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El Blog de Sergio del Molino

OJOS VERDES

OJOS VERDES

Llovía como no suele llover en Madrid. Como llueve una o dos veces al año, con rabia, con furia antigua. Un aguacero de verano en una madrugada de entre semana. La glorieta de Ruiz Jiménez, de repente, desierta. No nos importa mojarnos, pero aquello es demasiado, estamos empapados y nos resignamos: el hogar queda todavía lejos y hay que buscar un taxi (es esa extraña hora en la que hace mucho que ha pasado el último metro, pero también hay que esperar mucho hasta que pase el primero). Adiós al placer de pasar media hora más caminando y charlando con los vapores del alcohol fermentando entre las neuronas. La gente ha desaparecido y sólo unos pocos coches cruzan Alberto Aguilera (fantasmagórica, con los cines cerrados) desde Princesa hacia Alonso Martínez, salpicándonos al pasar. Hay taxis, pero van llenos, como siempre cuando llueve de madrugada en cualquier ciudad del mundo. También pienso que Madrid se pone precioso cuando llueve de madrugada, como cualquier otra ciudad del mundo.

Con pocas esperanzas, me planto en medio de la glorieta esperando cazar un taxi que vaya en cualquiera de las cuatro direcciones posibles (tres, en realidad). Estoy calado y me importa ya bien poco que pasen o no, lo hago porque es lo que se supone que hay que hacer. Mis amigos se han quedado resguardados en un portal, desde donde intentan disuadirme. De repente, alguien me toca el codo con dulzura y me coge del brazo.

-Será más fácil si compartimos taxi, ¿no?

Es una chica vestida como para una fiesta, con el maquillaje, el vestido y el peinado hechos un cisco, arruinados completamente por la lluvia. Muy guapa, con la melena chorreando y echada para atrás y unos goterones salvajes escurriéndose por la frente y los pómulos. No sé de dónde ha salido. Me vuelvo a mis amigos, que me miran desde el portal con la misma cara de sorpresa que llevo yo. La chica saca su móvil del bolso calado y dice, como si me conociera de siempre:

-Me sé un número especial de una cooperativa de taxis, pero es sólo para empresas. Yo he intentado que me manden uno pero no ha colado. Inténtalo tú, di que eres de la primera empresa que se te ocurra, a ver si cuela.

Sin preguntar nada, cojo el móvil e intento que la chica del radiotaxi me mande un servicio a cuenta de El Corte Inglés. La chica (la que me coge del brazo) se ríe de mi torpeza, pero es que no se me ocurre otra empresa en ese momento, y no voy a intentarlo con la mía, porque me queda un rastro de inteligencia. Por supuesto, no cuela y la del radiotaxi me cuelga. Le devuelvo el móvil a la chica, que se ríe y me mira con ternura mientras se aprieta más y más a mí. Yo le devuelvo el calor, cada vez menos sorprendido y con un extraño y agradable sentimiento de comodidad en la zona del pecho. "No sé por qué inspiro ternura a las mujeres sobonas", me oigo pensar. En ese momento, mis amigos me hacen señas que quieren decir: "Ya has ligao, campeón, ahí te dejamos". Discretamente, con otras señas, les digo que ni se les ocurra dejarme ahí, en medio del chaparrón, con esa mujer que bien podía ser la chica de la curva o el fantasma de una esposa decapitada de Enrique VIII. No llevan intención de hacerme caso.

Como no pasan taxis, la chica me explica que está invitada a una fiesta semiprivada chupiguay en un antro de San Bernardo, cerca de Gran Vía, pero que ya no llega ni de coña y que, en caso de llegar, fíjate qué pintas llevo. A mí me parecen estupendas sus pintas. Me dice su nombre, yo le digo el mío e inmediatamente olvido el suyo. También me dice que me vaya a la fiesta con ella, que así tendrá excusa para irse sin quedar mal y que luego me invita a algo en Malasaña, si es que queda algún sitio abierto (era la época en la que a Manzano I "el Noctafóbico" le dio por cerrar los garitos a golpe de multazo y cachiporra municipal). Rastreo en busca de una cámara oculta, pero sólo veo a mis amigos que hacen amagos peligrosos de abandonar la glorieta. Alucino: no he cambiado de desodorante y así, empapado y semiborracho, tampoco formaba una estampa muy atractiva, y mucho menos para colarme en una fiesta chupiguay. Decididamente, la chica de nombre olvidadizo está enferma, pero el corazón se me ha acelerado una barbaridad y, antes de perder la capacidad de habla y de fijarme más en lo hipnóticamente verdes que tiene los ojos, le digo que sí a todo, que lo que ella diga y donde ella diga, pero siempre que pase un taxi.

