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El Blog de Sergio del Molino

ESCUELA DE CALOR

ESCUELA DE CALOR

En esta primavera tan rara, me he despertado pensando en el calor. Ahora que no lo siento, lo pienso. Será que me preparo para lo que se avecina.

Quienes me conocen saben que me llevo muy mal con el calor, que odio estar al sol, que no puedo disfrutar de la playa sin una sombrilla cerca, que respiro y sonrío cuando llega por fin el otoño con sus remolinos de aire y sus cielos nublados. Siempre he odiado el calor, ha sido una losa paralizante. Lo sufrí mucho y me resultó insoportable, hasta que lo sentí de verdad.

Fue en 2005, en las ruinas de Palenque, en el corazón de Chiapas. Jamás de los jamases había sentido ese calor. Eran las ocho de la mañana y ya era insoportable, con una humedad tropical que lo llenaba todo. Con mover un dedo, ya sudabas. Y daba lo mismo estar al sol o a la sombra. El día se me iba a hacer muy cuesta arriba y no iba a disfrutar de las ruinas mayas, pensaba con mucho fastidio. Hasta que algo hizo clic. ¿Revelación divina, misterio tántrico, pura locura? No lo sé, pero empecé a notar que disfrutaba de ese calor, que me hacía percibir mejor las piedras que sobresalían entre la espesura, que escuchaba con más claridad los sonidos de los insectos de la selva, que parecían sacados de una película de terror. Recorrí Palenque en un estado de alucinación, como si me hubiera tomado una droga buena, y lo gocé tan física y carnalmente que me asusté un poco.

Ahí cambió mi relación con el calor. Desde entonces, no lo sufro como antes, no me aplasta, no me impide ser yo. Y también he revisado mi relación anterior con el calor. Me vino a la cabeza una higuera enorme que había en la puerta de la casa que mi abuelo se compró en su pueblo natal cuando se jubiló. Estaba al otro lado de una tapia que había enfrente de la casa. La tapia era de adobe, muy vieja, y en sus desconchones había telas de araña que brillaban por la noche. La higuera era verano y el verano era calor. Un calor irrespirable de 40 grados. Tapaba toda la vista de la casa, por eso la familia celebró que el alcalde acabara con esos huertos y echara abajo tanto la tapia de adobe con sus telas de araña como la fenomenal y centenaria higuera que había detrás. Entonces, ante la puerta de la casa se descubrió la sutil y áspera belleza de la vega del Jalón, con su cielo bajo y su horizonte chato. Daba gusto (da gusto) sentarse en la puerta y mirarlo todo comiendo un buen tomate de agosto con sal, pero a mí me gustaba más la higuera. Y en la mirada de mi abuelo creía entender que a él tampoco le había hecho mucha gracia la tala. Hay cosas más importantes que las vistas. Cosas a las que uno se acostumbra, me imagino.

Hasta que no redescubrí el calor en Palenque, el recuerdo de la higuera estaba enterrado en algún sitio inaccesible. Mi nueva relación con el calor destapó esa y otras muchas cosas más. Ese mismo día, en Chiapas, recordé unas palabras de la Maga en Rayuela, que, desde la primera vez que las leí, me provocan una angustia difícil de verbalizar. La Maga cuenta un traumático episodio de su infancia en Montevideo. Dice así:

"Mi papá tomaba mate en la puerta. Hacía un calor que usted no puede entender. Todos ustedes son de países fríos. Es la humedad, sobre todo, cerca del río, parece que en Buenos Aires es peor. Esa noche yo sentía la ropa pegada, todos tomaban y tomaban mate, dos o tres veces salí y fui a beber de una canilla que había en el patio entre los malvones. Me parecía que el agua de esa canilla era más fresca. No había ni una estrella, los malvones olían áspero, son unas plantas groseras, hermosísimas, usted tendría que acariciar una hoja de malvón. Las otras piezas ya habían apagado la luz, papá se había ido al boliche del tuerto Ramos, yo entré el banquito, el mate y la pava vacía que él siempre dejaba en la puerta y que nos iban a robar los vagos del baldío de al lado. Me acuerdo que cuando crucé el patio salió un poco de luna y me paré a mirar, la luna siempre me daba como frío, puse la cara para que desde las estrellas pudieran verme, yo creía en esas cosas, tenía nada más que trece años. Después bebí otro poco de la canilla y me volví a mi pieza que estaba arriba, subiendo una escalera de fierro donde una vez me disloqué un tobillo. Cuando iba a encender la vela de la mesa de luz, una mano caliente me agarró por el hombro, sentí que cerraban la puerta, otra mano me tapó la boca, y empecé a oler a catinga, el negro me sobaba por todos lados y me decía cosas en la oreja, me babeaba la cara, me arrancaba la ropa y yo no podía hacer nada, ni gritar siquiera porque sabía que me iba a matar si gritaba y no quería que me mataran, cualquier cosa era mejor que eso, morir era la peor ofensa, la estupidez más completa. ¿Por qué me mirás con esa cara, Horacio? Le estoy contando cómo me violó el negro del conventillo".

