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El Blog de Sergio del Molino

LA LIBRERÍA STRAND

LA LIBRERÍA STRAND

El amigo Rondabandarra (a quien tengo un tanto descuidado, mil perdones) hablaba hace poco de la librería Strand de Nueva York, porque había leído un reportaje sobre ella en El País, y gracias a él recordé los doce libros que adquirí en ella y que he manoseado con gusto sin llegar a leer de verdad. Eso sí, lucen bien en mi biblioteca.

Es cierto lo que dice Rondabandarra y el reportaje de El País: Strand es una peazo de librería, para perderte una tarde lluviosa entera. En Brooklyn Follies, de Paul Auster, aparece una réplica suya, y no está mal, porque Strand quizá debería estar más en Brooklyn que en Manhattan, que es donde se encuentra. De hecho, está camino del puente de Brooklyn, muy cerquita del City Hall y del arranque de Broadway, antes de que Broadway sea Broadway, con sus teatros y sus neones.

Descubrimos Strand de casualidad. No estaba en ninguna de las tropecientas guías que solemos llevar. Íbamos caminando hacia el puente, cruzando Brooklyn para meternos en un maravilloso café de mafiosos donde todo estaba pensado a mayor gloria de Frank Sinatra. Pasábamos por el barrio de Seaport, junto al pestilente río Hudson (sí, ese donde los soplones son arrojados con un bloque de cemento en los pies), un antiguo puerto de verdad abandonado por los estibadores y las putas y tomado por los centros comerciales, pero donde todavía sobreviven algunas maravillas, como Strand, el Paris Café y la Jeremy's Ale House. Me paré en el escaparate y tiré a Cris del brazo. Había que entrar en ese maravilloso Aleph. Es puro vicio: las librerías desordenadas y con olor a polvo son de las cosas que más me gustan de una ciudad. Por eso me pone tanto Toulouse, porque tiene un barrio entero lleno de librerías mugrientas. A cada cual, sus perversiones.

Strand es enorme y está muy muy desordenada. No hay concierto alguno en las estanterías. Una clasificación muy general, del tipo que tanto gusta a los anglosajones: "Fiction" y "Non-fiction". Y poco más. Quizá una sección de "Rock music" y otra de "Cooking", y pare de contar. El público (judíos desastrados woodyallenescos, señoras con gabardina, estudiantes asiáticos de cine de Columbia con el mp3 a toda hostia, perfectos caballeros anglosajones que se sacuden el polvo del abrigo cuando rozan un anaquel...) rebusca con fruición, como hurones hambrientos. Ahí se va a eso, a rebuscar, a perder la tarde, a encontrar ese libro que jamás habías pensado que alguien hubiera tenido la osadía de escribir y que, por supuesto, nunca imaginaste que fueses a comprar. Cris me tuvo que sacar a rastras cuando apilé el volumen número 12 en el paquete de "me lo llevo". Si hubiera ido solo, me habría dejado la extra de verano, sin duda. Menos mal que ella me frena, si no, no me quedaría dinero para comer.

No es la única "book store" interesante de la ciudad. Nueva York presume de ciudad culta -y tiene para presumir de ello hasta aburrir, nadie puede dudarlo- y por toda la ciudad menudean los locales pequeños llenos de polvo y atendidos en la caja por un estudiante pirado aspirante a premio Nobel de algo. Probablemente, de literatura. Y probablemente no vaya desencaminado en sus aspiraciones.

Me quedan muchas librerías por visitar y tengo toda una vida para hacerlo, pero conozco bastante bien las de Zaragoza y las de Madrid, algo menos las de Barcelona y algo más las de Valencia. Desde luego, las de Huesca y las de Teruel. He picoteado en casi todas las ciudades españolas, salvo en Galicia. He rebuscado en estantes de París y de unas cuantas ciudades de Francia (ma deuxième patrie, como le confesé a Michel esta Nochevieja), desde Angers hasta Perpiñán. Aunque no entendía ni papa, me he manchado con el polvo italiano de los quioscos de Nápoles y he disfrutado en pulcros establecimientos de Roma y Milán. Londres me apabulla, y Edimburgo me suliveya. Me orgasmeo en Buenos Aires y me troncho en México. Me enamoraron las librerías anglófonas de Amsterdam (las holandesas no las entiendo, claro) y disfruté como un enano en los locales de diseño de Los Ángeles. Pero pocos sitios me han gustado tanto como Strand. Si viviera en Nueva York, sería capaz de pasar allí días enteros.

Algunos somos así de tontos.

Foto: aunque he dado la barrila con Strand, no tengo ninguna foto de allí. Estaba demasiado absorto rebuscando joyitas en los estantes. Sin embargo, sí que tengo una foto del Paris Café, que está a la vuelta de la esquina de la Strand, como quien dice. En sus buenos tiempos era un maloliente café portuario donde se reunían John Reed, John Dos Passos y la cúpula del Partido Comunista de Estados Unidos en los años 20 y 30. Antes era frecuentado por las estrellas del Far West cuando montaban sus saraos en Nueva York, como Buffalo Bill y Calamity Jeane. Hoy sigue siendo un aceptable restaurante y un sitio de peregrinación nostálgica para los tontorrones como yo. La gente cool va a otros sitios menos apartados.

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3 comentarios

pepito -

hay libros en castellano?? o todos son en ingles???
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Rondabandarra soñador -

¡Algún día iré por allí! Lo malo (o lo bueno) es que no se cuándo...

Anakrix -

"18 miles of books" dice el bolso que me llevé de Strand y que luce un enorme logo de Strand. Hace ya unos cuantos añitos de esta compra, pero me encanta llevar ese bolso. Lo de las "18 miles" es en serio. ¡Peazo de tienda! Y es tal y como dices, Sergi. Caótica, polvorienta... pero conozco pocas librerías con tanto encanto.
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