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El Blog de Sergio del Molino

ESCARBAR EN LAS MIASMAS (1)

ESCARBAR EN LAS MIASMAS (1)

Las comparaciones son odiosas, sobre todo para el que sale perdiendo en la comparación. Vamos, que está guay cuando nos comparan con George Clooney, pero maldito sea el que nos compare con Stalin o con el feo de El jovencito Frankenstein. Al margen de eso, comparar es un ejercicio muy sano y muy revelador. Si no comparáramos a nuestra pareja actual con las arpías de nuestras ex novias, ¿qué placer sacaríamos?

Leyendo el libro de Gamerro que comentaba en el anterior post (al que tengo que añadir que su prota, al parecer, es el mismo que el de la novela Las islas, del mismo autor, que a su vez comparte otro personaje importante con La aventura de los bustos de Eva. Vaya, que a Gamerro le gusta que sus criaturas pasen de unos libros a otros creando uno más grande), me han venido a las mientes cuatro pelis sobre la memoria, el pasado, la hipocresía y el horror consentido. Resumiendo: que hablan de la vergüenza individual y colectiva, de esa conciencia de la responsabilidad social que Günter Grass quiso inculcar a los alemanes. Esto es, que las culpas por los crímenes del nazismo no se agotan en las sentencias de Nurenberg, sino que involucran a toda una generación de un pueblo que, por acción u omisión, dejó que el más terrible de los horrores se hiciera realidad.

Aunque parezca lo contrario, esto es muy chungo de asumir. Por eso son tan pocos los autores que se atreven a escarbar en semejante lodazal. Lo mejor que te puede pasar es que las manos se te llenen de mierda y nunca se vaya el olor, y lo peor... Pues eso, imaginad. Un autor, por lo general, quiere agradar a su público, por lo que no se puede presentar señalándole con el dedo e invitándole, siquiera sutilmente, a que escarbe en el lado oscuro de su páncreas y compruebe si sus acciones y sus omisiones -más bien, lo segundo- han alimentado o alimentan al monstruo. Así que se toma el lado fácil.

¿Cuál es ese lado fácil? La hagiografía. Mártires prístinos con la melena al viento frente a malos malísimos que dominan una sociedad llena de miedo, pero con ánimo resistente que sólo espera la llamada del Elegido para tomar las calles. Pasó en España: de repente, todo el mundo era antifranquista. Todo el mundo había recibido un coscorrón de los grises y quien más, quien menos, aportó su granito de arena a la resistencia democrática. Por supuesto, el champán corrió en torrentes el 20 de noviembre de 1975, y las colas kilométricas frente al Palacio de Oriente no estaban formadas por adeptos: eran sólo curiosos que iban a comprobar que el tirano había muerto de verdad. En pocos años, gracias a unos escritores y guionistas bien educados, resultó que sólo había cuatro franquistas ridículos y con papada. Hasta los ministros que firmaban las sentencias de muerte se transformaron en presidentes autonómicos. ¿Franquista, yo? Quite, quite, yo hacía oposición desde dentro.

Ahondar en esas miasmas es ingrato y, a ojos de muchos, estéril, pero yo creo que nunca viene mal un lavado de conciencia. Si la literatura y el arte no están para eso, para explorar nuestra condición humana allí donde el lenguaje codificado por las convenciones no llega, entonces dejémoslos para figuritas decorativas y para divertimentos de salón.

La primera peli que me vino a las meninges fue La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda-Manuel Rivas. No sé cual de los dos es más responsable de ella, la verdad, así que los cito como si fueran uno. En principio, aborda el mismo tema que El secreto y las voces, pero se queda en las puertas. Esa imagen final del niño corriendo detrás del camión y tirándole piedras a su profesor, animado por su propia madre, es de un dramatismo muy logrado. La mirada de Fernán-Gómez es de Oscar, sin duda. Te atraviesa las carnes, te hace sentir todo el dolor de la derrota y toda la vergüenza de los supervivientes.

Sin embargo, una vez que te has secado las lágrimas, descubres con rubor que has caído en una trampa. En una trampa emocional muy facilona. El profesor que interpreta Fernando Fernán-Gómez no es un personaje, es un arquetipo. Es casi un santo (es un santo), y como tal debe sufrir el martirio para salvarnos a nosotros. Cuerda nos muestra el sacrificio del héroe para que nosotros podamos honrarle y rescatarle en el recuerdo y en la fe hacia los principios que defendió. Por eso no vale. No está hablando de la represión y de la hipocresía de un pueblo que jalea y consiente. Está dándonos esperanza, está contándonos lo que queremos oír, está modelando la versión oficial de la historia. No hay dilema moral posible ya que no se está ejecutando a un hombre, sino a una idea. Como todos los hagiógrafos, Cuerda y Rivas olvidan que hasta los autores de los Evangelios, con una mirada literaria muy profunda, se preocuparon de que Jesús de Nazareth tuviera un lado oscuro, dubitativo, llorón y lascivo. Se preocuparon de que fuera, ante todo, una persona -de ahí que funcione tan bien su figura como personaje literario y se le puedan hacer tantas lecturas diferentes-, algo que nunca han sido los santos de las Vidas de santos, que ni cagan ni follan. Y lo que es peor: nunca tienen ganas de cagar ni de follar.

Hay otras tres pelis que me interesan más porque no buscan la complacencia del espectador: Los juicios de Nurenberg, Caché y La vida de los otros, pero hablaré de ellas en el siguiente post, para no alargar más este, que ya os he torturado bastante.

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