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El Blog de Sergio del Molino

EL HURACÁN EMILY

EL HURACÁN EMILY

Más batallitas del abuelo. Ahora que andan de huracanes en el Caribe, no sé si he contado que yo viví un huracán en México hace dos veranos. Si ya he relatado la historia, mil perdones, pero en esta calurosa tarde dominguera no se me ocurre nada mejor de lo que escribir.

Viajábamos por el Yucatán y veníamos del sur de la Península, en nuestra última semana de viaje. Subíamos por la costa oriental en dirección a Cancún, de donde saldría nuestro vuelo de regreso a España unos cuantos días después. Cansados después de recorrer Chiapas, buscábamos un sitio playero sin multitudes donde esquilmar el stock local de cerveza. Llegamos a Tulúm con la intención de alquilar un par de cabañas "hippie style", pero cuando llegamos, el dueño de las cabañas nos dijo que sólo nos podía alquilar una noche: "Mañana van a evacuar esto por el huracán, ¿saben?". ¿El huracán?, ¿qué huracán?, nos preguntamos. Qué cosas tienen estos mexicanos. Alguien compró un periódico del día, cuyo titular de portada decía, en letras monstruosamente enormes: "ALERTA MÁXIMA. El huracán llega a la costa con fuerza cinco". Habíamos pasado los días anteriores sin prensa ni tele, casi aislados, y no sabíamos que nos dirigíamos al lugar por el que el ciclón Emily iba a entrar en el Yucatán.

Nos sorprendió que los lugareños estaban, por lo general, bastante tranquilos. La pachorra que da la experiencia, supongo. Pero las autoridades tampoco parecían esmerarse mucho para que se espabilaran: la tele emitía informativos apocalípticos, pero apenas había información oficial sobre qué hacer o adónde ir. Al final, alguien nos aconsejó refugiarnos en el interior, y nos marchamos a Valladolid, una ciudad del tamaño de Huesca en el centro de la península que estaba recibiendo un montón de evacuados. De chiripa, encontramos sitio en el segundo hotel en el que preguntamos. Las plazas hoteleras se agotaron poco después, y los siguientes españoles que nos encontramos tuvieron que refugiarse en los pabellones de las escuelas. Ésa hubiera sido nuestra suerte si hubiéramos llegado un par de horas más tarde.

En Valladolid, la gente se tomaba el huracán como una juerga. Era verdad que los comercios protegían sus vidrieras con tablones y que muchas casas estaban cerradas a cal y canto, pero la plaza estaba más animada que nunca. Nadie tenía ganas de buscar refugio y, por supuesto, nadie quería perder la oportunidad de burlarse del reportero de Televisa que esperaba en la plaza a conectar en directo con el informativo nacional. El hombre aguantó el tipo pese al pitorreo que se traían con su persona.

Los vendedores del mercado de antojitos de Valladolid se pusieron las botas sirviendo tacos y quesadillas a todos los refugiados y el paso de la furgoneta del Estado que, a través de un altavoz, instaba a la población, en español y en maya, a refugiarse y a no salir de casa bajo ningún concepto, provocaba las burlas y las risas de todos. Parecía que, más que a una catástrofe, estaban esperando la llegada de los Rolling Stones.

Emily se retrasaba y tocó tierra horas después de lo previsto. Cuando Televisa conectó con el corresponsal en Cancún, apenas se oía nada, porque el viento y la lluvia tapaban la crónica. Sin embargo, en Valladolid lucía un sol maravilloso y nosotros esperábamos a Emily nadando tan ricamente en la piscina del hotel. Nos preocupaba tanta indolencia y nos mosqueaba mucho que la dueña del hotel, decorado al estilo colonial, no hubiera guardado el mobiliario piscinero ni hubiera asegurado los faroles de forja que colgaban de los arcos y que podían salir despedidos. Alguien le comentó la conveniencia de prepararse para lo peor, y la señora respondió: "Ustedes tienen miedo porque no han vivido un huracán, pero ya verán que sólo es lluvia y viento fuertes". Y se quedó tan pancha. Habría que ver qué respondería en caso de incendio: "No se preocupen, que es sólo fuego". Hasta entonces, no sabía que la obviedad podía utilizarse como defensa tranquilizadora.

La verdad es que, por suerte, Emily no causó víctimas. Pasó por encima de nosotros con fuerza reducida, de madrugada, y sólo alcanzamos a oír el viento que agitaba fuertemente los árboles. Por la mañana pudimos comprobar que no sólo los había agitado, sino que los había derribado por completo. La ciudad estaba patas abajo y las calles, llenas de barro, cristales y desperdicios. Pero la destrucción fue mucho mayor en el campo: cuando enfilamos la carretera hacia Cancún, vimos que la selva yucateca entera se había venido abajo. No había un solo arbol en pie. Y cuando digo árboles digo también postes de luz y de teléfono. Playa del Carmen, la ciudad por la que entró Emily, estaba inundada e impracticable, sin ningún tipo de servicio mínimo indispensable. En Tulúm, el restaurante en el que habíamos cenado era un montón de madera en el suelo de la playa, y en Cancún no había suministro eléctrico en casi ninguna zona de la ciudad. No parecía haber prisa por retirar los árboles de las carreteras ni por volver a poner en pie las infraestructuras destruidas. Se insistía mucho en que no había habido muertos. Lo demás era secundario, y la vuelta a la normalidad podía esperar. 

Al poco de volver nosotros a España, pasó un segundo huracán, el Katrina, pero ése no fue tan benévolo como el que nos tocó en suerte. Espero que el Dean resulte, por lo menos, tan inofensivo como Emily. Con un terremoto tenemos ya bastantes desgracias naturales en Latinoamérica por este verano.

Foto: una gasolinera, en el suelo, tras el paso de Emily.  

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