El calor es una violación de un negro que huele a catinga. Quizá no sea muy políticamente correcto, pero sí angustioso.

También me acordé del verano en Madrid, de cómo nos metíamos debajo de los aspersores de detrás del Clínico y de cómo, cuando llegábamos a Moncloa diez minutos después, estábamos ya secos. De lo que no conseguí acordarme fue de la playa de cuando era niño.

En algunos ratos muertos del viaje por México, empecé a escribir una historia que no se ha publicado en ningún sitio, y que es ciertamente impublicable. Es una paja mental de uso estrictamente personal que no merece llamarse literatura, pero permitidme que rescate un pequeño pasaje que probablemente corresponda a una alucinación debida al calor. Sed buenos y perdonad todos sus increíbles defectos y su pésima adjetivación -que ya no se me ocurriría utilizar-, porque no está pensado para ser publicado. El escenario es la calurosísima y tórrida Mérida, capital del Yucatán y una de las ciudades más importantes (y lindas, que dirían ellos) de México:

"Calurosa, asfixiante Mérida. Fue muy cerca del zócalo, en una calle de nombre imposible de recordar (¿43, 67, 81?). Había un restaurante nuevo, limpio, cuidado con mimo europeo, que miraba desdeñoso a las mugrientas loncherías de moscas y platos de papel. Le recordó a París, a Madrid o a Barcelona. O a Amsterdam. ¿Qué más daba? Olía a Europa tropical. La noche del Yucatán daba un poco de tregua a la camiseta, que se había negado a absorber una gota más de sudor. La noche siempre da facilidades. Había pasado de día por la puerta del restaurante sin que le llamara la atención, pero bastó una luz resbalando sobre un nombre maya para seducirle. Dentro, un patio con velas en las mesas y un grupo de jóvenes compartiendo sus planes de trabajar pronto en el D.F. y abandonar de una vez el ponzoñoso clima yucateca. Would you like some beer, sir? No, no, no, no me hable en inglés, soy español. Y sí, una Montejo muy fría, por favor. Cómo no, señor. Aquí tiene la carta, por si gusta ordenar algún antojito. Gracias. A la tercera Montejo, se enamoró de la que parecía la novia de uno de los chicos de la mesa de enfrente. A la cuarta, una pizca de sentido común le impidió liarse a navajazos con el pánfilo pedantillo que la cogía de la mano. A la quinta, entró Ernest Hemingway con su mujer, y la mestiza perdió todo interés, como lo hubiera perdido al recibir los primeros rayos de sol a su lado en la cama. Eso que se ahorró. Las velas del patio apenas iluminaban nada y Ernest Hemingway llevaba unos cuantos lustros criando malvas, pero aquel presocrático de pantalón corto y camisa de jazzman resultaba fascinante sobre el claroscuro. Homérico. Si no era Hemingway, no le quedaba más remedio que serlo. Y si el mundo se rigiera por las fantasiosas leyes de la lógica, la aparición debiera haberse puesto a declamar ahí mismo, a predicar la necesidad de la violencia como profilaxis social o a recitar salmos. Pero, sorprendiendo a su único espectador, sólo sacó un cuaderno de dibujo y un lápiz, y se puso a hacer trazos mientras su mujer, asténica, rubia y pálida, bebía a sorbos una chelada.

¿Qué dibujaba aquel yanqui que hablaba en perfecto español a los camareros? ¿Otra Montejo? Sí, por favor, y tráigame también unas quesadillas. Sí señor. No parecía retratar nada del local. Apenas levantaba la vista del cuaderno y no le dirigía ni una palabra a su mujer. Si es que era su mujer. Pero esa barba sólo podía ser de escritor. De escritor atolondrado y pomposo. Quizá su afición era el dibujo. Bien sabía él la paz de espíritu que dan unos trazos desgarbados sobre un papel grueso, pero, ¿qué sosiego necesitaba un ser barbado y grande como aquel en medio del trópico? ¿Qué beneficios terapéuticos obtendría del dibujo ese gigante cuya tensión nunca se habría disparado por encima de la parsimonia? Lo sigue pensando ahora, mientras la carretera por la que sube parte en dos los miserables poblachos del norte de Chiapas y no hay nadie con un caballete recreando la selva en óleo. Porque la selva barroca sólo puede recrearse en óleo; la acuarela pierde su sentido cuando abandona las inofensivas colinas de Europa. Por no hablar del pusilánime carboncillo. Lo sigue pensando ahora, en mitad de la nada, entre ciudades separadas por cientos de kilómetros de sofoco verde, donde no hay cafés ni yanquis locos con mala conciencia de ser yanquis".

Foto: servidor, en las ruinas de Palenque, con una inteligente camiseta negra (no importa, había mucha sombra), a punto de enloquecer de calor.

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