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El Blog de Sergio del Molino

FRANCISCO NÁJERA, BOXEADOR

FRANCISCO NÁJERA, BOXEADOR

Al igual que las cadenas de televisión, yo también tengo derecho a rellenar el verano con refritos. Así que abro el archivo y recupero al boxeador de la industria petrolera rusa, un reportaje que publiqué en Heraldo Domingo en 2004, no recuerdo la fecha exacta. Andaba por entonces empeñado en encontrar a un niño de la guerra con una historia peculiar, y lo encontré en un piso del barrio de Delicias. Su historia, que es la de muchos, me conmovió. Por eso la traigo al blog. La foto es de María Torres-Solanot.

 

 

UN BOXEADOR ESPAÑOL EN LA ESTEPA RUSA

Son los mayores olvidados de la guerra civil española. Los libros les dedican apenas unos párrafos; las películas documentales, un par de planos. Un tren partiendo, un barco alejándose. Pañuelos, lágrimas y adioses. Sólo ahora han logrado ocupar el centro de la foto, cuando apenas quedan unos pocos centenares con vida.

Los ‘niños de la guerra’, aquellos que el Gobierno republicano sacó de España en 1937 y 1938, son hoy ancianos que viven sin ruido, inadvertidos en los barrios de cualquier ciudad. Salvo unos pocos casos, sus vidas de leyenda encaran discretas el último tramo, entre fotos y recuerdos de los países que les acogieron.

Francisco Nájera, el boxeador que se midió con los temibles y rudos obreros de la industria petrolera soviética y les venció, es uno de ellos. Hoy, en un piso del barrio de las Delicias de Zaragoza, conserva en cajas de latón los centenares de fotos y de papeles que generaron los casi veinte años que vivió en la URSS.

Francisco Nájera nació en Pasajes (Guipúzcoa) en 1929, y es el tercer hijo de una familia de obreros vascos. Por tanto, el 18 de julio de 1936 tenía siete años. Al arreciar la ofensiva franquista sobre el País Vasco en los primeros meses del conflicto, su madre buscó refugio en Bilbao. Allí vivieron el bombardeo sobre Guernica, que provocó una encendida reacción internacional, tras la cual numerosos gobiernos se ofrecieron para acoger a los indefensos niños el tiempo que durasen las hostilidades. Desde comienzos de 1937, Bilbao sufrió continuos bombardeos que hicieron que la madre de Francisco decidiera sacar a su hijo de la guerra.

El Habana

“A mi hermano lo mandaron a Bélgica, donde le acogió una familia en su casa. Y mi hermana y yo embarcamos en el Habana. Primero, a Francia y, de ahí, a Rusia”, relata. Sucedió el 13 de junio de 1937. El Habana era un enorme crucero que se había librado por los pelos de caer en manos franquistas y que las autoridades republicanas atracaron en Bilbao y utilizaron, primero, para alojar en él a los refugiados procedentes de Irún y de San Sebastián y, después, para evacuar a contingentes de niños a puertos de Francia,

Países Bajos e Inglaterra. Muchísimos ‘niños de la guerra’ salieron del país a bordo del Habana, por lo que su nombre se ha convertido en símbolo del éxodo infantil. La de Francisco fue la segunda expedición que partió con rumbo a la Unión Soviética, con unos 500 niños a bordo. El régimen comunista acogió a casi 3.000 menores durante la guerra.

El grupo de Francisco llegó a Leningrado (actual San Petersburgo) unas semanas después, donde recibieron una oficial, pero calurosa, bienvenida. “De Leningrado, pasamos a una colonia de vacaciones en Crimea, en el Mar Negro”. Y, de ahí, a la Casa de Niños número 1, situada a unos 40 kilómetros de Moscú. “Era como un balneario, tranquilo, precioso y enorme. Yo estaba en el pabellón de los más pequeños y recibíamos clases en español”.

Las Casas de Niños eran unos internados creados para los pequeños refugiados españoles donde los pedagogos de la URSS impartían las asignaturas en castellano, con profesorado soviético y español, y enseñaban, al tiempo, el idioma ruso. El proyecto pedagógico pretendía que los niños pudieran integrarse en la sociedad soviética sin perder sus raíces hispanas.

Hasta poco después de 1945, funcionaron 16 Casas de Niños (11 en Rusia y 5 en Ucrania), todas numeradas, atendieron a 2.189 pequeños y estaban instaladas en mansiones y fincas requisadas a la nobleza durante la Revolución de 1917. Por eso, Francisco tiene el recuerdo de que el centro era como un “balneario”. El suyo era el más grande y el más importante, con 435 alumnos y 319 profesores (297 rusos y 22 españoles).

Saratov

“Cuando los nazis invadieron Rusia, nos evacuaron en barco por el Volga y nos llevaron cerca de Stalingrado, a una república autónoma de alemanes en Saratov”. Los alemanes en cuestión no eran nazis invasores, sino un núcleo germano que llevaba generaciones asentado en el lugar, conservando su lengua y sus costumbres. Por eso, Moscú le había concedido un estatuto de autonomía y la zona era conocida como la ‘república alemana’.

Francisco apenas tuvo noticias de la Segunda Guerra Mundial, y pasó aquellos difíciles momentos para la Unión Soviética resguardado de la violencia y del hambre. “Casi no nos enteramos de las bombas”.

En 1944, con los ejércitos del Reich en retirada y fuera del territorio ruso, Francisco regresó a la Casa de los Niños, donde terminó sus estudios de secundaria e ingresó en una escuela de oficios, donde aprendió, con otros 30 españoles, la profesión de tornero.

