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El Blog de Sergio del Molino

RELAJACIÓN

Es agotador dar cenas en casa. Antes hacía fiestas sin comida. En todas las casas en las que he vivido he organizado fiestas. Algunas, con su correspondiente policía municipal pidiéndonos los DNI en la puerta a las cuatro de la mañana y todo ese folclore clásico que acompaña a las celebraciones hogareñas, sin omitir cómicas deposiciones que nadie quiere limpiar ni romances etílicos de desastrosas consecuencias que nadie quiere asumir. Me encantan, y montaría una fiesta cada semana si pudiera chasquear los dedos al día siguiente y dejar la casa como estaba, pero he escarmentado. No sólo envejezco y me hago comodón, sino que me he pasado demasiadas resacas (horribles, horribles resacas) intentando devolver cierto orden a la entropía absoluta, que a veces no sólo incluye objetos tirados y suciedad, sino individuos que amanecen en tu sofá sin que nadie sepa quiénes son ni cómo llegaron allí, pero que siempre acaban quedándose a comer los típicos espaguetis post-fiesta. Así que he cerrado las puertas a esos desmadres y ya sólo damos cenas civilizadas, y muy de cuando en cuando, que somos más de calle y restaurante.

Pero cuando las damos, las damos bien, y acabamos reventados, claro. Este sábado invitamos a unos muy buenos amigos y nos pusimos el traje de perfectos anfitriones. Un papel agotador. Satisfactorio, porque estás preocupándote por hacer disfrutar a la gente que quieres, pero hacer la compra y meterte entre fogones para currarte un menú que impresione un poco a los gourmets morro-puta de tus colegas resulta casi más estresante que una jornada laboral tensa. Menos mal que luego abres el vino, la conversación empieza a rodar y sientes que ha merecido todo la pena. En eso pensaba, en lo bien que me sentía después de la currada, cuando surgió en la charla el tema de la relajación. Sorprendentemente, ninguno de los que estábamos en la mesa sabíamos relajarnos. Yo pensaba que el relax era precisamente lo que estábamos haciendo: bromear, disfrutar de cosas buenas en la mesa y hablar con la suficiente confianza, franqueza e intimidad como para no pensar casi lo que dices.

Pues resulta que no. O sí con un pero. Porque estamos activos, tratamos de que la conversación sea estimulante, y al estimularla y estimularnos, nos calentamos, nos ponemos alerta. Si surge algún tema polémico, discutimos, y si no, nos esforzamos por encontrar el mejor chiste. No hay relajación alguna. Ponemos nuestros cinco sentidos. Y llegamos a la conclusión de que envidiábamos a quienes sí saben relajarse. A quienes saben darse un baño y no pensar en hacer planes. A quienes se amodorran perdiendo la conciencia. A quienes saben dejar fuera las preocupaciones de verdad. Lo nuestro -salir, beber, el rollo de siempre- es un sucedáneo del relax.

¿Cómo se alcanza ese estado, ese nirvana? ¿Qué hay que hacer? Envidio a los que saben meditar y a los que aprenden yoga y dicen que les sirve. Me gustaría saber algún día qué se siente al estar relajado de verdad. Yo no sé estar sin hacer nada. Y es una pena, ciertamente, porque no sé aburrirme. Me desespero en la inactividad y necesito estímulos: un libro, música, una conversación, una peli, un videojuego, garabatear un cuentecillo o una entrada del blog, en fin, algo que no me haga sentirme vegetal. En fin, supongo que nunca seré un filósofo.

PS: Hablando de conversaciones, una vieja amiga siempre decía que una buena conversación resulta tan interesante y estimulante como un buen libro. Yo añadiría que, cuando el libro y la conversación son malas, el primero tiene una ventaja sobre el segundo, y es que puedes dejar de leer, mientras que de una conversación con un plasta inane es difícil huir. Pero, básicamente, estoy de acuerdo, y he tenido la suerte de rodearme siempre de amigos muy brillantes en su conversación, que me han regalado y me regalan horas y horas de auténtico placer dialéctico, incluso cuando los cubatas les hacen nudos en la lengua. Y esa gente no abunda precisamente, así que creo que me he quedado con más cupo del que me corresponde. Afortunado que es uno.

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3 comentarios

El Fary -

Sí hombre, se juega al mus y todo eso, pero luego te quedas como dios.

S. del Molino -

¿Seguro? A mi me han dicho que eso es como un centro de día, con sus partidas de mus estresantes y tal.

El Fary -

Por aquí estamos muy relajaditos. Vente cuando quieras.
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