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El Blog de Sergio del Molino

DOS PELIS VIEJAS NUEVAS

DOS PELIS VIEJAS NUEVAS

Domingo improductivo. Deberíamos haber salido a ver las pelis que están en cartel y que apetece disfrutar. Especialmente, el barbero cantante de Tim Burton (ese director que es una de las mejores cosas que le han pasado al cine en los últimos 20 años, pese a que su filmografía tiene alguna que otra memez) y No Country For Old Men (lo siento, me niego a citar la horrenda y seudoliteral traducción castellana). En lugar de eso, hemos visto dos títulos viejos que se nos pasaron en su día: Las mujeres de verdad tienen curvas y El mismo amor, la misma lluvia. Sí, comedia-drama o drama-comedia, con final feliz y debidamente edulcoradas para no incomodar la conciencia del espectador suburbano. ¿Qué queréis? Es domingo y hace día de resaca.

Pues eso, que no serán maravillas posmodernas ni aguijones que apuntan a las regiones oscuras del ser humano, pero como tampoco lo pretenden, y están hechas con oficio y gracia, se dejan ver a gusto.

Creo que Las mujeres de verdad tienen curvas me hubiera gustado menos antes de conocer la ciudad de Los Ángeles. Ahora veo en ella las calles que pateé, reconozco la estética que toda ciudad con carácter tiene -el modelo y los colores de los autobuses, las tiendas latinas del downtown, los tonos difusos y a la vez diáfanos de ese sol, el ladrillo de los bloques de edificios...-, y eso te pega a la pantalla. Pero la narración tiene suficiente fuerza para enganchar por sí sola. Es una historia de latinos en Los Ángeles, que cuenta el conflicto generacional entre los inmigrantes que han echado raíces al norte de la frontera y sus hijos, que ya sólo utilizan el castellano para hablar con sus abuelos.

La peripecia es muy simple: Ana es una alumna brillante que puede conseguir una beca para la Universidad de Columbia, pero su madre no quiere que vaya. No concibe que su hija le abandone: ha trabajado toda su vida cosiendo y ahora le toca a su hija ocupar su sitio en el taller. La tensión entre ambas vertebra todo el relato y permite que se desarrolle una historia iniciática. Ana descubre el mundo, el de su familia y el suyo propio, donde México se diluye poco a poco. La integración, las contradicciones, el conflicto entre el tradicionalismo materno y el desenfado filial, el choque cultural... Son elementos que dan mucho juego para contar una buena historia, y esta lo es, pero da la sensación de que todavía falta mucho camino por recorrer antes de que el cine americano haga la gran película sobre la comunidad latina. Todavía está por venir el Coppola o el Spike Lee latino. Iñárritu tiene boletos para convertirse en él. Habrá que verlo. En cualquier caso, Las mujeres de verdad tienen curvas es una peli muy bien contada, dirigida con una sensibilidad muy delicada que nunca resbala hacia lo cursi, e interpretada por unas actrices fantásticas, pero no alcanza la intensidad de sus equivalente británicos, Mi hermosa lavandería y El buda de los suburbios (si no las habéis visto, no sé qué hacéis perdiendo el tiempo leyendo este blog: tirad de e-mule ya). Esos sí que son dos poemas que trascienden la anécdota y dan ese paso que Las mujeres de verdad tienen curvas no se atreve a dar, quizá por imperativos de happy end. Una lástima, se queda a las puertas. Eso sí, muy bien elegida la banda sonora: Aterciopelados, Lila Downs, Julieta Venegas...

El mismo amor, la misma lluvia fue la tarjeta de presentación del argentino Juan José Campanella, que ahora se gana la vida como director de series en Hollywood. Una peli hecha para mayor gloria de Ricardo Darín, el niño bonito de la Argentina. Es un relato ambicioso, que pretende abarcar 20 años de historia a través de un personaje. Un prometedor periodista y escritor que no logra publicar va pasando de la época de los sueños y proyectos a la de las duras realidades, y de las duras realidades al conocimiento de la propia cobardía, y de la propia cobardía, al cinismo, y del cinismo, a la degradación moral progresiva, y se la degradación moral progresiva, al abismo y, quizás, a la muerte. Interesante. La divina comedia, los héroes clásicos han ido a pasearse por el callejón del Gato, sálvame Latino, y todas esas cosas que tan bien funcionan en la literatura y que tanto nos horrorizan porque nos reflejan. A priori, la cosa marcha: hay traiciones, silencios, mezquindades, soledades y lamentos que no se lamentan, y Darín cumple sobradamente endureciendo su cara conforme avanza la historia. Hasta que pincha.

