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El Blog de Sergio del Molino

VIAJE AL FIN DEL MUNDO

VIAJE AL FIN DEL MUNDO

Cuando le comenté a un amigo, gran conocedor de la literatura de viajes, que estaba enganchado a En la Patagonia, de Bruce Chatwin, me respondió que no está mal, pero que donde esté Paul Theroux... Hay gente difícil de impresionar, o quizá es que yo me emociono con cualquier cosa, pero he disfrutado muchísimo leyendo este viaje austral realizado en 1976.

Chatwin era un elitista inglés (con todo lo que eso conlleva: cínico, maniqueo y a veces un pelín racista, pero también culto y sobradamente erudito) que tenía 36 años cuando hizo su incursión patagónica. Murió de sida en 1989. En sus 49 años de vida recorrió medio mundo y dejó media docena de buenos relatos viajeros.

Mr. Chatwin decidió recorrer el Cono Sur en un momento muy complicado de su historia, con Pinochet imponiendo su terror en Chile y con Isabelita Perón a punto de ser sustituida por los milicos. Un patio muy revuelto, pero sólo al final del libro se deja ver que algo muy siniestro esturbia el aire de las estancias ganaderas. Apenas unos flashes iluminan la anormalidad de instante.

En la Patagonia es el viaje de un niño que creció con Kipling, Poe y Verne, un niño alucinado que espera entremecerse ante el faro del fin del mundo y que quiere seguir la pista de los fascinantes personajes que han dado forma al lejano sur. Parte de Buenos Aires en autobús, cruza Río Negro, dejando atrás la Pampa, y se interna en el territorio del Chubut. Allí rastrea la primera historia: la del reino de Araucania y Patagonia. A mediados del siglo XIX, un francés llamado Orélie-Antoine de Tounens (masón, para más señas) quiso crear un reino entre los patagones, a la vera de los Andes. Fue una mascarada llena de disparates que acabó con el pobre monarca encadenado y repatriado en un buque mercante. Sus descendientes todavía mantenían, bien entrado el siglo XX, la corte en el exilio del Royame du Araucaine et Patagonie. Por supuesto, en París. "¿Ha leído El hombre que pudo reinar, de Kipling?", pregunta Chatwin al heredero del destronado reino.

En la provincia de Santa Cruz (de donde vienen los Kirchner), Patagonia profunda, siguió los pasos de Butch Cassidy y los restos del Wild Buch o Grupo salvaje. Sí, sí, el mismo que llevó al cine Sam Peckinpah. Mi querido Peckinpah fabula con un fin heroico de los forajidos en el norte de México, ayudando a las fuerzas de Pancho Villa, pero lo cierto es que los supervivientes cruzaron toda América Latina en 1902 o 1903 y se instalaron en la provincia argentina de Santa Cruz, que consideraban tan libre e indómita como el Far West de 1870. En la Patagonia pasaron unos años plácidos, hasta que se les acabó el dinero y recurrieron a lo que mejor sabían hacer: atracar bancos. Tras unos cuantos golpes en la zona, la policía empezó a acosarles, las batidas les asfixiaron y enfilaron rumbo al norte. Fueron dando palos a lo largo de toda Argentina, hasta que cruzaron la frontera con Bolivia y, según parece, encontraron la muerte en un tiroteo muy parecido al que narra Peckinpah en la peli. O no. Otros dicen que pasaron a Perú y que incluso alguno volvió a alcanzar Estados Unidos, donde tuvo una vejez agradable bajo una identidad falsa. Leyenda, leyenda, leyenda. ¿Por qué nos gustarán tanto los bandidos?

En Comodoro Rivadavia, el principal enclave portuario de la región, rastreó los ecos de la Patagonia Rebelde, un movimiento insurreccional anarquista de los años 20 liderado por un inmigrante gallego que conmocionó a todo el país. Sobre este episodio hay una novela muy lograda de David Viñas titulada Los dueños de la tierra y publicada en España por la editorial aragonesa Prames. Por cierto, que uno de los personajes de esa novela es un inmigrante aragonés que ejerce de tal.

En Tierra de Fuego buscó a los familiares del indio que inspiró a Charles Darwin la teoría de la evolución y, ya en Chile, en Punta Arenas, se tropezó con una sociedad de terratenientes que rezaban cada tarde por Pinochet y daban gracias al cielo por que les hubiera librado de las hordas marxistas. Da escalofríos leer cómo una adorable anciana escocesa justifica y defiende el golpe militar mientras riega los rosales de la puerta de su coqueto hogar.

De norte a sur, una buena introducción para quien quiera sumergirse en los encantos de una tierra que ha inflamado las esperanzas y las imaginaciones de las mejores cabezas de varios siglos. La tierra del fin del mundo.

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