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El Blog de Sergio del Molino

CARACAS CAFÉ

CARACAS CAFÉ

Con el coche como nuevo y sin ruidos, hemos alcanzado Orleans, a dos pasos de París. Orleans la vieja, no la nueva del jazz y del Katrina. Aunque, huracanes al margen, esta vieja Orleans es más nueva que la del otro lado del charco, porque fue arrasada durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida después. La ciudad de hoy es, como tantas otras ciudades de Europa, una ensoñación, un intento de evocar lo que pudo haber sido y no fue. Por suerte, las décadas han macerado los nuevos edificios, y Orleans, lejos de ser un parque temático de Juana de Arco, es una tranquila ciudad provinciana a la sombra de París, con un casco falso-histórico muy animado, lleno de restaurantes y baretos. Nosotros nos alojamos en un barrio dominado por los magrebíes, algo así como una "cashba à la ancienne", y el paseo desde y hasta los aledaños de la catedral es muy agradable.

Hemos llegado aquí por la orillita del Loira, con sus viñedos y sus pueblos de hiedra y pizarra. Anoche dormimos en Tours, y allí, con los pies deshollados de andar, conocimos a Mirna. Buscábamos un sitio para tomar una cerveza y recuperarnos un poco, y caímos en un local llamado Caracas Café. El subtítulo era "bar à tapas". La propietaria, lógicamente, es una venezolana que lleva 19 años viviendo entre "estos carahuevos de franceses". Llegó a la France por amor, por un "coñopadre" que le acabó dejando con su hija, y ahora trata de sacar adelante un bar de comida caribeña en la provinciana y lluviosa Tours. Su drama es que los locales confunden Venezuela con España, y la clientela espera encontrar su fino, sus banderillas y su tronío. Está llevando a cabo una labor de educación en la cultura latinoamericana a los touresinos, y los colombianos y los chilenos que viven allí -y su propia hija, bilingüe y partida en dos a ambos lados del charco- le echan un cable.

Por lo demás, mucho chateaux y mucho cortesano del siglo XVI. Que si Catalina de Medicis por aquí, que si el Duque de Anjou -esto es, Felipe V antes de ser rey de España- por allá, que si Francisco I y su corte itinerante por otro lado, que si un bidet donde se remojó el vello escrotal Luis XIII más allí... Mi conclusión inmediata, a falta de una reflexión menos etílica (el vino de por aquí pega lo suyo y entra como agua) y más reposada, es doble: por un lado, siento carnalmente la necesidad de la Revolución Francesa. Uno visita ciertos sitios y entiende que urge cortar cabezas a ritmo industrial para restaurar una mínima dignidad humana. Pero, por otro, estamos comprobando in situ el fracaso palmario de esa revolución, ya que muchos de esos chateaux siguen perteneciendo a las mismas familias. Algunos descendientes, como el marqués de Brissac, incluso siguen viviendo en ellos. Ni tres revoluciones y cuatro guerras, dos de ellas mundiales, han logrado que cambie algo en el Valle del Loira. Es para pensárselo.

Ahondaré más es estas excrecencias mentales a la vuelta del viaje. De momento, viva Orleans la vieja.

Foto: Mirna, tras la barra de Caracas Café.

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