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El Blog de Sergio del Molino

ESCARBAR EN LAS MIASMAS (2)

ESCARBAR EN LAS MIASMAS (2)

Los juicios de Nurenberg tiene el valor añadido de haber sido dirigida y escrita por dos curritos de Hollywood sin ínfulas intelectualoides: el realizador Stanley Kramer y el guionista Abbey Mann (creador del detective Kojak y sus chupachups). Su reparto también está formado por actores y actrices que entendían que su trabajo era cuestión de músculo y callo más que de genialidad e inspiración divina. Sólo así, desde una perspectiva desintelectualizada que sólo buscaba hacer justicia casi documental a los procesos contra los nazis de 1946, pudieron alejarse de las visiones à la mode y dar con un tono vibrante y significativo.

El juez que interpreta Spencer Tracy tiene hondura y autenticidad, pero su misión es dar pie para mostrar los silencios de Burt Lancaster (actor que, en el brillante atardecer de su carrera, pareció especializarse en estos personajes difíciles, antihéroes que plantean dilemas irresolubles). Lancaster interpreta al magistrado Janning, un jurista eminentísimo, padre de la Constitución de la República de Weimar y sabio citado y venerado en las facultades de Derecho de todo el mundo. Sin embargo, en 1935, se plegó al régimen, bordó la esvástica en su toga y se prestó a ser un agente activo de la solución final. El personaje de Spencer Tracy es un admirador de la obra de Janning y no entiende cómo un sabio como él ha podido participar tan directamente en la ignominia nazi. Burt Lancaster sostiene a su personaje con dignidad, no le deja caer. Le presta su cabeza de patricio y calla durante toda la película. Sólo al final pronuncia un alegato que no voy a destripar, pero que tiene mucho que ver con la asunción de culpa que Günter Grass reclamaba. 

La peli es de 1961, y vista hoy, quizá parezca un poco ingenua. A ratos, al menos. Pero tiene un mérito que no le puede quitar nadie: abrió una espita en Hollywood. No en una sala de arte y ensayo de París a la una de la madrugada frente a cuatro discípulos de Sartre. Lo planteó para el gran público, para las millones de familias de clase media saturadas de propaganda y de caricaturas de nazis tan oligofrénicos y gritones como torpes y dispuestos a caer en las trampas que les tienden los sagaces resistentes franceses. 

Ese espíritu pionero -avalado por el enorme Burt Lancaster- facilitó que la "industria cultural" se aviniese a financiar relatos más complejos. Por supuesto que la caricatura y la simplificación lacrimógena a lo El gran dictador han seguido produciéndose hasta hoy (ahí está el infame Roberto Benigni, por ejemplo), pero también ha habido hueco para la exploración de los recovecos más oscuros o para enunciar al menos lo que es evidente: que el horror no crece lejos ni en los demás, sino en el barrio, en tu vecino, en tu propia cobardía y en tu pequeñez.

Mucho más recientes son las otras dos pelis, aunque hablen del pasado. Y es normal: el sentimiento tiene que macerar. 

De Caché hice una pequeña reseña cuando se estrenó en el cine. Como diría mi amigo J., odio citarme a mí mismo, pero, como dije entonces: "En Caché, además, aparece un tema nuevo en Haneke: la memoria. O, mejor: la desmemoria de nuestras sociedades satisfechas de si mismas y del ejército de ignorados que se quema en su propio infierno mientras en una casa del 14e arrondissement de París se descorcha una botella de Borgoña y se brinda por la última y deliciosa ocurrencia del inesperado invitado a cenar. Pero Haneke no nos sermonea: le basta con paralizarnos de horror". 

De la que no había comentado nada hasta ahora es de La vida de los otros. Me golpeó en la cara con fuerza. Más que provocarme un escalofrío, me noqueó. Aquí el enfoque es diferente. Aquí hay una chispa de genuina fraternidad que es pisoteada sin miramientos. Es la historia de un héroe, o de un antihéroe redimido. Y hay una trama casi de género, con un macguffin muy claro y unas pequeñas tramas paralelas absolutamente reconocibles y justificables según los códigos fílmicos clásicos. El resultado, sin embargo, es el mismo que en las otras pelis: rehumaniza el horror. Ni las dictaduras ni la violencia son categorías abstractas. Nos hemos empeñado en deshumanizarlas cuando en realidad tratan de cosas muy cotidianas. Están en nosotros. Son nuestra obra y nuestra cárcel al mismo tiempo. 

En La vida de los otros hay esperanza. Una esperanza gris, miserable y rabiosa, pero esperanza al fin y al cabo. Sin embargo, lo que a mí me interesa no es la redención del malo, sino cómo esa redención no significa nada en términos sociales. Es un acto íntimo, y la recompensa que obtiene es íntima también. 

Lo que echo de menos -y a lo mejor lo desconozco y vosotros me lo descubrís- es el equivalente español de todo esto. Isaac Rosa se asomó un poco a estos abismos con El vano ayer , pero no me viene a las mientes otro ejemplo remotamente parecido. Bueno, miento, quizás el ensayo que Ignacio Martínez de Pisón escribió sobre la muerte de José Robles, Enterrar a los muertos. Pero si lo de Isaac Rosa es, más que una novela, una declaración de intenciones y una invitación a caminar por esos barrios, lo de Martínez de Pisón es demasiado parcial y reporteril como para bajar ni siquiera unos escalones hacia esos vericuetos.

En España, lo que son hagiografías sentimentaloides como La lengua de las mariposas me salen un montón, pero planteamientos honestos sobre el pasado, ni uno. Y han pasado ya unos cuantos años. Personalmente, me aburro de los manoseados tópicos de Hemingway. Estoy harto de héroes y de villanos. Me gustaría ver personas, para variar, como las que retrataba Orwell en Homenaje a Cataluña, que sigue siendo uno de los mejores libros que se han escrito nunca sobre el "laberinto español".

PD: Si tengo ánimos, quizá cuelgue algún día un cuento mío que habla un poco a mi manera y muy por encima de estas cosas. En unas versiones se titula La traición y en otras, Cicatriz. No prometo nada, que quizá es un poco largo para el blog.

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2 comentarios

Rondabandarra Civil -

"El tiovivo español" de Michel del Castillo está en Mira Editores. Aunque no recuerdo muy bien su argumento, estoy seguro de que no es lo que buscas. Aún así, es un libro curioso, a mi me pareció algo marciano... no sé...

Tomás -

Pues a mí el libro de Martínez de Pisón me pareció muy bueno. Tengo curiosidad por saber qué te pareció Las trece rosas, con guión de Pisón
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