Primero pincha poquito: es una picadura de mosquito, algo molesto: una chica que aparece y desaparece como el Guadiana, el típico amor tormentoso. Bien, adivinas por dónde van los tiros: hay que meterle algo de romanticismo, es un cabrón pero se hace querer, ella es ingenua, bla, bla, bla. Basurilla romanticona, que ni alimenta ni empacha. Pero la chica aparece con una insistencia machacona, hasta que la peli pincha por completo, estrepitosamente. Sí, lo habéis adivinado: justo cuando el personaje toca fondo y se refocila en las miasmas de la abyección más mezquina, aparece la de siempre y le redime con una caídita de ojos. El otro pone cara de cordero degollado, cae la lluvia sobre Buenos Aires (¿cómo no redimirse y volverse a enamorar cuando te estás morreando en medio de un chaparrón bonaerense?) y el personaje recupera su dignidad. Y catapún: happy end.

Pues no, eso es un engaño, joder. Deja al fracasado con sus miserias, no le salves. Esas artimañas sólo le han salido bien a un director en la historia del cine, y aunque Campanella se esfuerza mucho en imitarle, es evidente que le faltan su hondura y su talento: Billy Wilder. El mismo amor, la misma lluvia copia la estructura de las comedias de Wilder: un personaje desencantado se va hundiendo poco a poco hasta que un gesto, una mirada o un mcguffin le despiertan de la inercia. Entonces, en dos planos, el personaje crece, remonta todos los círculos del infierno de Dante y aparece irradiando dignidad en la pantalla. Pero no suele obtener recompensa: al contrario, su valentía le sale cara, y a veces la paga con la vida, como en Sunset Boulevard. El ejemplo más socorrido es el de El apartamento: justo cuando el personaje de Jack Lemmon ha renunciado a todo y no le queda ya nada más que vender, Fred MacMurray le pide la llave del apartamento para llevar a Shirley MacLaine. Lemmon ni siquiera duda: su cara transmite una determinación suicida, y le entrega una llave. "Se ha equivocado -le dice MacMurray-, me ha dado la llave del lavabo de ejecutivos". La llave que simbolizaba su ascenso, el plato de lentejas por el que había vendido su dignidad. Devolviéndosela -sin estridencias, sin tirarla al suelo, sin un subrayado musical-, Jack Lemmon se limpia de porquería y resurge como héroe. Es la victoria de los hombres que, como decía Claudio Rodríguez, siempre están en derrota, pero nunca en doma.

Pero ese truco de magia cinematográfica sólo te sale bien si te llamas Billy Wilder. No conviene hacerlo en casa, porque te puedes quemar. Y Campanella se quema, destrozando una peli que a veces atiza donde duele, pero que al final acaba errando el tiro.

Foto: America Ferrara, prota de Las mujeres de verdad tienen curvas y, actualmente, Ugly Betty, la versión yanqui de Betty la fea.

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3 comentarios

Anakrix -

"Las mujeres tienen curvas" me gustó mucho. Puede que no profundice tanto como otras películas en la situación de los inmigrantes en su nuevo país, pero sí refleja muy bien el choque cultural que se puede producir entre esos inmigrantes y sus hijos, la segunda generación que vive a caballo entre la cultura de sus padres y la del lugar donde han crecido.Ah, y las actrices de la peli, sobre todo la protagonista y su madre, me parecen dos intérpretes muy brillantes. En cuanto a "El mismo amor...", a mí me dejó un poco fría. La historia de amor no hay por dónde cogerla. Al menos yo no me creo que ella siga enamorada de él después de lo que ha pasado y estoy contigo, Sergio, en que lo mejor de la historia es ver cómo el protagonista se va convirtiendo en un canalla. Pero claro, si es un mal tipo, déjalo ahí, y no le pongas un chorro de almíbar al final para forzar un "happy end" que no tiene ningún sentido.

síl -

pues a mí, ambas pelis me encantaron... más "El mismo amor la misma lluvia", será porqué soy fan de "lo" argentino y "del" argentino Darín jajaja...
hoy he visto Sweeney Todd y me ha encantado!! soy una fan del musical y reconozco que la estética de Burton encaja a la perfección con la historia... a ver si te gusta...
saludos

Enrique -

Buenos y profundos análisis. Gracias por las dos recomendaciones que haces. Nosotros vimos ayer "Sweeney Todd": es muy buena (como véis, la somnolencia del lunes, sumada a mi incapacidad, me impide entrar en sesudas disquisiciones como las de del Molino). ¡Feliz comienzo de semana!
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