga en una apoteosis erótica al estilo de la época.

La peli, vista hoy, resulta soporífera, pero tiene el aliciente de que en ella aparecen retratados -en carne mortal- los protas de la movida londinense posterior al Summer of Love, esos rockeros de la psicodelia y del rock progresivo. En una escena aparece un jovencísimo Jimmy Page tocando con The Yardbirds, la formación precursora de Led Zeppelin. Pero, salvo por ese valor testimonial, Blow up resulta, como digo, un tostón, incluso para un aficionado al rock de la época como servidor.

Así que, lo dicho: Antonioni acaba de dejar el mundo ahora, pero sus pelis lo abandonaron hace más de 20 años, como un mal desodorante. Descansen en paz ambos maestros, y esperemos que se detenga aquí la ola de fallecimientos.

PS: Para que nadie me haga puntualizaciones. He dicho que los planteamientos de Antonioni resultarán incomprensibles para quien no haya vivido en una cueva o en una celda de clausura, pero me he olvidado de reseñar un colectivo al que a lo mejor le iría bien tragarse un ciclo del italiano. Me refiero a los pobladores de esas aldeas vasco-navarras que rellenan una ruptura en el contínuo espacio-tiempo donde no tuvo lugar la revolución industrial, y la sexual se redujo a la implantación -en euskera- del método Ogino. Sí, hombre, esos pintorescos rincones de la geografía peninsular donde creen que Epilady era la mala de Los tres mosqueteros y los fabricantes de refajos encuentran todavía un nicho de mercado. La retrospectiva de Antonioni debería celebrarse allí. Al fin y al cabo, son nuestros sicilianos.

Un abrazo a mis grandes amigos navarros.

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