Blogia
El Blog de Sergio del Molino

¡ES UN FARSANTE!

La identidad, qué cosa tan curiosa. Nos pasamos media vida construyendo una identidad, generalmente a la contra: no queremos ser como nuestros padres o como el vecino de la camiseta de tirantes. Muy pocos quieren ser lo que son, y esos pocos sólo quieren ser los que son a ratos: el resto del tiempo ven pelis o leen novelas y se imaginan siendo otros. También están los que llevan dobles vidas, que no necesariamente tienen por qué ser adúlteros. Pensad en el madero que abofetea por la tarde a un chaval en los sótanos de la comisaría y por la noche acaricia el pubis de su esposa con esa misma mano. ¿Es la misma persona o son dos identidades distintas conviviendo en un cuerpo? ¿Tendré yo algo que ver con el Sergio del Molino que firma reportajes en Heraldo o somos dos personas distintas, como Jeckyll y Mr. Hyde?

Hoy he leído que la presidenta de una asociación de víctimas del 11-S es una farsante. Se lo inventó todo: no es una superviviente, no estuvo en las torres ese día, nunca tuvo el novio que dijo tener y que murió en los atentados y nunca se encontró en las escaleras con el héroe bombero que pereció salvando gente. Y, sin embargo, se ha volcado con las víctimas, les ha dejado su casa, ha invertido todo su tiempo en ayudarlas en todo lo que ha podido, haciéndolas sentir que estaban con alguien que las entendía porque había pasado por lo mismo. Todo mentira. De hecho, su vida anterior al 11-S es un misterio. Se ha fabricado un currículum y una biografía falsas, se ha creado un personaje y lo ha interpretado con brillantez. Quizá con demasiada brillantez, porque lo que levantó las primeras sospechas fue que daba demasiados detalles, y los testimonios de las víctimas suelen ser más parcos, reconcentrados y difusos. Recordaréis que hace dos años pasó lo mismo con el presidente de la Amical de Mauthausen. Son dos casos casi idénticos. Emparentado con ellos, aunque no sé todavía cómo clasificarlo, está la vida de Gunter Grass y su confesión del año pasado sobre su pertenencia a las SS.

John Banville tiene un libro buenísimo titulado Imposturas, donde cuenta una historia muy parecida. Un profesor, una eminencia filosófica que vive retirada en la soleada California recibe un inquietante mensaje desde Europa: "Sé quién eres". Efectivamente, el profesor no es quien dice ser: al terminar la Segunda Guerra Mundial, llegó a Estados Unidos y, sin necesidad alguna, empezó a hacerse pasar por un amigo judío muerto en los campos de concentración. Se construyó una vida nueva, con un pasado terrible a manos de los nazis, con los que en realidad había mantenido otro tipo de relación. Poco a poco, se abrió camino en Estados Unidos y alcanzó la gloria académica, convirtiéndose en un filósofo respetado y admirado. Pero siempre vivió con el miedo de que alguien averiguara su secreto. Por supuesto, los libros eran suyos, aunque su nombre real no fuera el que figuraba en la cubierta, y había alcanzado la gloria por méritos propios, pero todo se derrumbaría si se descubría que no era un judío superviviente. Y ya no cuento más, que la espiral se enreda mucho después en la novela.

El tema de la identidad y la impostura es una constante en la literatura, desde el Quijote a Cortázar, pasando por el Frankenstein de Mary Shelley, el Doctor Jeckyill y Mister Hyde de Stevenson o el mismo Shakespeare. Hitchcock lo llevó al terreno de la intriga más sublime en La sombra de una duda y en Vértigo, y también es uno de los leit motiv de las obras de Roberto Bolaño y de Ernesto Sábato. Son sólo unos cuantos ejemplos que se me ocurren ahora. En fin, es un tema que todos los grandes han tratado alguna vez, aunque sea de refilón, y no me extraña, porque apunta directamente al epicentro de nuestro yo, a ese punto débil (¿ese aleph?) que buscamos y rehuimos al tiempo, porque puede abrir puertas que quizá están mejor cerradas. Una zona gris de nosotros mismos que la buena literatura y el buen cine se empeñan en bordear, acariciar y espiar. Incluso Los Simpson lo tratan: recordad el capítulo en el que se descubre que el director Skinner es en realidad el soldado Armin Tarzanian, que le robó la identidad a su sargento, que creía muerto en Vietnam.

Es normal que nos apasionen estos personajes, porque emanan una contradicción que los hace irresistiblemente atractivos. Y eso es así porque se presentan como un gánster. Dicen los guionistas del cine de mafiosos, Mario Puzo entre ellos, que la clave para construir a un buen gánster es que sea lo suficientemente humano como para generar una fuerte empatía y lo suficientemente cruel como para generar repulsión, de tal forma que el espectador no sepa a qué carta quedarse: el gánster cae bien, porque es como nosotros, pero no debería caernos bien y, de hecho, no nos cae bien. ¿O sí? El actor que mejor entendió esto fue James Cagney, especialmente en Los violentos años 20 y en Al rojo vivo (se me ponen los pelos de punta cuando recuerdo esa frase final: "¡Lo conseguí, ma, la cima del mundo!"). Luego vinieron Marlon Brando y Al Pacino y cortaron por lo sano con la humanidad gansteril, pero Los Soprano la han recuperado.

Con los impostores sucede un poco lo mismo: no sabemos a qué carta quedarnos. Por supuesto, los abanderados de la más inflexible moral, los que nunca han roto un plato ni se han acostado con la mujer de su amigo, saltarán indignados, con la sentencia en una mano y las llaves del calabozo en la otra. Sí, claro, cómo no. Al cielo los buenos y al infierno los malos. Blanco y negro y todo el mundo a callar. Pero los que no somos tan puros de corazón y nos hemos tropezado con alguno de los bordes espinosos de la vida -es decir, la mayoría de nosotros- no nos atrevemos a juzgar tan a la ligera. Yo, personalmente, no sé qué pensar de ellos. Sólo me fascinan. Y me he propuesto escribir algo sobre uno de estos personajes, a ver si metiéndome en su piel alcanzo a entenderle un poquito. De momento, es una obsesión vana. Vengo dándole muchas vueltas, acumulando datos e ideas sin que me venga el destello adecuado que arranque el relato, pero quizá sea ya el momento de sentarme y sacar algo en claro. Sí, quizá lo haga mañana.

PS: La Vanguardia ha desvelado la identidad de la farsante del 11-S. Se llama Alicia Esteve y es de Barcelona, de una familia bien de la burguesía catalana. Aquí está la historia . Lo dicho: fascinante. 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

2 comentarios

S. del Molino -

Aquí se pueden dar ideas, que estamos entre amigos. Gracias, anro, pero algún que otro periodista hay que escribe bien, lo que pasa es que están condenados en galeras y salen a la superficie muy de cuando en cuando.

anro -

¡No des ideas a quien tenga el oido alerta¡..me dijo un amigo periodista.
En realidad no necesitas escarbar mucho, porque a tu lado está la oscuridad del que por las mañanas te sonríe como el gato de Alicia. Hace unos meses ocurrió frente a mi casa un hecho que saltó a la prensa regional y que nos conmovió a todos los vecinos.
Por otra parte, cabroncete, escribes de p.m. y esa cualidad no suele prodigarse en los entresijos de este medio. Un abrazote.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres