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El Blog de Sergio del Molino

NO PERDER LA COMPOSTURA

NO PERDER LA COMPOSTURA

Hace ya algún tiempo, en una bar, me presentaron a un escritor que no me desagrada. "Sergio es periodista, seguramente le habrás leído", dijo quien nos presentaba. El escritor en cuestión frunció el ceño, ubicó mi nombre entre las firmas del periódico y asintió para después preguntar, ansioso: "Hoy sale una reseña de mi libro en Le Monde. ¿Has leído Le Monde hoy?". Joder, qué mal estamos, pensé: con esos modales seguro que esta noche no ligas. Y yo que creía que los yonquis habían desaparecido con el Muro de Berlín... Ahí estaba el pobre novelista, temblando cual pajarillo, reclamando su dosis de vanidad parisina y asaltando a los viandantes para obtenerla.

Qué cosa más mala es no saber relacionarse. Me dio yuyu. Me lo imaginaba la noche anterior acurrucado, mirando el reloj y pensando: "Ahora mismo, mi reseña está estampándose en noble papel de periódico en un polígono industrial de las afueras de París". Sentí su deleite de yonqui, las ganas que tenía de tocar el ejemplar de periódico, de pasar y repasar sus hojas y, sobre todo, las ganas que tenía de recortar el cuadrito de la crítica y hacérselo tragar al joven aprendiz de pintor que ayer mismo juraba que mis cuadros eran su catecismo.

Hay que controlarse un poco en público. Hacerse el duro, fingir que la fama te fastidia, que es un precio que tienes que pagar, bla, bla, bla. Luego, en privado, te masturbas a gusto, pero en las reuniones sociales, compostura, por favor.

Porque me da la impresión de que las formas se están perdiendo. Los ególatras cada vez tienen menos miedo a mostrarse ególatras. Ni la modestia ni la aceptación de tus limitaciones están de moda. Cuando alguien alaba tu trabajo, no tienes que responder con un educado "gracias", sino con un "ya sé que soy bueno, gusano".

Pues yo reivindico la modestia como una virtud socializante. Si aquel escritor no me hubiera cogido de las solapas preguntándome si había leído Le Monde, quizá habría dado pie a una conversación de gente civilizada y yo no habría inventado una excusa para salir corriendo de aquel cónclave de pedorros. Y quizá hoy escribiría un post citándole con nombre y apellidos y diciendo lo majo e interesante que es. Saber tratar a la gente tiene un sinfin de ventajas publicitarias, no me lo negaréis. Así, lo único que consiguió es que se me quitaran las ganas de leer Le Monde y también, por supuesto, el libro reseñado.

Porque el savoir faire de la conversación funciona siempre entre personas educadas, y resiste cualquier prueba. Por ejemplo, hace años, un amigo y yo fuimos invitados a una comida algo formalilla, donde no había ni un resquicio posible para las salidas de tono. Por divertirme, y porque circulaban ciertas historias de otro de los invitados, hice creer a mi amigo -con la complicidad de otra amiga- que ese invitado era coprófago y que su mote era Coprolín. Se lo tragó, lo juro (la mentira, no el objeto de amor de los coprófagos). Para colmo, el chaval era vegetariano y le habían preparado un menú sin carne. Mi amigo pensaba: "Ya, ya, albóndigas no comes, pero las mierdas te las tragas de dos en dos". Y yo me partía la caja torácica por dentro viendo lo incómodo que se sentía. Pero mi amigo se comportó como un caballero y nada estropeó la comida. Nadie sospechó de la aversión que le producía todo eso. Ahora pienso que si mi amigo hubiera sido como aquel escritor, no habría podido reprimirse y, a mitad del segundo plato, se habría levantado gritando: "¡Dios, si te lees ahora mismo la reseña en Le Monde cagaré para tí todo lo que quieras!".

Lo dicho: hay que saber estar en los sitios.

Foto: el señor Mojón, un personaje de South Park.

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1 comentario

Diego de Rivas -

Aqui Sergio, estás cargado de razón. No sé si una vez más, pero estoy contigo en que hay que guardar la compostura.

Es la empatía, querido amigo. Qué cierto!!

Un abrazo,
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