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El Blog de Sergio del Molino

MÁS FARSO QUE LA FARSA MONEA

MÁS FARSO QUE LA FARSA MONEA

Llamadme inculto, necio y truhán, pero hasta la pasada madrugada no había visto esa maravilla titulada Fraude (F for Fake) que Orson Welles hizo en 1975, cuando disfrutaba de su plácido y obeso ocaso. La echaron en Aragón Televisión, una cadena que suelo pasar de largo en los zappings porque siempre hay tíos engominaos hablando de la nieve del Pirineo, del dance de Mallén, de comunicaciones transpirenaicas o de plataformas logísticas (sí, acuchilladme por decir esto, pero sé que en el fondo pensáis lo mismo). Sé que no es cierto del todo, sufridos compañeros del ente aragonés, pero por unas cosas o por otras, nunca me interesa lo que emiten a las horas a las que yo veo la tele (que reconozco que suelen ser horas raras). Así que, anoche, aburridos después de volver de una cena, íbamos a pasar de largo, pero las barbas de Orson nos retuvieron. Estaba empezando Fraude, la peli de la que tanto había oído hablar y que nunca se me había ocurrido descargar de la mula. Por supuesto -pensé- a una hora imposible para la gente que tiene horarios racionales. Para variar.

Como tirón de orejas hay que decir que, por norma general, doblar la voz de Orson Welles debería ser un crimen equiparable al de pintar un graffiti en la Gioconda. En esta peli el gran Orson recita a Kipling, y a nosotros sólo nos llega su imitador-doblador declamando ridículamente una mala traducción. O sea, que mear en la pila de agua bendita de una iglesia es un sacrilegio, pero esto no. ¿En qué mundo vivimos? El culpable de ese doblaje debería ser maniatado y arrojado en el desierto monegrino con las tripas abiertas para que picoteen los buitres en él. Pero no me voy a poner quisquilloso, así que sólo diré: si emiten la peli a las tres de la mañana, estoy convencido de que a los tres o cuatro noctámbulos fans que estábamos en ese momento viendo la tele no nos hubiera importado nada verla en versión original. Hagan la prueba, de verdad.

Lo que importa: Fraude. Qué grande fue Orson Welles. Creo que la industria farmacéutica debería abandonar todas sus investigaciones sobre enfermedades como la malaria, el cáncer o el sida para centrarse en una píldora que diera inmortalidad a gente como Welles. La humanidad no puede permitirse su muerte, especialmente cuando demuestran que su vejez no es un chocheo inaudible, sino un esplendor deslumbrante. Welles, a los 60 años, estaba hecho un chaval. Murió con 70, y seguía hecho un chaval. Un chaval travieso, pícaro e hiperactivo.

Fraude es una maravilla inclasificable. A primera vista, es un documental sobre el más grande falsificador de la historia del arte, Elmyr de Hory, retirado en la isla de Ibiza y riéndose, con una copa de coñac en la mano, de todos los expertos en arte del mundo. ¿Cuántos Modigliani de Elmyr de Hory han sido autentificados como verdaderos Modigliani? ¿Y cuantos Monet? "Si los abogados nos dejaran -dice un soberbio y barbudo Welles vestido con capa y sombrero negro-, podríamos hablarles de un famoso museo europeo que tiene un montón de Elmyrs creyendo que son Modigliani".

Con un montaje trepidante y desquiciado, casi en torbellino, Welles nos promete decirnos la verdad durante una hora. Pero el documental dura hora y media. Así que todo acaba convirtiéndose en un sofisticado juego sobre la verdad y el engaño, y sobre cómo los engaños devienen verdades, y sobre la impostura y la propia voz auténtica que emerge entre la impostura. Hasta el propio Welles se pone a prueba y recuerda su etapa de "falsificador", cuando falsificó una invasión alienígena en La guerra de los mundos o cuando fingió ser actor con 18 años para ganar un dinero en Dublín y acabó convirtiéndose en verdadero actor (¿o ha estado fingiendo toda su vida?). "A partir de ahí -dice Welles-, he ido cuesta abajo: ésa fue mi cumbre". Se refiere a su etapa de vagabundo en Dublín, claro.

Todo esto, por supuesto, escenificado en el decadente decorado de Ibiza y de París. Entre marisco, vino de Burdeos, calles encaladas y coñac en copa de balón. Una orgía para celebrar la verdadera (¿o falsa?) decadencia de la civilización europea, escenificada en la incapacidad del arte (cumbre de la civilización) para reconocer el verdadero arte. Un verso de Kipling resuena durante toda la peli: "Es hermoso, pero, ¿es arte?". 

Yo también me presenté un buen día en un periódico y me puse a escribir. Desde entonces, todos me toman por periodista, y alguno hasta se atreve a llamarme escritorzuelo. Pero es probable que sólo esté fingiendo y que mis reportajes y columnas sean tan falsos como las falsificaciones de Elmyr. Puede que este blog sea una falsificación también. Puede que no exista Sergio del Molino. 

Seguiremos indagando. 

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4 comentarios

El futurible ingeniero -

Por cierto, que ese vozarrón le dio un dinerillo cuando está sin blanca al final de su vida... Hizo doblajes en una serie de los Transformers, de la que acabaron echandole porque no se miraba los guiones...

Anakrix -

Eso de que las falsificaciones no se notan, Del Molino... depende de cuales. Pero estoy de acuerdo contigo en que es un pecado doblar a Orson "Vozarrón" Welles.

S. del Molino -

Ojalá lo fuera. Las falsificaciones no se notan, y ese doblaje cantaba la Traviata.

Severiano -

No sé de qué te quejas: el doblaje es una falsificación de la voz de Welles; forma parte del fraude.
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