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El Blog de Sergio del Molino

MADRID ES UN ESTADO DE ÁNIMO

MADRID ES UN ESTADO DE ÁNIMO

Tenía que ir a Madrid para reunirme con un señor muy importante y tratar un tema del que, si todo sale bien -y pinta fenomenal-, oiréis hablar en los próximos meses. Acabo de volver. Llevaba tiempo sin ir solo a Madrid. Solo con mi mismedad. Sin tener un recado urgente ni una visita de marrón ni un compromiso laboral. El encuentro con el señor sólo iba a durar una hora. Tenía el resto del día para mí.

Bueno, en realidad, sólo tenía la mañana, porque aproveché para quedar a comer y a pendonear con una amiga abstemia a la que no le importa que yo me ponga tibio de trasegar alcohol. Pero la mañana era mía.

De haber tenido valor, habría salido del metro en Sol, habría bajado hasta la calle Toledo, habría saludado al Cascorro y, apretando el paso, habría bajado todo Embajadores hasta dejar a un lado la fábrica de tabacos y asomarme a la glorieta.

Quizá también hubiera subido las interminables escaleras de Cuatro Caminos, me hubiera vuelto a extrañar de no ver el excalextric (o como cojones se escriba) y, tras constatar que, como me han contado, ya no existe el bar Cuatro Latas donde nos fiaban las jarras de cerveza en verano, habría caminado un trecho por Islas Filipinas hasta el monumento a José Rizal, donde solía desfondarme con los pulmones colgando de la boca la temporada que me dio por salir a correr y a hacer un poco de deporte.

A lo mejor hasta me habría dejado caer por la calle Alburquerque a tomar una Franziskaner, o habría asomado la nariz por el Cine Doré, a hojear los libros de la librería y a manosear las fotos de Humphrey Bogart.

Si no fuera tan cobarde, habría llamado a P. para caminar con ella toda la Gran Vía desde la plaza de España, como hicimos aquella noche en la que íbamos tan puestos y nos inventamos un cuento sobre los chinos que venden arroz con orugas a las cinco de la mañana.

Pero, como soy un cobarde, he pagado el euro de rigor y me he sentado tiritando de frío en el café del Círculo de Bellas Artes. Junto a la ventana en la que vi por primera vez a Vargas Llosa y me pareció tan alto. Me he sentado y he visto pasar a la gente mientras se me enfriaba el café. Y luego he subido por la calle Barquillo, y he dado un par de vueltas hasta encontrarme en Hortaleza. He ido contando todas las tiendas y los cafés que ya no existen y he asomado la nariz a los nuevos.

He querido tomarme una caña en La Esquina de Santi, pero me he arrugado. Me sentía arrugado, más bien. Algo me estaba haciendo cosquillas en la boca del estómago. ¿Será la puta nostalgia? Odio la nostalgia, me esfuerzo mucho por ser antinostálgico, por pensar en mañana y dejar tranquilo el ayer.

Y entonces he caído en la cuenta de que, para mí, Madrid no es una ciudad. Es un estado de ánimo. Hoy me sentía Madrid. Hoy me sentía como se sentía aquel gañán que creía que todo era posible, que tomaría al asalto las aceras sucias de una ciudad lenta y maravillosa.

No lo echo de menos, pero a veces me sienta bien.

Luego mi amiga me ha llevado a un tailandés, le he dicho que estaba muy flaca y que tenía que comer más y no le he contado nada de mi paseo ni de mis tontadas. Por la noche, al despedirnos en el metro, nos hemos dado un abrazo y he notado en su forma de estrecharme que ella también se sentía un poco Madrid.

Por eso necesitábamos salir corriendo de esa ciudad. Y los dos lo hemos hecho. Yo en AVE y ella en avión, cada uno hacia puntas opuestas de la península. Supersónicos, sin mirar las luces que se hacen pequeñitas a nuestras espaldas.

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4 comentarios

Diego de Rivas -

Bonita historia!! y te ví en Delicias, bebiendo café. Tampoco quisé interrumpirte en tu soledad. Saliste en el AVE de las 9'30. Me sentaba dos mesas a tu izquierda según mirabas a la parada de los taxis, en el café de la estación me refiero.

Un abrazo y buen final,

Javivi -

Pues yo no siento ni nostalgia ni alegría. Me gusta Madrid, pero me gusta desde fuera, y creo que no querría volver a vivir allí. Aunque el cuscús de los sábados en la Esquna de Santi me vuelva loco y vaya a trapiñármelo cada vez que bajo al rompeolas. Aunque sienta cosquilleos en la espalda al pasar por la calle Olivar, más concretamente por enfrente de las bodegas Lo Máximo, o por el paseo marítimo de Argumosa. Y aunque a veces, al enseñarle a los amigos los búnkeres del parque de las bombas, al ir a esta o aquélla exposición, me asalte el sentimiento Madrid.
Pero claro, Sergio, yo no nací allí.

ANRO -

Joder, qué comecocos. Yo ya me he curado de nostalgias y cuando vuelvo a Madrid la trato con la indiferencia cariñosa que le dedicas a una antigua amante.

magui -

Jo, qué final más bonito... y nostálgico.
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