Seguimos un rato más, sin hablar, mirándonos y sonriendo tontunamente. Ella cree que estoy solo y yo sé que ella está sola. Llueve y no tenemos sueño. Es perfecto. Es todo aquello por lo que me he pasado penando media pubertad y una adolescencia entera. Y, para colmo, con los amigos observando desde el tendido mi monumental triunfo. ¿Se puede pedir más? Mi pequeño y letraheridillo corazón ya va bien servido. Pero la carestía de taxis obliga a tomar una decisión, y ella propone bajar andando por una cuesta de San Bernardo que en esos momentos es ya puro torrente de agua. Ella tira de mi brazo, pero a mi cabeza viene un flash estúpido y, sin explicación, cambio de idea. Le digo que me parece mucha caminata bajo la lluvia y que no voy a dejar colgados a mis amigos. Ella insiste un poco más, me cuenta no sé qué de la fiesta y de unas amigas suyas, pero mi decisión es firme. Baja los ojos (qué ojos, grandes, de los que da miedo mirar mucho rato), se pone de puntillas, me abraza y me da un beso. Hasta otra, se despide, y yo me quedo ahí, sintiéndome profundamente gilipollas.

Es una anécdota, una insignificante historia de mi antología personal de "todo lo que pudo ser y no fue", un episodio que sólo dejó en mí un resfriado y que ni siquiera es comentado ni recordado en voz alta jamás. Una auténtica chorrada. Y, sin embargo, pertenece a esa docena de recuerdos persistentes e indelebles que no podría borrar ni con aguarrás neuronal. No es, ni mucho menos, el más intenso ni el más evocado, pero si hiciéramos un top-10, probablemente estaría dentro de él. He pasado años enteros de mi vida junto a chicas que no han sido capaces de dejar en mí ni la décima parte de la huella que ese encuentro fugaz ha impreso en algún rincón de mi cerebro. Personas que me han querido mucho, que han sacrificado cosas por mí y que se han esforzado hasta la lágrima por hacerme disfrutar de un rato de felicidad pasan completamente desapercibidas al lado de esa chica fantasmagórica. Hay caras de seres muy importantes en mi vida que hoy apenas puedo evocar, pero los ojos de esa aparición lluviosa los tengo nítidos, los veo cuando me da la gana. Y me siento bien recordándolos, con una comodidad que se parece a la nostalgia sin serlo en absoluto. Porque la nostalgia se refiere a paraísos perdidos, a vidas paralelas que corren junto a la tuya haciéndote la burla, y la comodidad que yo siento es la de lo conocido y vivido. Me siento bien con el recuerdo de esos ojos verdes porque es como una camiseta vieja que me pongo para estar en casa: forma parte de mí, me habla de lo que soy, no de lo que fui o de lo que pude ser.

Pero también podría sentir esa comodidad hogareña con otros recuerdos de más peso, más trascendentes, más... No sé. La verdad es que no he jurado una bandera, no me he casado en El Rocío, no me he pinchado heroína con Janis Joplin y no he estado en un campo de concentración, así que tampoco ando sobrado de trascendencias en mi tarjeta de memoria. ¿Pero, aun así, por qué? ¿Por qué es tan injusta y caprichosa la memoria? Yo lo agradezco: sería una tortura que recordáramos lo que nosotros queremos recordar. Si los recuerdos van a su bola, la vida es más fácil. O eso parece.

En fin, quizá de eso se alimentan las malas canciones de amor, suponiendo que haya canciones de amor que sean buenas.

PS: por supuesto, mis amigos nunca entendieron mi acobardamiento, pero en el fondo se sintieron halagados de que prefiriera su compañía a la de una hermosa extraña, y disfrutamos charlando de camino a casa de azares y cobardías, convencidos de que la mejor forma de conseguir los sueños es renunciar a perseguirlos y esperarlos en una esquina haciendo otras cosas. En casa, pusimos un disco muy bajito, aunque quizá despertamos a algún vecino, y nos quedamos dormidos como bebés. He tenido noches más intensas con finales más lúbricos, claro, como todo el mundo. Noches en las que no he dicho que no y me han dicho que sí. Noches que jamás me atreveré a poner por escrito y ni siquiera confiaré a mi mejor amigo, pero aquella lluvia caló de otra forma. Fue una grandísima noche. ¿Me entendeis o soy un tío muy raro?

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2 comentarios

Chelita -

Je, je, creo reconocerme como uno de esos amigos que te observábamos entre divertidos y esperanzados desde un portal refugio de la lluvia. Todos conservamos momentos de esos que quedan indelebles en nuestra mente y nos hacen preguntarnos, cada cierto tiempo, qué hubiera sido de nuestras vidas si eses día nos hubiéramos lanzado al vacío

anro -

Joder tío, empezar la mañana leyendo esa preciosidad de recuerdo es una gozada, pero también un trabucazo al desván de mi memoria madrileña.
Yo creo que las distancias generacionales no merman o acrecientan la intensidad de las experiencias. Estas son propiedad exclusiva de cada trozo de nuestro sentir individual. Me resulta gratificante cuando una persona, joven o mayor, nos regalan esos momentos irrepetibles.
Un abrazote.
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