“Salí de la escuela con trabajo y entré, junto con otros 30 españoles, en una fábrica de maquinaria petrolífera que daba empleo a 12.000 personas. Nos alojábamos en dormitorios comunes de 12 camas, separados los de hombres y los de mujeres”.

Una separación que no era estanca, desde luego, ni evitaba que los jóvenes se divirtieran los fines de semana. Aunque, a esas alturas, Francisco ya dominaba el ruso y tenía amigos soviéticos, los españoles seguían siendo una piña y se juntaban para ir al cine y hacer excursiones los fines de semana. Así, Francisco fue intimando con otra ‘niña de la guerra’, una asturiana: Josefina Díaz Álvarez.

“Me casé al poco tiempo de empezar a trabajar en la fábrica. Tendría... no sé, 17 años o así”. Como era preceptivo, el Estado les facilitó un piso en Moscú y, por primera vez desde que salió de España, Francisco supo lo que era vivir en una casa.

Paradójicamente, el inicio de la vida conyugal fue seguido del comienzo de la aventura de su vida. Deportista consumado, Francisco siempre había destacado en todo tipo de disciplinas, pero por entonces descubrió la que le apasionaba de verdad: el boxeo.

La URSS alentaba la práctica de cualquier deporte y establecía competiciones muy exigentes entre los trabajadores de la industria. Aunque eran ‘amateurs’, la entrega, los medios y el entusiasmo que despertaban este tipo de campeonatos eran equiparables a los niveles profesionales de cualquier país europeo.

El campeonato de boxeo de la industria petrolera era duro. En él competían curtidos obreros eslavos de todas las cuencas de la Unión Soviética. Gentes acostumbradas a manejar pesadas máquinas bajo temperaturas extremas. Individuos fuertes y temibles. Para la propaganda del régimen, héroes forjadores de la utopía socialista, cantera de atletas que debía erigirse en modelo para las masas.

El español Francisco, enamorado del deporte del ring, no se sintió amedrentado por aquellas minucias y fue ganando un combate tras otro. “Era un chollo -recuerda-. Me permitía librarme del trabajo, me pagaban buenos extras y viajaba por todo el país”.

Paso a paso, llegó a la final y ganó el campeonato, noqueando por el camino a rudos siberianos de la estepa, a nietos de cosacos y a recios ucranianos. Había aprendido de los mejores puños del bloque comunista. No se perdía un solo combate de las muchas veladas que se programaban en Moscú. Tenía buenos preparadores y asistía a exigentes escuelas.

Preparador

Fueron 11 años como boxeador y, aunque no llegó a dar el salto al terreno profesional (meta imposible para un español sin la nacionalidad rusa), obtuvo el diploma de preparador. “Di muchos cursos y aprendí todas las técnicas”.

Había pasado mucho tiempo y, en 1951, nació su hija, Nieves. La morriña hacía mella. Una morriña extraña, ya que apenas había conocido España y no tenía queja alguna del trato recibido en la URSS, donde seguía viendo con frecuencia a su hermana. Así, cuando, tras la muerte de Stalin, se restablecieron las relaciones diplomáticas entre Madrid y Moscú, Josefina y Francisco se plantearon regresar.

Lo hicieron en 1956, en uno de los primeros contingentes masivos de repatriación en los que volvió la mayoría de los ‘niños de la guerra’. Tenía entonces 27 años, 19 de los cuales, los había pasado en la URSS.

Como su madre se había trasladado a Zaragoza, tras un período de tanteo en su País Vasco natal, Francisco probó suerte en la capital aragonesa. “Me habían dicho que los sindicatos (verticales) ayudaban a los que volvíamos de Rusia, así que me acerqué y, como había conseguido un trabajo de tornero en una empresa de las Delicias, me dieron un piso en el barrio Oliver”. La familia se instaló, pues, en Zaragoza, ciudad de la que no ha vuelto a salir.

Pero, como el gusanillo del boxeo no es algo que desaparezca así como así y, por aquel entonces, en la capital aragonesa había afición y se celebraban muchas veladas, Francisco dedicó todo su tiempo libre a ese deporte. Pero desde una esquina, fuera de las cuerdas.

“Cogimos unos locales en el barrio Oliver y montamos un gimnasio que llamamos La Estrella. Un día sí y otro no, entrenábamos a chavales que querían boxear”. Su título soviético de preparador y su trayectoria le convertían en alguien muy respetable en el mundillo del boxeo ‘amateur’.

Hoy, todo eso se conserva en las cajas de latón donde Francisco, el temible púgil español, guarda sus viejos recuerdos.

 

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3 comentarios

machetico -

Bienvenido a:
www.tromponmetabiotico.blogspot.com/
Gracias

anro -

Pues qué bien esto de los refritos. La historia de este hombre es tremenda. Sería toda una experiencia su conversación. Me ha interesado mucho la alusión a esa "república alemana de Saratov". A pesar de mi pasión por el tema no he leído ni encontrado nada sobre ella.
Estoy de acuerdo que seas un laja el mes de agosto, por aquello del calor, pero tienes que ponerte las pilas ya mismo.
Un abrazote.

Anakrix -

Qué historia más maja, Sergio!!! Si tus 'rellenos' veraniegos son todos así, te vamos a perdonar que no escribas textos nuevos hasta septiembre. Aunque tampoco te relajes demasiado, eh?
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