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El Blog de Sergio del Molino

ADIÓS, MURCIÉLAGO

ADIÓS, MURCIÉLAGO

Me despierto con la noticia de que ha muerto Juan Antonio Cebrián. De repente, de un infarto. Uf. Con la muerte resulta casi imposible decir algo que no sea tópico, y lo tópico, en estos casos, siempre hiere más que el silencio. Por eso nunca he sabido dar un pésame.

Llevaba tiempo sin saber nada de él. Ni escuchaba ya su programa ni le había visto en años, pero hubo una época en que fue una presencia muy perseverante en mi vida. Especialmente por las noches. Mi vocación insomne me lo descubrió en Turno de noche. A comienzos de los 90, él se había inventado un estilo de hacer radio de madrugada que cristalizó en ese programa que tantas ojeras me causó. Hasta entonces, en España la radio la cerraba Butanito y los gritones deportivos. No había contenidos para insomnes que no fueran repeticiones o radiofórmulas, pero Cebrián descubrió ese hueco, esas células no durmientes necesitadas de un poco de atención en esas horas de nadie llenas de vigilantes jurados, camioneros, amas de casa a punto de divorciarse e insomnes vocacionales como yo. 

Turno de noche, en Onda Cero, la emisora que nunca abandonó pese a los muchos disgustos que le dieron en ella, no era nada del otro jueves. Era un magacín elegante, construido con ritmo, que se articulaba en torno a una sección central llamada La Zona Cero. En ella, Cebrián, el cascarrabias profesor Germán de Argumosa -que parecía sacado de las páginas de TBO- y un grupo de pipiolos (sacados en parte de un programa de Radio Heraldo de Aragón llamado Cuarta dimensión, en el que participaba un jovencísimo chaval de Teruel llamado Javier Sierra) hablaban con mucho humor y distensión de casas encantadas, ovnis y todas esas cosas misteriosas. Pero sin la pose peliculera de Iker Jiménez. Era muy entretenida su forma de hacer pasar miedo a la audiencia con fantasmas que se sentaban a los pies de las camas. 

Con Turno de noche, Cebrián llegó a liderar las modestas audiencias de la madrugada -antes de que Hablar por hablar le fulminase-, y estableció un vínculo muy estrecho con sus oyentes, como yo no he visto hacer a nadie en este país. De verdad que había algo muy cálido en su voz, en su forma de marcar los ritmos, en su estilo de narración oral. Algo muy agradable y muy bien construido. Sus oyentes éramos los murciélagos.

Más tarde, como Onda Cero ha cambiado más de manos que ciertos apéndices en Chueca, empezó el vaivén. A Turno de noche le sucedió La rosa de los vientos, el programa que ha durado hasta hoy con muchos cambios de horario e interrupciones. El espíritu y el estilo eran idénticos, y la calidad técnica de la producción mucho mayor, pero los que hemos sido murciélagos nos quedamos con ese je-ne-sais-quoi de Turno de noche

Yo le conocí recién estrenada La rosa de los vientos, en los estudios que Onda Cero tenía en la calle Ortega y Gasset de Madrid. Lo recuerdo bien porque fue una de mis primeras entrevistas, cuando era todavía un pipiolo que empezaba a ver mi firma impresa en papeles de aquí y de allá, y hacía algunos programas de radio absurdos en emisoras marginales y destartaladas (de hecho, Cebrián alimentaba mi voraz pasión por la radio, el único medio por el que abandonaría la prensa escrita si tuviera ocasión de participar en un proyecto bonito). Charlamos en un estudio vacío tras cruzar una redacción llena de sillas de ruedas y rampas (Onda Cero había sido un proyecto de integración de la ONCE, y todavía había muchos periodistas de la primera época: Cebrián era uno de ellos), y me llamaron gratamente la atención dos chorradas, aparte de su extremada afabilidad: que en persona soltaba con placer todos los tacos que reprimía en antena y que fumaba como un carretero, llenando ceniceros a su paso.

Después se convirtió en autor de éxito con sus textos divulgativos y espectaculares sobre episodios históricos (y muchos historiadores le tacharon de intrusista), y coincidimos en presentaciones de libros, en recepciones de hoteles donde alguien solía acudir a pedirle un autógrafo... Siempre, con la guardiana y cariñosa presencia de Silvia, su mujer y productora en la radio. Incluso me ha llegado a sacar de más de un apuro con algún reportaje. Sabía que podía llamarle y siempre estaría disponible para mí. Era un lujo.

He dicho que no le había visto en años. Mentira. La última vez que estreché su mano fue el año pasado. Fugazmente. Vino a la Fnac de Zaragoza a presentar su libro sobre los Borgia, con Silvia, por supuesto. Le saludé rápidamente ("Hombre, Sergio, ¿qué tal te trata la vida?", siempre tan solícito, con una sincera predisposición a escuchar), y me escabullí, pues la sala estaba abarrotadísima de fans suyos ansiosos por una firma y dispuestos a reírle con entusiasmo todos sus chistes. Daba gusto verle disfrutar del sorprendente cariño que despertaba en sus acólitos, y cómo los premiaba con su retórica cálida de locutor fuera de serie. Si hubiera sabido que no le iba a ver nunca más, me habría quedado a esperarle y a tomar un café.

A mí me reconciliaba un punto con mi profesión ver que, en unos medios desgañitados, apisonadores y prepotentes, un caballero de la vieja escuela como Cebrián seguía teniendo su parcela de público. Por eso, no me arredraré y me atreveré a escribir un tópico: siempre se van los mejores.  

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3 comentarios

Javier López Clemente -

Los murciélagos nunca olvidaremos Turno de Noche.
Ahora ya he encontrado el motivo para prender en la solapa de mi única chaqueta el pin plateado que me enviaron desde aquel gran programa de radio.

Un vez me dirigí a Cebrian por carta, fue en la época que el agua imantada inundó su programa, supongo que tragó con aquel espantajo de radio publicidad y el profesional hizo lo que pudo.

Salu2 córneos

El Fary -

No te preoocupes, Sergio, que ya lo tengo localizado. Un tío muy majo. Esta mañana estaba un poco desorientado, claro, no se lo esperaba, pero ya le he contado yo de qué va esto y se ha puesto a tomar notas para un programa y un par de libros. Yo lo veo muy bien. Que te mande un saludo de su parte, dice.

El futurible ingeniero -

Joder a mi me ha caído como una bomba. Soy un rosaventero consumado. De hecho no me echaba a la cama sin poner un pasaje de la historia o del terror, una tertulia 4C, un monográfico zona cero o un materia reservada (bendito podcast).
La verdad que no se muy bien como voy a llenar ese hueco que ha dejado el gran Cebrián en mi vida.
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